Historia paralela 9

Cuando Ciel se despertó por la mañana, primero revisó a Irene, que dormía con la cabeza en su brazo, respirando suavemente, desnuda.

La había atormentado persistentemente la noche anterior, dejándole deliberadamente marcas rojas que resaltaban marcadamente contra su piel particularmente pálida.

—Mmmm …

Sin despertarla, él se deslizó fuera de la cama primero. Su cuerpo musculoso lucía increíblemente firme a simple vista, con sus fuertes piernas y nalgas acentuando sus curvas con cada paso que daba.

Sobre su espalda ancha y en forma de triángulo invertido, había líneas rojas dejadas por Irene, llenas de sus propias marcas de posesión.

—Jaja…

Se lavó en silencio para no despertarla y bajó las escaleras sin llamar al mayordomo jefe.

—¡Su Alteza!

—¿Está todo casi listo?

—Sí, casi estamos ahí.

—Bien. Asegúrate de que todo esté bien cargado y prepara un desayuno que puedas tomar en la cama.

—Sí, milord.

Mientras esperaba el desayuno, entrenó ligeramente en el campo de entrenamiento, blandiendo su espada para aclarar su mente antes de lavarse en otro baño en un piso diferente.

—Le llevaré esto a la señora.

—No, quiero dárselo yo mismo a mi esposa.

—Sí, entendido.

Él personalmente llevó la bandeja hasta el quinto piso. Usando su habilidad de viento para abrir silenciosamente la puerta del dormitorio, hizo flotar la bandeja hacia Irene, que aún dormía, y se sentó en la cama.

—Cariño, despierta.

—…Mnnh.

—Tenemos que levantarnos temprano hoy. Tenemos que irnos pronto.

Le sonrió a Irene, que se escondió bajo las sábanas en lugar de despertarse, recordando cómo ella solía despertarse antes que él en el pasado.

—Mmm.

Ahora que lo pensaba, ella parecía haberse levantado temprano también antes de su boda... pero parecía haber desarrollado el hábito de dormir hasta tarde desde que se mudó a la residencia del archiducado.

—Tal vez has ido acumulando fatiga…

Habían estado muy ocupados desde su luna de miel y no sería de extrañar que ella estuviera agotada. Además, había estado trabajando sin parar desde que regresó al castillo. Se merecía descansar.

—Quizás sea mejor marcharse un poco más tarde.

Decidió comerse él mismo el desayuno que había traído. Podía prepararse de nuevo. Nada era más importante que la salud de su esposa.

Colocó la comida en una mesa y acomodó a Irene en la cama para que estuviera más cómoda.

Luego, le besó suavemente la cara, que asomaba entre las sábanas, y luego se sentó en la mesa cercana.

Justo cuando levantó la jarra de agua helada, Irene se despertó.

—Mmh… ¿Cuándo te despertaste?

Su voz, ronca por el sueño, sonaba seductora.

—¿Estás despierta? Te iba a dejar dormir más.

—Haahm… ¿Por qué tengo tanto sueño?

Se acercó y volvió a sentarse en la cama.

—Si tienes sueño, duerme más.

—Pero tengo que levantarme…

Irene logró sentarse, apoyándose débilmente contra el cabecero de la cama.

—Mi cuerpo se siente muy lento. Tal vez sea porque es invierno.

—Es posible. También has estado muy activa desde nuestra luna de miel. Es hora de descansar, especialmente antes de la primavera, cuando estaremos ocupados nuevamente... visitando la finca y esas cosas.

—Eso es cierto…

—Primero desayunemos y si después todavía tienes sueño, puedes dormir más.

—…Está bien.

Ciel lanzó la bandeja todavía en el aire directamente a su regazo, pero Irene levantó la mano.

—¿Qué ocurre?

—S-Sólo un momento…

—¿Cariño?

A medida que se acercaba la comida, sentía cada vez más náuseas, que se convirtieron en arcadas en cuanto le pusieron la comida en el regazo.

—Uurp…

—¿Rin?

—¡Urpp!

—¡Cariño!

Sorprendido, Ciel saltó, empujando la bandeja lejos y agarrando su mano que cubría su boca.

—¿Qué ocurre?

—¡Mmm!

