Trasvase
I
—Bien, todo está preparado —dijo el anciano—. Solo notarás un pinchazo. La transfusión comenzará pronto.
Nervioso, apreté las manos mientras notaba cómo la aguja traspasaba mi piel y quedaba introducida en la vena donde al final quedó insertada una vía. Poco a poco la sangre comenzó a bajar y a inyectarse en mi cuerpo al mismo tiempo que mis esperanzas aumentaban, deseando que no fuesen vanas.
De repente la cabeza me comenzó a dar vueltas y una sensación de mareo se apoderó de mí, derrumbándome en la mesa camilla en la que estaba.
—Tranquilo, es normal marearse durante el primer trasvase —me explicó el anciano con su fuerte voz—. Los extranjeros como tú acuden a Yharnam en busca de la cura de sus males… —dijo mientras se perdía en sus pensamientos—. Ahora que el contrato está sellado, debemos ver si tu cuerpo soporta esta sangre. No te preocupes. Pase lo que pase, creerás que todo ha sido un mal sueño.
Mareado, giré mi cabeza para apartar los ojos del anciano y concentrarme en la habitación. Sin embargo, una visión extraña apareció ante mí, no sabía muy bien si a raíz de mi reciente estado o a algo más que tuviese que ver con aquella sangre extraña.
El suelo comenzó a derretirse alrededor, tornándose del color y la viscosidad de la sangre mientras una enorme bestia de aspecto lobuno bastante amenazador surgía de su interior y se dirigía hacia mí.
Asustado, pero demasiado cansado y pesado para levantarme, giré de nuevo la cabeza, mirando hacia la derecha con la esperanza de pedir ayuda. Sin embargo, ya no veía al viejo, había desaparecido. Temeroso, y girando la cabeza de nuevo, observé a la enorme criatura acercarse a mí, dispuesta a atacar mientras sus fauces amenazadoras se abrían, ansiosas por desgarrar la carne. Pero, un poderoso fuego surgió de la nada, cubriendo la sangre del suelo y a la bestia que se encontraba a pocos centímetros de mí. La criatura aulló de dolor mientras se consumía en el las llamas.
Intentando no ver esa horrible escena, volteé la cabeza en busca del viejo de nuevo. Sin embargo, otra vez, no se encontraba ahí. En su lugar, una pequeña criatura de no más de medio metro, de aspecto humanoide blancuzco pero, bastante deforme, escaló hacia mí. Volviendo a girar la cabeza, vi como varias de esas criaturas reptaban hasta mí, tapándome la visión de la bestia-lobo que seguía consumiéndose en las llamas.
Un terrible aullido resonó en la habitación y luego el sonido de la carne abrasándose me hizo cerrar los ojos. Fue en ese momento, cuando algo hizo erizárseme la piel.
—¡Oh! Habéis encontrado un Cazador… —oí en mi mente una dulce voz de mujer.
Tras oír esas últimas palabras, me sumí en lo más profundo de la oscuridad, con el corazón encogido y el arrepentimiento creciendo en mi interior.
Hubo un tiempo en el que era capaz de sentir las cosas que se desarrollaban alrededor. Escuchaba a aquellos que hablaban cerca de mí, olía el perfume a incienso que siempre había en la sala y notaba la débil caricia del líquido sobre mi piel.
Sin embargo, con el tiempo, dejé de percibir los pequeños sucesos que me rodeaban. Las voces se hacían cada vez más lejanas, mi piel se volvía más y más fría y mi olfato se volvía insensible. Poco a poco me fui sumiendo más y más en aquel sueño obligado; y el silencio se hizo mi compañero. No podía moverme, no podía abrir los ojos ni saber qué ocurría… Pero tampoco me importaba. Ya no recordaba el porqué de ese sueño. ¿Era un sueño realmente? Tampoco sentía ninguna emoción al respecto que me recordase algo…
Solo sentía pena, un sentimiento que era de causa desconocida para mí; ya no recordaba el motivo de su existencia, pero era reacia a desaparecer aun con el paso del tiempo.
¿Cuánto tiempo había transcurrido? Esta soledad, la tristeza… ¿Por qué no desaparecían? Estas ganas de llorar… Mi vida sonaba lejana, como un cuento inacabado. ¿Y qué había pasado?
Ya no recordaba nada, ni mi vida, ni mi pasado.
