Heridas pasadas y futuras
II
Era ya el atardecer cuando escuché que los soldados pasaban cerca de mi escondite.
—¡Debería estar por aquí!
—¡Idiota! ¡Se cayó desde esa altura! Lo más normal es la haya arrastrado la corriente.
—¿Nadie la vio salir del agua?
Intentando no hacer ningún ruido, modulé la respiración y mantuve la postura. Apreté los dientes, pues el dolor en mi cuerpo me hacía dificultoso el no exclamar un quejido lastimero. Pero sabía que mi vida dependía prácticamente de esto, así que me mantuve ahí, en la misma posición, observando entre las hojas, rezando porque nadie me descubriera.
—Deberíamos haber traído a los perros —dijo uno, frustrado.
—O mejor deberíamos haberle acertado con alguna de las flechas.
—¿Quién iba a sobrevivir a una caída como esa? ¿O luego a la naturaleza? No es más que una niña de, ¿ocho años?
—Independientemente de eso, deberíamos asegurarnos de que ha muerto.
Me mantuve escuchando la conversación cual estatua, anotando mentalmente cada palabra y dato que pudiera servirme para mi inminente futuro, mientras seguía orando por mantener mi aparente invisibilidad.
—Deberíamos seguir el río. Tal vez encontremos algo —intervino otro de los soldados—. No es más que una cría que no tiene manera de sobrevivir. O se ha ahogado, o morirá de las heridas o sucumbirá a la naturaleza. Vamos.
—Si tuviéramos un mago Sekht con nosotros…
Pasaron entonces los minutos, tal vez las horas, un tiempo que pasaba tan lentamente que cada segundo parecía una eternidad. Pero, de hecho, tras escuchar el sonido de charlas, pisadas, matorrales siendo removidos, sonidos metálicos y relinchos de caballos… todo se calmó. El silencio cubrió el área y poco a poco los sonidos propios del bosque comenzaron a protagonizar de nuevo el entorno.
El sonido de las hojas y ramas al mecerse con la brisa primaveral, el caudal del río con el agua corriente y burbujeante al estrellarse contra las rocas, los pequeños insectos que chirriaban y los animales que se movían con elegancia.
Todo se notaba en calma, pero en movimiento al mismo tiempo.
Y me quedé ahí, en ese agujero entre matorrales que había improvisado para que no me descubrieran, borrando mis huellas del río, asegurándome que no había ni un rastro de cabello, de tela, de piel, sangre o lo que fuera que pudiera hacer que me descubrieran. Y mientras aguantaba las lágrimas por el dolor, cavé simulando esa madriguera, entre esos matorrales, sin que llamara la atención, sin que fuese notable, sin que pareciera que había estado ahí. Todo mientras rogaba a los cielos que me diese tiempo antes de que bajaran desde ese acantilado, pues mi ya debilitado cuerpo no podría correr, no podría escalar, no podría luchar.
No podría sobrevivir si me descubrían. Así que usé todo el ingenio del que fui capaz, de mi mente que estaba mezclada entre la yo de nueve años y la joven adulta.
Ah… porque esto no lo haría una niña de nueve años. Menos una noble. Menos una princesa.
Pero es que… no lo era. No en acto al menos. No en mis recuerdos futuros. O… ¿debería decir pasados?
Todo seguía siendo muy confuso…
Pero, independientemente de todo eso, sabía que tenía que esconderme, escapar, sobrevivir. Por eso hice todo aquello, por eso me quedé en el más absoluto silencio hasta que ya no escuché ni una sola presencia humana pasado mucho, mucho tiempo.
Y, aunque tuve mucho tiempo para pensar, no fue hasta que por fin salí de mi escondrijo, que las cosas empezaron a acelerarse de nuevo en mi cabeza.
Así, herida, adolorida y sangrando todavía, anduve hasta la vereda del río sintiéndome cada vez más cansada, tanto física como mentalmente.
Me quedé mirando de nuevo ese rostro que se reflejaba en el agua. Un rostro aniñado, de apariencia frágil como una linda muñeca, aunque escondido entre la suciedad y sangre que arrastraba.