Irene quiso responder, pero las arcadas continuaban tan violentamente que no podía hablar.

Aunque no se le ocurrió nada, sintió unas náuseas mortales, y la sensación de malestar sólo se intensificó a cada segundo.

En su pánico, Ciel tiró de la cuerda de la campana.

El mayordomo jefe entró corriendo, sin aliento.

—¿Me ha llamado, milord?

—¡Llama al médico ahora!

—Qué…

—¡Ahora!

Al ver que Ciel le gritaba de una manera inusual, el mayordomo jefe se apresuró a salir, desconcertado.

—Rin, mírame. ¿Estás bien?

Ciel, sorprendido, la abrazó rápidamente. Irene, todavía jadeante, señaló la bandeja de comida en la esquina de la habitación y dijo:

—Por favor, deshazte de eso, uurrp. Odio el olor.

—Un momento…

Utilizó su habilidad de viento para alejarlo. Solo entonces Irene pudo volver a respirar correctamente.

Entonces, un pensamiento cruzó por su mente.

—…No puede ser.

A pesar de haber tenido intimidad casi todos los días desde su luna de miel, ¿pudo haber sucedido tan rápido?

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Aunque murmuró en voz baja, Ciel lo captó y preguntó.

Ella lo miró y lo envolvió con sus brazos, confundida.

—No puede ser.

Tener un hijo no estaba en sus planes inmediatos. Aunque lo deseaba, no esperaba que fuera tan pronto.

Aún no había terminado de organizar su nuevo hogar ni se había acostumbrado a él. Mientras estaba absorta en sus pensamientos, llegó el médico.

—Disculpad.

El médico se acercó rápidamente y extendió la mano.

—Milady, ¿puedo ver vuestra mano?

—…Uck, sí.

Cuando Irene extendió la mano, miró al médico con el corazón palpitante. El médico le tomó el pulso con atención y de repente levantó la mirada.

—Sus Altezas.

—¿Qué? ¿Hay algún problema grave?

Ciel, nervioso y temiendo lo peor, se sorprendió por las siguientes palabras del médico.

—No es un problema, parece una buena noticia.

—¿Qué?

—Parece que la archiduquesa está embarazada.

Ciel estaba tan sorprendido que no pudo responder. La idea de tener un hijo ni siquiera se le había pasado por la cabeza.

—¿Q…Qué?

Su cerebro tardó un momento en ponerse al día. Ciel parecía desconcertado, parpadeando estúpidamente y luego temblando como si estuviera funcionando mal.

—¿Embarazada?

—Sí, Su Alteza.

Irene estaba igualmente sorprendida, con la boca abierta, incapaz de hablar.

—¿Un niño?

—Sí, Su Alteza.

—Un niño… Un niño…

—Sí, está confirmado que la archiduquesa está embarazada.

—¡Cariño!

Varias confirmaciones después, Ciel finalmente reaccionó y corrió hacia ella.

—¡Tened cuidado, Su Alteza!

Ante el grito del médico, se detuvo de golpe y la abrazó con suma cautela. No fue un abrazo fuerte como de costumbre, sino un abrazo tan suave, como si temiera tocarla con demasiada fuerza.

—…Ciel.

—Gracias, cariño.

No había previsto que otro miembro de su familia llegaría al mundo tan rápidamente. Había querido disfrutar tranquilamente de su nueva vida de recién casados, pero ahora, ambos tendrían un hijo.

Sería mentira decir que no estaba muy contento.

—De verdad, de verdad, gracias…

—…Siento lo mismo.

Envolvió sus brazos alrededor del cuello de Ciel y apoyó su rostro en su hombro. Su nuca se sentía intensamente cálida contra su mejilla.

Su emoción abrumadora era palpable. Durante un largo rato, se quedaron abrazados sin decir nada.

El médico los observaba con expresión conmovida. Ver a la pareja a la que atendía en tal armonía no era ciertamente algo malo para él.

El mayordomo jefe, que estaba esperando fuera del dormitorio, escuchó todo. Sin poder ocultar su alegría, bajó rápidamente las escaleras.

Las buenas noticias debían difundirse a lo largo y ancho.

 

Athena: Después de tanto folleteo, era normal jajaj. ¡Enhorabuena!

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