Desperté con un sobresalto. Con el corazón desbocado, miré a todos lados de la sala en la que me encontraba, pero no había más que instrumentos quirúrgicos y médicos, y estanterías con libros junto a otras mesas camilla. No había ni rastro de aquella bestia aterradora ni de aquellos seres blanquecinos que ascendían por mi cuerpo. Tampoco había rastro del viejo que me hizo el trasvase de sangre.
—¿Dónde están…? —me pregunté en voz alta mientras bajaba de la mesa camilla de un salto, a la vez que mi cuerpo se estremecía al recordar la escena—. ¿Habrán sido esos seres… una alucinación? —me pregunté mientras miraba de nuevo la sala, sin encontrar nada.
Algo nervioso, me miré las manos. La piel ya no tenía aquel aspecto ceniciento que se había vuelto normal para mí; ahora volvían a tener un color claro pero más sonrojado, más sano, como tiempo atrás. Abrí y cerré las manos con fuerza. Ahora me sentía más fuerte que antes, como en aquel tiempo en el que podía salir a hacer ejercicio, o simplemente, podía ejercer las tareas del trabajo y del hogar.
—Es… Increíble —susurré maravillado.
Me giré de nuevo hacia la mesa camilla en la que el anciano me hizo el trasvase de sangre. El recipiente que contenía la sangre estaba vacío, y la vía ya no estaba. Curioso, busqué la pequeña incisión que la aguja había hecho en mi piel, pero no había nada en el brazo derecho, ni siquiera una pequeña marca.
—Realmente… era cierto. —susurré.
Todos mis esfuerzos por llegar hasta aquí habían dado sus frutos. Estaba curado. No podía creerlo. Lleno de alegría, me puse a saltar de júbilo en el piso.
—¡Es increíble! ¡Estoy curado, estoy cur…!
La madera crujió bajo mis pies, y de repente, el suelo desapareció, haciéndome caer al vacío. Varios metros más abajo, caí sobre el duro suelo de piedra, dejando que un gran dolor agudo recorriese todas mis extremidades inferiores por el impacto. Con un grito ahogado por el dolor me llevé las manos a las piernas, palpando si había alguna zona fracturada o herida, pero solo parecían contusiones no demasiado graves.
Fastidiado y aún confuso por lo que acababa de ocurrir, levanté los escombros que habían caído sobre mí y me puse en pie con cierta dificultad.
—¿Pero qué cojones? —farfullé mientras miraba hacia arriba—. ¿Cómo ha podido desprenderse el piso? —Enfadado, miré el agujero por el que había caído. Habría por lo menos unos seis metros de altura a éste, demasiado alto para alcanzarlo—. Mierda, ¿y ahora cómo voy a salir? ¡¿Hola?! ¡¿Hay alguien?! —grité intentando pedir ayuda, sin respuesta alguna—. Mierda, mierda, mierda… —susurré mientras agarraba mi pelo con frustración—. Tengo que salir de aquí…
Comencé a analizar la sala en la que me encontraba ahora en búsqueda de una salida. Detrás de mí había numerosos escombros que parecían tapar una puerta y enfrente de mí, se continuaba un pasillo lo suficientemente oscuro para incitarte a no seguir su camino.
«Bueno, vayamos a lo obvio y lleguemos a esa puerta», me dije mientras quitaba el primer obstáculo.
Poco a poco fui despejando el camino, hasta dejar libre el paso a una puerta de madera bastante adornada con relieves y unos bonitos cristales que le daban un toque exquisito, de los cuales se dejaba ver una pequeña luz que iluminaba la estancia interior. La puerta tenía forma de arco de medio punto, algo bastante inusual de ver en el lugar donde yo procedía.
Esperanzado, agarré el pomo de la puerta y lo giré, abriéndose con suavidad.
—Uff, menos mal. —suspiré mientras entraba por la puerta.
Al otro lado, lo que vi me dejó sin habla.
Se trataba de una pequeña estancia de piedra sin ninguna otra salida, alumbrada por la luz tenue de las velas que había en el suelo formando un ancho pasillo hasta el fondo de la habitación, donde había un pequeño altar de piedra en el que, sorprendentemente, había alguien.
Patidifuso, anduve hasta el altar muy despacio mientras observaba con detenimiento a la persona que se encontraba ahí. Parecía flotar verticalmente en una especie de urna rellena de un líquido trasparente, pero del que salía cierta luminiscencia azulada.
