Capítulo 1

El sonido de las olas que rozaban los pies de Ophelia era ensordecedor.

Y a sus pies en la costa, había un hombre inconsciente.

Era evidente que naufragó. De la cabeza a los pies, estaba empapado en agua de mar.

Los dobladillos andrajosos de su ropa podrían haber sido mordidos por peces o rasgados por un arrecife. Su piel pálida, que parecía que nunca había sido tocada por el sol, tenía muchos arañazos por todo el lugar. Y no estaba claro si todavía respiraba o si su respiración era demasiado débil.

Ophelia se acercó más y puso un dedo debajo de la nariz del hombre.

Podía sentir una respiración superficial pasando por su dedo índice.

«Está vivo». Después de confirmar esto, Ophelia se puso de pie sin dudarlo.

Si fuera cualquier otra persona, habría intentado llamar a alguien para que lo ayudara a rescatarlo, o al menos habría sacudido al hombre para intentar despertarlo. Pero no Ophelia.

Ella ya cometió ese error en su vida pasada.

Cuando Ophelia se puso de pie, volvió la mirada hacia el arrecife al otro lado de la costa. Vio que el pelo rojo desaparecía detrás del arrecife.

Un cabello rojo que era exactamente como el de Ophelia. Y ella sabía quién era el dueño de ese pelo.

«Ahí tienes.»

Ella fue quien llevó al hombre a la orilla.

La joven nereida, la desafortunada chica que murió de un corazón roto y se disolvió en espuma de mar.

Ella era la verdadera salvadora de este hombre.

Originalmente, Ophelia habría rescatado al hombre después de que la joven nereida lo trajera aquí.

—No te voy a salvar.

Pero Ophelia ya sabía lo que la esperaría al final.

—Alguien más puede hacer eso.

Fue un error fatal ser malinterpretada por otra persona y ser estigmatizada como un falso salvador.

Entonces, Ophelia se fue de la orilla. Sin cargar a nadie, sin pedir ayuda.

Ella no lo necesitaba en su segunda vida.

Unos cinco años antes, en otra vida, hubo un escándalo que sacudió a todo el continente.

El gran duque Ronen, el señor del Principado de Ronen, que era el centro del comercio marítimo continental, hizo un repentino anuncio de boda.

Y, con la princesa ilegítima del Imperio Milescet.

Fue un matrimonio entre el gran duque de Ronen y la princesa imperial ilegítima cuya presencia ya había sido olvidada por muchos.

Todo el mundo cuestionó este matrimonio desajustado.

El gran duque podría haber encontrado una pareja mejor, pero ¿por qué debía ser la princesa ilegítima?

Pero rápidamente se encontró una respuesta.

Cuando el gran duque se perdió en el mar, fue la princesa ilegítima quien lo salvó justo a tiempo.

Este encuentro los llevó a hablar entre ellos y, a medida que compartían más de sí mismos, el amor había brotado. De todas las personas, fue la princesa ilegítima la candidata más probable para un matrimonio político no deseado.

Pero así, el gran duque decidió dedicar el resto de su vida a la mujer que lo salvó.

Si bien su unión fue bendecida por todos, juraron ante el oficiante.

—Amémonos y hagámonos felices por toda la eternidad.

En ese momento, no había absolutamente ninguna duda sobre el juramento, porque tanto el gran duque como la princesa ilegítima estaban felices.

Hasta que pasó una semana y se reveló que quien salvó al gran duque no era la princesa ilegítima.

Ophelia miró en silencio lo que tenía en la mano.

Translúcido pero opaco, un objeto plano del tamaño de una uña que se parecía a un grano de cristal.

Era la escama de una nereida.

Ophelia tuvo este objeto en su poder durante bastante tiempo. Lo consiguió hace unos cinco años.

Lo tenía desde que se enteró de la "verdad", por lo que deberían ser unos cinco años.

Una conversación que tuvo con un mago cruzó por su mente.

—¿Una escama de nereida? Es la primera vez que la veo.

—¿En serio? ¿Es difícil de conseguir?

—Por supuesto. Las nereidas son criaturas raras y algunos dicen que esto solo desaparece cuando mueren. Es más precioso que las lágrimas de una nereida.

—He oído hablar de sus lágrimas. Cuando una nereida llora, sus lágrimas se convierten en joyas.

—Esa es una historia famosa. Los sentimientos de una nereida son preciosos.

Así lo explicó el mago. Sus sentimientos eran preciosos.

Entonces, cada vez que una nereida lloraba, sus lágrimas se convertían en joyas, y cuando una de ellas moría sintiendo una gran emoción, se decía que solo quedarían sus escamas.

