Capítulo 334

El cálido, casi ardiente abrazo de Kaichen rápidamente calmó mis nervios.

A diferencia de mí, que divagaba una y otra vez, Kaichen entendió mi estado de ánimo y mis pensamientos con solo unas pocas palabras. Él me conocía mejor que nadie.

Así como yo tenía miedo de perderlo, él tenía miedo de perderme a mí.

—Tengamos dos gatos.

Mientras tanto, Kaichen murmuraba algo sobre el futuro que no podía olvidar con una sonrisa.

No pude evitarlo. Este era el único hombre que podía hacerme enojar, llorar y, finalmente, reír.

Era una realidad absurda. No era una buena persona, más bien una entidad malvada, pero Kaichen todavía me susurraba que le gustaba y me amaba.

¿Y qué si fuera egoísta? ¿Y qué si fuera pecador?

Yo era la suma de todas esas cosas y él dijo que me amaba por eso.

Sin arrepentimientos, sin desgana. Infundió valor a un cobarde como yo.

—Maestro, ¿no me tienes miedo? Tengo magia negra extraña; mato gente sin pensar. Tengo muchos pecados y solo estoy…

—¿Crees que te tengo miedo?

—Bueno, en realidad no, pero... pensé que podrías estar un poco conmocionado porque, para empezar, no es que no fuera cierto...

—Te consideras un genio todo el tiempo, pero en momentos como éste, eres simplemente un idiota.

—¡¿Qué?!

—Si quieres matar a un grupo de personas y salirte con la tuya, te ayudaré a escapar más rápido que nadie. Si quieres destruir el Imperio, intentaré convencerte de que no lo hagas, pero probablemente te ayude. Pero no aprendas magia negra. No quiero que tu agradable aroma desaparezca.

—Maestro, ¿está bien ser un archimago?

—Si la mujer que amo lo desea... no tengo corazón para negarme. Sólo puedo ayudarla en lo que ella desee.

—¡Awww! ¡Mi corazón…!

—¿Me abandonarías si dijera eso?

—¿Estás loco? Si el Maestro quiere conquistar el continente, estaré a la vanguardia y lo aniquilaré.

—Recuerda eso. Te amo, no sólo partes de ti.

Mi paladar era dulce. Era dulce como si me hubiera vertido un barril entero de miel en la boca.

Cuando pensé en todas las veces que Kaichen me tranquilizó, sentí que iba a llorar, pero esta vez abracé su cintura con fuerza.

Una risa baja se escuchó por encima de mi cabeza. Me vino a la mente su brillante sonrisa, que quería conservar para siempre, y las comisuras de su boca se elevaron naturalmente cuando enterré mi rostro en su pecho. Kaichen acarició suavemente mi cabello, sin importarle que se despeinara.

—Ah... Estoy tan feliz.

El altar del Palacio Imperial era asombrosamente opulento y magnífico.

Me llamó la atención la escalera que ascendía tan alto que parecía tocar el cielo. Me recordó a una pirámide egipcia, aunque sin el pico puntiagudo. Desde lo alto del altar dorado, la gente en el suelo parecía hormigas.

¿Dónde había visto algo como esto antes?

«¿Civilización maya? Quizás lo he visto en uno de esos documentales.»

Se parecía a algo que había vislumbrado en películas sobre civilizaciones antiguas: tan grandioso, colorido e imponente que podría haber sido el escenario del descenso de un dragón mítico.

El área circundante estaba densamente poblada de gente, excepto el camino que conducía a las escaleras. El espacio alrededor del altar, donde se congregaban todos los nobles del imperio, era solemne.

A diferencia de la atmósfera bulliciosa habitual de un baile o fiesta típica, este ritual era sagrado e incluso el comportamiento generalmente arrogante era moderado.

Cuando le pregunté sobre el impresionante altar y cómo algo tan inmenso permanecía oculto, Julius se encogió de hombros y asintió hacia Kaichen.

Uno de los deberes de Kaichen era levantar una barrera que ocultara el altar.

Entrecerré los ojos hacia Julius.

—¿Cuánto estáis explotando al Maestro?

—¿Qué quieres decir? Las misiones de barrera son la responsabilidad principal de Kaichen para el Imperio.

—Siento disentir. Dado que corréis en ayuda del Maestro cada vez que surge algo, sospecho que las misiones de barrera son sólo una tapadera para numerosas tareas adicionales.

—...Condesa, odio contradecirte, pero las contribuciones de Kaichen no coinciden con sus habilidades.

—No, me niego a aceptar eso. Está sobrecargado de trabajo y espero que respetes sus horas de trabajo.

Julius me dio un apretón firme en el hombro en respuesta a mis severas palabras.

—La condesa a veces se olvida —comentó.

—¿Olvidas qué?

—Que soy el príncipe heredero.

—Por supuesto que no, alteza. ¿Como podría olvidarlo?

—Sí, el tono. Debes tener cuidado con cómo te diriges a un príncipe.

—Entendido, Alteza… De donde vengo, este tipo de presión se llama acoso.

La expresión seria de Julius vaciló ante el término desconocido y se rascó la cabeza.

—¿Acoso…?

—Sí, existe.

—No estoy familiarizado con el término, pero... no suena favorable, y espero que no sea alguna blasfemia que no entiendo.

—¿Cómo podría decirle tal cosa a Su Alteza?

—Estás empezando a sonar más como Kaichen, y eso no es necesariamente algo bueno.

—Dicen que el amor hace que os parezcáis.

 

Athena: Pues yo veo bien que lo diga. No hay que abusar y menos aún que salgas con que eres el príncipe. Meh. Todo es por tu culpa.

Anterior
Anterior

Capítulo 335

Siguiente
Siguiente

Capítulo 333