Capítulo 95
La energía que lo guiaba estalló como una bomba que detonaba y lo llenó de la necesidad de devorarla por completo, desde adentro hacia afuera. Era una intensidad que nunca antes había sentido.
¿Cómo podría describirlo?
Sí, la hortensia azul.
Ciel recordó las hortensias azules que había visto en Corea, recordando lo que su esposa le había dicho en la floristería.
—¿No es asombroso? La misma flor cambia de color según la acidez del suelo.
Ella había elegido las hortensias azules, que sonreían más hermosamente que las flores.
—Me gustan las azules, se parecen al color de tus ojos.
Entonces, él también quiso decirle que le encantaba el aspecto de las rosas negras por la misma razón, pero en lugar de hablar, se quedó callado. Pensó que revelar sus sentimientos la haría sentir incómoda.
Pero ahora ¿no era diferente? ¿No podría expresar plenamente su corazón?
Le susurró al oído mientras exploraba su cuerpo.
—Te amo…
Amaba a la Seo-hyun del pasado y a la Irene de ahora.
Si pudiera expresar sus sentimientos exteriormente, llenaría el imperio con flores del color de sus ojos y cabello.
—…Me gustan las hortensias rosas. Más que las hortensias azules, prefiero las rosas, parecidas al color de tu cabello ahora. Creo que incluso podría empezar a gustarme los brotes que anuncian la primavera. Porque son similares a tus ojos. A mí también me encanta el dominio Closch. Es donde vives y me encanta la gente de allí. Dondequiera que estés, es mi hogar. Me encanta estar a tu lado.
»Si tiene tu toque, en cualquier lugar, en cualquier momento, a cualquier persona, no puedo evitar amarlo.
»Mi esposa…
»Mi pareja…
»Nadie más podría llenar este vacío excepto tú.
Ciel se aferró a su hermoso cuerpo y se movió con brusquedad, y se sintió abrumado por las emociones. Lamentó su estúpido pasado y se sintió indescriptiblemente feliz de estar con su esposa, incluso en una forma diferente.
Envuelto en una inmensa guía, tanto su corazón como su cuerpo estaban saturados de satisfacción. Era una dicha, una y otra vez.
—¡Mmm, Irene!
—¡Uhh!
Cada fuerte embestida coincidía con una erupción de guía, e Irene gritaba. Todo eso espoleaba a Ciel.
Su hermosa carne brillaba por el sudor, sus músculos se ondulaban como olas con cada movimiento y sus caderas se hundían cuando él empujaba hacia delante.
Más. Aún más.
Quería estar más cerca, completamente fusionados como uno solo.
Giró su frágil cuerpo, presionándola contra él, y se recostó de lado. Sus manos se apoderaron de sus pechos, acercándole las caderas mientras giraba la cintura. Con cada giro, extraños sonidos resonaban en sus partes unidas.
Se mezclaron fluidos pegajosos, acompañados de gemidos. Lamió su cuello con detenimiento, cumpliendo todos sus deseos.
—Ahngh, C-Ciel…
—Kgh, huff...
Cada contacto de su centro contra su piel desnuda lo hacía enloquecedor, la dulce carne, los gemidos interminables.
El tiempo era irrelevante y sin importancia. Él agarró con fuerza sus redondas nalgas, embistiendo salvajemente desde atrás, dejando marcas rojas en su pálida espalda. Llegó al clímax sin siquiera darse cuenta, pero eso no lo detuvo.
Una vez creyó que este acto era la única manera de demostrar su amor, aferrándose fuertemente a Irene.
Ciel, incluso con la mente tambaleándose, embistió caóticamente, luego se tragó otro gemido mientras alcanzaba el clímax nuevamente.
—¡Ugh!
—¡AH!
Su corazón latía con fuerza como si fuera a estallar, respirar era casi imposible, era como si le hubieran salido piernas y estuviera acelerado.
Sosteniendo su cálido cuerpo, levantó la cabeza inclinada. Su visión, que antes estaba blanca, había vuelto a la normalidad.
Se apoyó en un brazo y miró fijamente a Irene, que tenía los ojos cerrados y respiraba suavemente. Luego, lentamente, sus párpados se abrieron.
—…Ciel, ¿has vuelto a la normalidad?
En el momento en que reconoció su voz quebrada y el tono verdoso de sus ojos, una sensación de déjà vu lo invadió. La situación de la noche anterior a que perdieran la vida juntos en un frenesí apareció vívidamente en su mente.
En aquel entonces, él también había violado a su esposa sin sentido, la había mirado profundamente. Recordó la experiencia de su corazón ardiendo, un dolor como si lo hubieran atravesado.
El recuerdo y la sensación actual se superpusieron.
—¡Ah!
—¿Ciel?
Se agarró el lado izquierdo del pecho y presionó su rostro contra el cuello de ella. El dolor insoportable pareció desaparecer en el momento en que inhaló su fragante aroma.
¿Cómo podría ser que algo así fuera lo mismo también?