—No hay muchos casos, pero se dice que las escamas dejadas por una nereida que murió a manos de un cazador de nereidas son venenosas.

—Entonces son peligrosas.

—Eso es correcto. Si no te importa que te pregunte, ¿de dónde sacaste esto...?

Los ojos del mago estaban llenos de preguntas.

Quizás estaba tratando de preguntar si ella había matado a una nereida personalmente.

Pero la confusión que estaba sintiendo no habría sido tan desagradable si ese hubiera sido realmente el caso.

Ophelia respondió con una sonrisa amarga.

—Alguien me lo acaba de dar.

Fue un regalo de bodas. Las hermanas de la nereida muerta se lo dieron. Dijeron que era su última voluntad.

—Ariel me pidió que te lo diera.

Nunca antes había conocido a esta nereida, cuyo cabello era más corto que las marcas de lágrimas en su rostro. Ophelia deseaba poder creer que el agua que corría por sus mejillas era del océano.

Fue la semana después de que Ophelia se casara.

Se fueron de luna de miel a la costa donde ella y su esposo se conocieron por primera vez.

Entonces, una mañana, se fue sola a dar un paseo por la playa, dejando a su marido dormido.

Allí se encontró con las nereidas de pelo corto que lloraban.

Y escuchó la historia de la nereida muerta.

Salvó al náufrago de ahogarse en el mar y, como se enamoró de él, vendió su voz para caminar por tierra.

Pero cuando ella llegó a la orilla, el hombre ya tenía una amante, y el hombre creyó que fue su amante quien lo salvó.

—Mi hermana menor… Nuestra Ariel… Tenía el pelo rojo y ojos azules como tú…

—Por eso... Por eso dijo que saldría a la orilla... para apuñalar al hombre en el corazón...

—Pero al final, no pudo hacerlo y se convirtió en espuma de mar...

—Todo lo que queda es esta escama… Me pidió que te la diera…

Ophelia juntó todo, incluso cuando no podía escuchar con atención.

El hombre que salvó la nereida.

Ian Carle Ronen.

El hombre que Ophelia amaba, su esposo, quien prometió dedicarle el resto de su vida.

Pero ahora, ese mismo esposo se sentía incómodo con solo estar en la misma habitación que ella.

—Pensé que eras mi salvadora.

Era gracioso, pero esto fue lo que pasó.

Cuando ella estaba en medio de la crisis de un matrimonio político, él fue quien la salvó. Y la miró como si fuera la persona más preciosa del mundo.

Dijo que la amaba y que haría cualquier cosa por ella.

Entonces ella tomó su mano, creyendo sus palabras. Y le puso un anillo en el dedo.

Tan pronto como Ophelia descubrió la "verdad", supo que todo cambiaría.

Ophelia no fue la única que escuchó las historias de las nereidas de pelo corto.

Ian, quien se enteró tardíamente de que Ophelia no era su salvadora, también escuchó sus historias.

Sobre el otro ser que lo salvó y sobre su muerte.

Aún conmocionada por lo que había escuchado, Ophelia regresó en su camino de regreso con su esposo, quien pensó que todavía estaba durmiendo, pero vio que el mismo Ian estaba de pie detrás de ella en la playa.

—Ian, ¿desde cuándo has...?

—No fuiste tú.

—¿Qué…?

—Me pareció extraño.

Ophelia nunca antes había escuchado a Ian hablar con tanta frialdad, y tampoco había visto una expresión tan preocupada en su rostro.

Era como si hubiera un silbido agudo resonando en su mente, diciéndole que se despertara de su dulce sueño.

Desde entonces, no podía recordar cómo regresaron al Principado de Ronen.

Y poco después, se vio envuelta en circunstancias desconocidas, obligada a soportar todo por su cuenta sin nadie que la apoyara.

Nadie en el Principado de Ronen reconoció a la princesa ilegítima como gran duquesa.

La situación podría haber cambiado si hubiera tenido el apoyo del gran duque, pero desde ese día, había estado evitando a Ophelia.

Incluso si se encontraban de vez en cuando, la mirada amorosa que una vez tuvo para ella se había desvanecido sin dejar rastro.

Miradas de juicio. Actitudes exteriormente amistosas. Conversaciones inconexas.

Durante los últimos cinco años, se había sentido realmente sola.

Incluso si se divorciaran, ella no podría regresar de donde vino porque el Imperio no era lo suficientemente generoso como para aceptar a un hijo ilegítimo una vez más.

—Pensé que sería feliz una vez que me casara.

