Capítulo 43
Yo era una extraña para ellos y parecían tenerme miedo porque conocía sus secretos. A pesar de que fueron ellos quienes me contaron sus secretos, en una conversación sobre unos tragos. Un día era demasiado corto para relacionarse con la gente. Había renunciado a toda esperanza de conocer gente y que me recordaran. Entonces, me había encerrado en mi mansión.
—Exactamente… ¿cuándo vienes? ¿Cuándo vas a rescatarme? —Me eché a llorar, tiré la botella y me rodeé con los brazos. Incluso si corría por el jardín cubierto de malezas y gritaba a todo pulmón como una loca, nadie venía nunca.
Era cierto que nadie estaba preocupado por la Condesa Borracha. Para ellos, yo no era solo una condesa borracha, también era una lunática que gritaba en la mansión de vez en cuando. Porque no habían sido unos meses para ellos, había sido solo un día. El mismo día en repetición.
—¡Jajaja! ¡Ajaja! —Me reí histéricamente. Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero me reí. Reí y lloré, y señalé el cielo que no había cambiado de la luna creciente durante meses. Y así perdí la cabeza.
Cuando me desperté, el recuerdo que apareció en mi cabeza fue el infierno. Era la misma mañana con el mismo paisaje, pero hoy estaba tranquilo. La gente me saludó hoy, otra vez. Acrab estaba en paz. La habitación era la misma, pero la botella de vino que rodaba por el suelo no me resultaba familiar. Todo hoy parecía desconocido.
—¡No, no, no! —Me agarré la cabeza y grité. No sabía cuánto tiempo había pasado. El recuerdo, que pensé que era una bendición, me hizo pensar en los recuerdos del período en que había perdido la cabeza. ¿Cuántas noches habían sido? ¿Qué tan loca me volví? ¿Qué diablos hice? Me sentí horrible.
Mis manos temblorosas no eran los temblores causados por la abstinencia de alcohol. Hoy no. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y comencé a rascarme los brazos. La sangre apareció en mi piel, pero no dolía. Mis manos temblorosas estaban empapadas de sangre. Salí corriendo de la mansión gritando que mis recuerdos no eran ciertos.
Cielo despejado sin una sola nube. Pude ver a la gente sonriendo y pasando el día de la misma manera que de costumbre. La gente era la misma de siempre. El día era el mismo. Pero no se veían iguales a mis ojos.
Me arrodillé y sollocé. Sentí los ojos de la gente sobre mí. Debían pensar que estaba intoxicada tan temprano en la mañana.
—Lo siento… lo siento… lo siento… —murmuré y grité. No importaba cuánto me disculpara, mis recuerdos no desaparecerían. Eso era cierto. Los maté. Los maté innumerables veces. Siempre estaban bien al día siguiente. El mismo día volvería a repetirse. Pero yo no estaba bien.
Lágrimas corrían por mis mejillas. Había perdido la cabeza y ahora estaba aquí. Era tan difícil soportarlo. ¿Por qué hice tales cosas? ¿Se había apoderado un demonio de mi corazón? ¿Quería tratarlos así? No quería creerlo. Porque sabía que yo era la que lo hizo.
Lo sabía y lo sentía. Temblé. La gente a mi alrededor susurraba preocupada. Era como si no pudieran ignorar mi dolor. ¿Me los merecía siquiera? Envolví mis brazos alrededor de mí. Mis brazos y mis manos goteaban sangre.
Tal vez pensaron que no era un comportamiento común de los borrachos. Sus murmullos crecieron a mi alrededor. Dalia... Dalia... Dalia... No mereces mirarlos.
Escuché un grito. Las lágrimas ya no caían de mis ojos. Era sangre. Me había sacado los ojos. Un alivio se extendió por mi corazón. No podía ver nada. No necesitaba ver el mismo paisaje, la misma gente otra vez. Todo se convirtió en oscuridad.
Pensé que me iba a desmayar por el dolor. Me escuché gritar. Pero estaría bien. Ellos habían sufrido más que yo. Ellos habían sufrido por mis manos. Aunque ellos no lo recordaran, yo sí. Lo sabía todo y nunca podría olvidar.
No era un pecado que pudiera borrar sacándome los ojos. Mientras mi memoria permaneciera, siempre me ahogaría en la vergüenza y la culpa. Después de ese día, no volví a perder la cabeza.
Después de poseer el cuerpo de Dalia, pasé treinta años aburridos. Los otros diez estaban fuera de mi mente. Durante los siguientes sesenta, estuve agobiada por mi propia culpa y anhelaba que Kaichen viniera y pusiera fin a esto, ya que yo misma no podía. Lo había intentado todo.
También me acostumbré a sacarme los ojos. Para recordarme las cosas terribles que había hecho. Este fue mi castigo, infligido a mí misma por mi propia voluntad. Pero cada vez mi cuerpo mejoraba y al día siguiente recuperaba mis ojos. Viví en esta locura durante diez años, tratando de suicidarme una y otra vez.
Después de innumerables muertes y locuras, mi mente quedó devastada, pero mi cuerpo era el mismo, congelado en el mismo día. Finalmente me di cuenta de que sacarme los ojos no ayudaba a nadie. Ni siquiera fue capaz de disminuir mi culpa ni un poco. El dolor y la culpa eran el castigo más brutal para mí y tenía que vivir con ello. No olvidaría.
Apenas me había quedado dormida cuando se presentaron las pesadillas. Me sentí débil y cansada. No había olvidado los recuerdos de mi tiempo en Acrab. Sin embargo, estaba tratando de no pensar en ellos tanto como fuera posible porque no había nada que pudiera hacer al respecto. No había nada bueno para recordar excepto el dolor y la culpa.
Fruncí el ceño. Mi pijama estaba empapado en sudor frío. Tal vez pudiera tomar un baño tibio para calmarme, pensé. Tuve mucha suerte de tener una bañera. Me quité la ropa y suspiré.
Cuando agarré la manija para abrir la puerta del baño adjunta a la habitación, escuché el sonido de la puerta de la habitación abriéndose. Cuando giré la cabeza con sorpresa, pude ver a Kaichen congelado en la puerta.
«¡Mierda! ¡Estoy condenada!» Solté la manija de la puerta del baño y me tapé el pecho.
Athena: Así estáis a la par jajajaj. Por otro lado… qué horrible. El simple hecho de pensar que se ha arrancado los ojos varias veces me parece infernal. Pero cuánto ha sufrido su corazón…