Ciel, abrumado por sus emociones y entrelazado con su cuerpo blanco, se sentía confundido entre los recuerdos del pasado y la situación actual, pero entendía vagamente lo que significaban esos síntomas. Se rio de sí mismo, sintiéndose tonto y patético.
En medio de sus dolorosos gemidos que de pronto se transformaron en risas, Irene se sintió perpleja. Sin embargo, su cuerpo exhausto no podía ni siquiera mover un dedo.
Aun así, reunió las últimas fuerzas que le quedaban para acunar la cabeza de Ciel. A pesar de su complexión más grande, sintió una profunda compasión por él.
Acariciando suavemente la parte posterior de su cabeza, Irene no pudo resistir más y cerró los ojos.
¿Lo sabía? Que habían estado entrelazados durante más de un día entero. Aunque Irene era físicamente fuerte, era un tiempo terriblemente largo de soportar.
Ciel sintió que la mano que acariciaba su cabeza caía sin vida y levantó la mirada.
—¿Irene?
La llamó, ahuecándole la cara, queriendo decirle algo.
—Irene, creo que…
«Creo que me he imprimado en ti dos veces».
Él quería decirle eso, pero las palabras no le salían fácilmente.
¿No se suponía que la imprimación era mutua? ¿Podría ser unilateral?
Este pensamiento lo llenó de amargura, reflejando su relación. Mientras acariciaba suavemente su hombro redondeado, tratando de ocultar sus emociones, notó algo extraño.
—¿Rin?
Se sentó y sacudió suavemente a Irene, que estaba insensible.
—Rin.
Su voz, inicialmente un susurro, comenzó a elevarse.
—¿Rin, Rin? ¡Cariño!
Sólo entonces Ciel se percató de la situación actual. Los objetos con el emblema ducal, aunque no le resultaban familiares, llamaron su atención. La habitación, aparentemente una cámara en un anexo, estaba en completo desorden.
Los objetos de vidrio quedaron pulverizados, los de madera se convirtieron en cenizas negras. Las huellas de sus acciones eran evidentes.
Tembló mientras miraba el frágil cuerpo debajo de él, cubierto de moretones morados y marcas rojas.
Una ola de vértigo lo invadió.
—Ah…
La constatación de que había repetido el mismo error varias veces en el pasado lo dejó sin palabras.
Ciel, sintiéndose como un animal brutal, jadeó y abrazó temblorosamente a Irene.
—Cariño, cariño…
Por muy saludable que uno pudiera ser, no era fácil para un humano resistirse a un Esper.
Debería haberlo golpeado hasta dejarlo azul, pero ¿por qué no lo detuvo?
En el pasado, como ahora, no podía pronunciar palabra, abrumado por la conmoción y la culpa. Sintiendo que se le desmoronaban las entrañas, abrazó a Irene con fuerza, llorando desconsoladamente.
Tras recuperar la compostura, la envolvió frenéticamente y regresó a su habitación, llamando a Rouman y al médico.
—…Afortunadamente no tiene heridas graves y parece que se ha quedado dormida. Tenga cuidado de no despertarla. Ahora necesita descansar. Y este ungüento blanco es bueno para la piel enrojecida y el verde para los moretones. Es mejor aplicarlos con regularidad.
Después de que el médico se fue, Rouman trajo varias cosas y las colocó en la mesa de noche.
—El agua está tibia, no demasiado fría, como usted pidió, señor, pero he preparado hielo aparte. Aun así, recomiendo el agua tibia. Tenga cuidado de no dejar que Su Señoría se deshidrate. También he preparado algo de fruta para cuando se despierte de vez en cuando. Y…
Rouman le explicó todo lo que necesitaba, punto por punto. Era necesario, ya que Ciel estaba loco. Nadie más podía cuidar de Irene, ya que Ciel la había estado abrazando con tanta fuerza que no la soltaba.
Después de que Rouman y el médico se fueron, Ciel finalmente acostó a Irene, a quien había estado escondiendo en sus brazos, en la cama.
Llorando en silencio, empapó una toalla en el agua que Rouman había preparado y comenzó a limpiar suavemente el cuerpo de Irene. Sus manos se movían sin esfuerzo, una tarea que había realizado a menudo en el pasado, pero a veces se detenían y temblaban.
—…Actuando como un idiota otra vez.
Cada vez que esto sucedía, se odiaba a sí mismo por ser un Esper y quería castigarse por tratar a su esposa con tanta rudeza cada vez que perdía la racionalidad.
Tan delicadamente como si tocara una fruta frágil, limpió con ternura el cuerpo de Irene, para luego aplicar uniformemente ungüento en las zonas magulladas y enrojecidas.
Las yemas de sus dedos temblaban con cada roce. Miró a Irene con los ojos vacíos y las lágrimas corriendo por sus mejillas.
—¿Por qué me dejaste ser así?
Su gratitud se vio eclipsada por el remordimiento hacia Irene, que lo había aceptado por completo, incluso en su estado insensible.
Quería morir de culpa. Se sentía inútil, absolutamente incapaz de ayudarla.
Athena: La culpa al final no resuelve nada. Tienes que aceptar y asumir tus errores y buscar solucionarlos.