Era una muchacha, una chica joven, de entre diecisiete o dieciocho años, algo menor que mis veinticuatro años. Vestía un vestido blanco con bordados y encajes azul claro que la hacía parecer más pequeña de lo que parecía, ya que era bastante pomposo y la joven era bastante menuda y de aspecto algo frágil. Parecía que dormía sumergida en ese líquido… o estaba ahí conservada de alguna manera.
Una vez llegué hasta el altar pude fijarme en los detalles de su rostro. Su cara era redondeada y equilibrada y de una piel muy pálida, pero al contrario que la palidez que sufrí yo por la enfermedad, ésta era una piel muy clara, pero de aspecto sano, la piel fina e impoluta de una chica a la que el sol no conseguía colorear, a excepción de las pecas que cubrían sus mejillas y nariz, las cuales le añadían un toque de belleza e inocencia.
Sus labios eran carnosos y de un aspecto suave que, junto con su color rosado, los hacían muy atractivos. Estaba seguro de que tendría una sonrisa bonita.
Sus ojos estaban cerrados, pero dejaban entrever su forma almendrada, y sus largas pestañas negras al final de los párpados. Los ojos se encontraban en armonía entre una nariz pequeña que endulzaba el rostro de la joven y remarcados por unas cejas oscuras finas y equilibradas, aunque imaginaba que de normal no se le verían ya que deberían ser tapadas por un flequillo recto que ahora se movía de su posición debido al líquido que lo mantenía en suspensión.
Al igual que el flequillo, su larga cabellera castaña oscura estaba flotando en el líquido, pero que, de normal, debería llegarle a media espalda.
En conjunto la chica debía ser bastante atractiva, no una belleza estándar, pero si una más natural.
—¿Qué hace alguien como tú en un sitio como este… así? —pregunté mientras la observaba—. ¿Quién eres…?
Curioso, me arrodillé para leer el grabado que había tallado en la parte frontal del altar. Las palabras estaban desgastadas y había fragmentos que no podían leerse debido a que varias fracciones de piedra habían desaparecido. Aun así, podían identificarse ciertos apartados del escrito: “Aquí yace…Arya…e Efher…hij… de… na de los…nos… Fue puesta a… 20 años de edad. Q… s…de…canso…perpetrad…hasta que la sang……infecci.... Que… buena sang… guíe su camino”
—¿Arya? —dije en voz alta extrañado—. Que nombre más extraño… —dije mientras rozaba con los dedos las letras—. Aunque, parece que falta parte de él, así como del apellido… —seguí leyendo—. ¿Veinte años? ¿Tienes veinte años? —pregunté a la figura de la muchacha extrañado—. Pareces más joven. —Reí para mis adentros.
Finalmente me levanté y miré de nuevo a la muchacha. ¿Quién debía ser esa chica para haberla dejado aquí en ese estado vegetativo?
—Imagino que no estuviste muy de acuerdo… —le dije mientras apoyaba la mano izquierda en el cristal de la urna, mirando apenado a la joven—. Tu cara se ve triste…
En ese momento, justo donde tenía apoyada la mano, una pequeña luz azulada resplandeció y formó una pequeña grieta en el cristal.
—¿Pero qué…? —exclamé mientras daba un par de pasos atrás.
El cristal comenzó a resquebrajarse poco a poco, envolviendo toda la urna y explotando finalmente en mil pedazos.
—¡Ah! —grité mientras intentaba protegerme de los cristales despedidos, aunque noté pequeños cortes en brazos y uno en la mejilla.
Cuando aparté los brazos, todo el líquido se había desparramado por el suelo y la muchacha había quedado tendida en el altar. Sin pensarlo, llegué a esta ella para ver si estaba bien.
—¡Ey, ey! —le grité mientras le zarandeaba un poco el hombro derecho—. ¿Puedes oírme? ¿Estás bien?
La muchacha no respondió, ni siquiera despertó, pero veía subir y bajar su pecho con cada respiración, lo que me indicaba que estaba viva. Con un suspiro de alivio, dejé caer un poco los hombros por lo cansado que me había sentido por momentos.
«¿Qué debería hacer?», me pregunté mientras observaba a la chica. «No puedo dejarla aquí ahora. Si alguien la mantenía ahí dentro no debería agradarle enterarse de que ya no lo está. Y tampoco creo que le gustase saber que yo he podido tener algo que ver… Debo irme. Debemos irnos».
Con cuidado, cogí en brazos a la muchacha, que como esperaba, era bastante liviana. Me di la vuelta, hacia la puerta por la que había entrado, y una vez en el lugar donde había caído al principio, me dirigí hacia el oscuro pasillo.
