Prólogo

—… a todos. ¡A todos! ¡Yo os maldigo a todos y cada uno de esta ciudad!

Nos miraba con el mayor odio que pude ver en alguien. Las lágrimas caían por sus mejillas por la rabia que ahora no tenía control; sus ojos llameaban mientras el color violeta de sus hermosos orbes desaparecía para volverse completamente de un rojo intenso, como la sangre derramada, la sangre de Los Eternos.

Varios de nosotros escuchábamos estupefactos sus palabras, mientras que otros se preparaban para la pelea que en el fondo, sabían que no podrían ganar.

—Todos pereceréis bajo la Luna de Sangre, no seréis más que bestias en busca de mi sangre maldita. —Se rio, de tal forma que me sacudió el alma—. Todos pagaréis lo que me habéis hecho, ¡todos!

Varios Cazadores se abalanzaron para parar de oír sus palabras, pero una energía luminiscente, como si de un campo de fuerza se tratase, los hizo saltar por los aires.

—¡No es posible! —gritó uno de los Estudiantes—. Se suponía que ya no le quedaba ningún poder…

—No me subestimes, estúpido mortal —dijo con fuerza desgarradora; la autoridad de su voz hacía estremecer a quien la oyese.

Observé su presencia imponente; su mirada, antes llena de rabia y dolor, ya no mostraba ninguna emoción. Si alguna vez mostró sentimientos humanos, ya no se encontraban en sus ojos más allá que la impasibilidad de los Dioses. De alguna forma, esa nueva mirada me hizo estremecer incluso más que la de ira.

—Gehrman… —susurré mientras lo agarraba por un brazo—. ¿Qué podemos hacer?

El apuesto hombre que estaba a mi lado no hizo más que un gesto negativo con la cabeza mientras miraba la escena.

—Es nuestra culpa… —fue lo único que dijo mientras cerraba los ojos, apesadumbrado—. Nunca debimos obedecer todas esas órdenes.

—Pero…

El cielo se oscureció, y una enorme luna llena de color rojizo apareció en el firmamento; el viento comenzó a correr a nuestro alrededor y el miedo se aposentó en nuestros corazones. La ira de los Dioses caería sobre nosotros esa noche.

Era cierto, todo era culpa nuestra. Si nunca hubiesen querido utilizar un poder que escapaba a cualquier entendimiento… Y si no hubiesen jugado con sus sentimientos, si no le hubiésemos arrebatado su libertad, esto no habría pasado.

«Caryll, ojalá estuvieses aquí», deseé para mis adentros mientras la enorme luna ascendía en el cielo. «¿Qué va a ser de nosotros ahora? Lo siento tanto…»

Las lágrimas comenzaron a brotar por mis ojos, llenas de culpa y frustración mientras caía de rodillas al suelo, sin fuerzas.

—¡María! —gritó Gehrman, poniéndose a mi altura—. ¿Qué…? —ahogó la pregunta al verme llorar.

—Lo siento, lo siento tanto… —sollocé en su pecho mientras me carcomía toda la culpa.

Estábamos malditos, todos los que habían probado la sangre de los Dioses ahora pereceríamos en la locura y nos convertiríamos en aquello que perseguíamos. En el fondo, sabía que era lo justo, nos lo merecíamos.

—¡Caryll no habría querido esto! —grité aun así, desesperada.

Un silencio se apoderó de la zona, mientras una luz violeta comenzó a emanar de su cuerpo.

—Caryll está muerto —dijo con voz fría, sin necesidad de alzar la palabra para hacerse oír en la lejanía.

Algo se sacudió dentro de mi corazón y me hizo tambalear, y una sensación de frialdad se apoderó de mi cuerpo.

—La luna, la noche... —dijo con una voz lejana, cansada. La voz de quien sabía que lo había perdido todo, su voz rota y humana, en medio de su locura por el dolor volvió a vislumbrarse. —Temed la vieja sangre —recitó, esta vez, con la misma apatía inhumana de antes.

Asustada, observé la enorme luna que nos iluminaba, reclamando nuestra condición humana, a la espera de nuestra sangre, nuestra humanidad… y muerte.

¿Qué iba a ser de nosotros? ¿Cómo íbamos a acabar con lo que habíamos creado?

—Por favor, que alguien nos ayude… —supliqué —Caryll… vuelve.

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