¿Cómo llegó a ser así?

Ophelia trató desesperadamente de restaurar su relación rota.

Luchó por establecerse como la gran duquesa entre quienes la ignoraban, y también trató de aumentar el tiempo que ella y su esposo pasaban juntos.

Ella creía con todo su corazón que un día, todo cambiaría. Algún día, su vida aquí en el Principado no sería tan insoportable.

Pero, ¿cuándo sería eso?

«Estoy cansada ahora.»

Incluso el día anterior, Ophelia se quedó esperando frente a la oficina de Ian durante medio día.

Su ayudante dijo que debería regresar cuando Ian terminara con su trabajo. Pero se quedó allí durante mucho tiempo como una sirvienta.

Cuando se puso el sol, Ophelia sintió que algo andaba mal, así que abrió la puerta de la oficina.

Y descubrió que no había nadie.

—¡Ah!

Nada iba a cambiar.

No importaba lo que hiciera, siempre sería la falsa Gran Duquesa, y el corazón de Ian nunca volvería a ser suyo.

¿Por qué se esforzó tanto todo este tiempo?

«No conocías tu lugar. Eso es lo que obtienes.»

La joven nereida que sacrificó su voz debería haber estado aquí en su lugar. No Ophelia.

Incluso si ella era una salvadora falsa, los zapatos que tenía que llenar eran demasiado grandes.

—Ariel, tú también me odias, ¿no?

Entonces, Ophelia le preguntó al mago cómo se podía usar la escama de sirena.

—Si se le lanza una fuerte maldición, entonces es peligroso tenerla y afectaría a la persona que la tome. Si la sirena moría mientras culpaba a alguien...

—¿Quieres decir que comer escamas de sirena te mataría?

—Eso… es correcto.

Esto fue suficiente para confirmar que Ariel realmente debía haber muerto mientras culpaba a Ophelia por tomar su lugar.

Debía ser por eso que les pidió a sus hermanas que le entregaran esto.

Sin dudarlo, Ophelia se metió la escama en la boca.

A diferencia de su apariencia sólida, la escama se derritió tan pronto como entró en su boca y cuando bajó por su garganta.

«Nunca más me interpondré en tu camino.»

Ella no quería vivir siendo una falsa salvadora.

Ella solo quería ser feliz.

«Ah…»

Su cabeza se sentía pesada.

Ophelia cerró los ojos y su conciencia se desvaneció.

Luego, volvió.

Un paisaje familiar pero desconocido estaba justo ante sus ojos.

—Gran duque Ronen. Esta es la primera vez que asiste a un baile imperial, ¿no es así?

Era en el salón de banquetes donde Ophelia conoció a Ian por primera vez.

Athena: Wuaaaa… ¡Hola! La verdad es que me hace bastante ilusión comenzar este tipo de historia, que se basa en uno de los cuentos clásicos y nos da un giro de tuerca, un punto de vista diferente, otra historia, un después. Ophelia se me hace un personaje que me va a caer bien y con el que voy a sufrir por ella. ¡Espero que me acompañéis en este viaje y todos la animemos en este nuevo comienzo!

También me gustaría hacer una aclaración importante en esta historia. Si bien habréis adivinado que esto se basa en el cuento de “La Sirenita”, habréis leído que en su lugar pone “nereida” para referirme a estos seres mitológicos. ¿Por qué? Bueno, no es un error por mi parte, sino una forma de adaptación.

Me explico. En esta novela aparecen dos criaturas mitológicas, las sirenas típicamente conocidas por todos y las sirenas clásicas y originales, es decir, las griegas. Y para quien no lo sepa, las sirenas clásicas griegas no eran mujeres mitad pez y humana, sino humano-ave. Nuestra visión más marina vino después, y adoptamos el nombre de sirena como tal.

En inglés usan el término de “mermaid” y “siren” para distinguir cada una, pero en español no existe esa diferencia como tal, así que me puse a pensar y recordé las nereidas. Las nereidas son ninfas del mar Mediterráneo en la Antigua Grecia y que, entre otras cosas, se las ha llegado a representar con la forma de sirena que todos conocemos. Posteriormente, la idea de sirena y nereida quedó fusionada, siendo la imagen que todos sabemos de una mujer hermosa mitad pez que tenía una voz capaz de hipnotizar a quienes las escuchaban.

En resumen, para distinguir entre la sirena clásica alada y la popular, usaré el término sirena para referirme a las clásicas mitad ave mitad humano, y el término nereida para las mitad humano, mitad pez.

¡Espero que os guste la novela y que no haya confusiones!

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