«No tengo opción», pensé mientras me adentraba en la oscuridad.
Sin embargo, la poca luz duró poco, ya que al andar por el pasillo unas antorchas que había en la pared se encendieron a mi paso.
—Que… curioso —dije mientras observaba el fuego de las antorchas—. Aunque desde que he llegado aquí nada parece muy anodino. —Concluí al mirar de nuevo a la chica que sostenía en brazos.
Al final del largo pasillo me encontré una escalera que ascendía al piso de arriba. Sujetando con fuerza a la joven, subí por las escaleras hasta llegar a una trampilla de madera cerrada. Dando la espalda a esta, empujé con fuerza con esperanzas de que ésta se abriese.
—Vamos… ¡Bien! —exclamé cuando la trampilla se abrió, dejándome salir a la nueva estancia.
La nueva habitación no era más que una zona de paso para ascender por una escalinata a un piso superior, o a salir por otra puerta, que ahora estaba abierta.
«No necesito ascender más pisos, creo», pensé mientras me dirigía a la puerta, habiendo antes tapado un poco con los pies la trampilla con la alfombra que la ocultaba.
Tras andar por varios pasillos, llegué a una sala que me resultaba familiar, con dos mesas camilla y un agujero en el suelo.
—Bueno… volvemos a aquí —suspiré.
Dando un rodeo al agujero y pisando con el máximo cuidado posible, llegué hasta la puerta doble del otro extremo de la habitación y la abrí empujando con el hombro.
—Ah… Espero que la salida sea por aquí —dije mientras bajaba por las escaleras con las que se seguía la puerta—. Empiezo a sentir los brazos cansados… —me quejé mientras miraba de nuevo a la muchacha, que aún seguía inconsciente.
Llegando a una nueva habitación al final de las escaleras, la chica comenzó a moverse un poco sobre mis brazos.
—¡Oh! —exclamé al fijarme en su rostro, que ahora parecía despertar.
Con suavidad, la muchacha abrió los ojos poco a poco entre confusa y cansada, como si hubiera dormido mucho tiempo.
—Ho… Hola —la saludé en el tono más cordial del que fui capaz, aunque se notaba cierto nerviosismo y timidez en mi voz.
Por algún motivo, la muchacha, después de fijar su mirada en mí, me sonrió. Era una bonita sonrisa, como ya había imaginado, pero realmente en ese momento lo que te hechizaba era su mirada, una mirada cálida de ojos de un gris plateado, como aquellas noches de luna llena que emitían una luminosidad y una vida envidiosa.
—¡Oh! Yo… —balbuceé tras percatarme de que aún la sostenía en mis brazos—. Lo siento, yo… Mejor te dejo en el suelo.
Con cuidado, bajé a la chica y la dejé en el suelo, agarrándola un poco de los hombros para asegurarme de que era capaz de mantenerse en pie sin caerse.
Ahora que estaba de pie en el suelo, podía ver que le sacaba más de una cabeza a la chica, y que el estar toda empapada la hacía parecer aún más pequeña. La muchacha miró a su alrededor bastante confusa mientras fruncía el ceño.
«No parece que sepa dónde está…»
—Esto… —la chica me miró en ese momento con los ojos dubitativos. ¿Pensaría que era alguien peligroso?—. Bueno, yo… —Me pasé las manos por el pelo, nervioso—. Mejor me presento. Soy…
En ese momento, la muchacha cambió su expresión de duda a terror. Sus ojos, muy expresivos, reflejaban miedo. Con bastante agilidad, la muchacha agarró mi brazo izquierdo y tiró de mí hacia un lado, oyendo justo después cómo una silla que había a mi lado se hacía añicos.
Sin dejarme ver lo que había detrás, la joven tiró de mí y empezó a correr hacia el otro extremo de la habitación, donde había una puerta. Mientras corríamos, giré la cabeza un momento para ver qué nos perseguía: un lobo exactamente de las mismas características que aquel que vi cuando me hicieron la transfusión sanguínea nos intentaba dar caza.
—¡¿Qué cojones?! —exclamé mientras apretaba el paso—. ¡Es enorme!
Lo más rápido que pudimos, llegamos hasta la puerta, la cual golpeé con fuerza.
—¡Oh, vamos! ¡Ábrete! —grité desesperado.
La muchacha se puso a forcejear la puerta mientras yo intentaba encontrar algo para romper la puerta. Sin embargo, la bestia llegó hasta nosotros muy rápido. En actitud protectora me interpuse entre el enorme lobo y la muchacha. La bestia nos observaba, analizando nuestros movimientos.
—Intentaré distraerlo… Mientras tanto intenta abrir esa puerta —susurré a la muchacha.
Acto seguido, grité al lobo para captar su atención y empecé a moverme con ímpetu y a alejarme de la puerta.
«Parece que he captado su atención», pensé mientras esquivaba un zarpazo a pocos centímetros de mi cabeza.
Con cuidado, me alejé más de la puerta y comencé a moverme por la amplia habitación, llena de camillas con material sanitario y paredes forradas de estanterías. El gran lobo era bastante ágil, pero telegrafiaba sus movimientos, lo que ayudaba a esquivar sus ataques, aunque debido a su rapidez a veces era ciertamente complicado salir ileso.
«Si esto hubiese pasado antes de esa transfusión, seguro que ya estaría muerto», agradecí para mis adentros mi nueva agilidad física, mientras esquivaba ese último ataque.
Mientras tanto, oía ruidos cercanos a la puerta cerrada: golpes, forcejeos e improperios.
«Por favor, date prisa…», pensé mientras corría tras haber visto cómo el lobo quebraba de un zarpazo una camilla.
—¡Sí! —escuché exclamar a una voz dulce y suave llena de alivio y júbilo tras oír el sonido de varios cristales rompiéndose—. ¡Vamos! ¡Ven, corre! —Me llamó.
Fintando al lobo, salí corriendo en dirección a la salida, que ahora estaba abierta y con todos los cristales hechos pedazos. La muchacha comenzó a subir las escaleras lo más rápido que era capaz con ese vestido, y yo, tras ella, comencé a ascender. Sin embargo, no pude seguir avanzando mucho más tiempo. La muchacha se paró a final de escalera.
—¡No pares! —le grité desesperado al oír a la bestia unos metros más atrás.
La muchacha no contestó, sino que comenzó a forcejear con algo que todavía no alcanzaba a ver.
—Oh, no… —dije al ver que intentaba abrir otra puerta cerrada—. ¡Mierda!
La chica, asustada, miraba en mi dirección, siendo consciente de que el enemigo se acercaba y que no teníamos espació físico para escapar. Desesperado, me puse a forcejear y golpear la puerta, rompiendo de un puñetazo uno de los cristales, provocando que la sangre empezara a manar por mi mano izquierda.
—Vamos, vamos… —decía mientras golpeaba de nuevo la puerta—. ¡Sí! —exclamé al notar que comenzaba a ceder —¡Una vez más! —le dije a la muchacha, que seguía empujando.
Con un crujido, la puerta se vino abajo, dejando paso al exterior del edificio. Sin perder más tiempo, agarré la mano de la chica para comenzar a correr.
Sin embargo, de repente, me noté muy pesado, siéndome imposible continuar hacia delante. Había algo en mi estómago, algo que no me dejaba moverme. Con lentitud, bajé la mirada hasta mi abdomen, viendo que de éste comenzaba a manar sangre, mientras una garra enorme se retiraba. Fue entonces cuando un terrible dolor agudo me sacudió de arriba abajo, haciéndome tambalear. Me caí al suelo, girado hacia el edificio mientras la sangre teñía el suelo de rojo. A mi lado, la muchacha me miraba con ojos vidriosos tendida en el suelo, mientras la sangre que manaba de su pecho tintaba de escarlata su hermoso vestido.
Con la poca fuerza que me quedaba, alargué un brazo hasta ella, cogiendo una de sus pálidas manos. Unas pequeñas lágrimas cayeron por su rostro, que ya no mostraban miedo, pero sí pena y compasión.
¿Era así como iba a morir? ¿Era así como íbamos a morir?
«Después de todo, Kilian, aquí termina tu viaje…», pensé mientras dirigía ahora la mirada al cielo del ocaso. «Por lo menos pude sentir de nuevo lo que era estar sano… vivo».
Notaba cómo la fuerza con la que la muchacha agarraba mi mano se desvanecía poco a poco, y cómo mi visión se hacía cada vez más negra.
La herida no dolía, ya no notaba cómo la sangre abandonaba mi cuerpo, ya no sentía el frío de la calle, ni era capaz de distinguir los últimos tonos del anochecer. Con la última espiración, cerré los ojos y me abandoné a la fría oscuridad.