Frunciendo el ceño y mordiéndome el labio inferior, sumergí mis pequeñas manos en esa agua que, aunque ya empezaba a hacer ese calor primaveral, continuaba helada al tacto; y comencé a lavar mi rostro, mis brazos, mi pelo, mis piernas… todo aquello que aún tenía una mezcla de suciedad y sangre, un signo de lo que había ocurrido hacía tan poco tiempo.
Y, aunque eso provocaba que las heridas, contusiones y magulladuras me hicieran jadear, continué con el lavado exhaustivo. Poco a poco, la tierra, sangre y suciedad se fueron desprendiendo de mí, dejando a la vista el verdadero daño provocado a este joven cuerpo.
Tenía un tobillo algo hinchado, posiblemente a consecuencia de una de las caídas, pero no parecía ser muy incapacitante. También presentaba varios cortes superficiales en los brazos y otro en el abdomen, así como en el lado derecho del cuello. La herida más profunda fue provocada por esa flecha que rozó mi brazo derecho, pero no había profundado lo suficiente como para hacer una lesión peligrosa, más allá de posibles infecciones si no tenía cuidado. Por otro lado, estaba segura de que mi cuerpo se cubriría de múltiples moratones; algunos de hecho comenzaban a notarse bajo mi piel pálida y me dolía cada movimiento de mi cuerpo entumecido.
Suspirando, desgarré la parte inferior del vestido, aprovechando que ya se había roto en uno de sus bajos y lavé lo mejor que pude esas prendas, para envolverlas posteriormente sobre las heridas a modo de venda cuando se secaran un poco.
Una vez terminada la tarea, volví a prestar atención a mi imagen, observándola durante un rato.
Era increíble y común al mismo tiempo… ¿eh?
Sonreí con tristeza ante la imagen que se reflejaba de una niña que miraba con unos ojos que no se correspondían a su edad.
¿Cómo era todo esto posible? Aún me costaba entenderlo.
¿De verdad era real? Ah… supongo que el dolor que sentía me recordaba constantemente que eso era así. Y… lo era, definitivamente esta cara aniñada, este cuerpo, estos ojos cansados… eran reales. Era yo, y al mismo tiempo, parecía sacado de mucho, mucho tiempo atrás. Una imagen del pasado, superpuesta a otra que ahora no veía. Un futuro.
O eso parecía.
Me quedé mirando así a esa chica reflejada en el agua, una niña de apariencia delicada y llena de rasguños que no encajaba bien con ese vestido, antes glamuroso, ahora hecho jirones. De contextura delgada y frágil, con piel nívea ahora salpicada de magulladuras, combinaba bien con un rostro redondo con facciones finas, de bonitos labios rosados, nariz pequeña pero grandes ojos de un intenso color negro que contrastaba con su largo y extraño pelo plateado, único y característico. Delatador. Y peligroso.
Estrujé con frustración ese pelo, hermoso y único, pero que tantas malas vivencias sentía que me había dejado. Porque era un símbolo que había sido mi yugo a lo largo de toda mi vida. Y de mi gente.
Me mordí los labios, recordando, asentando, asimilando todo lo que aún se venía a mi mente. El significado de todo. El dolor que todo ello me provocaba, la incredulidad y la confusión.
Aflojé la tensión de mis dedos sobre mi cabello y exhalé un suspiro, liberando la tensión acumulada. Porque, era momento de aceptarlo. Que esto era real, pero lo que recordaba también. Era demasiado detallado, demasiado vívido, demasiado visceral en mis emociones como para que fuera un mal sueño. Porque… aún podía sentir el dolor de la daga que atravesó mi corazón, llevándome a una muerte segura y agónica. Ese dolor, esa desesperación, ese frío… solo podía ser real.
Yo… había vivido otro tiempo. Más años. Una vida llena de dificultades, de miedo, de miseria. Pero también de lucha, de justicia, de rebelión, de esperanza. Había luchado, había deseado, había amado… y me habían traicionado.
Miré al cielo del atardecer, recordando aquellas vivencias.
Probablemente… todo comenzase con este día. Con la persecución, con la muerte de mis padres. Ese fue el comienzo de mi miseria. Ahora podía inferirlo. Y mis recuerdos, mi nombre, mis vivencias… ahora se habían hecho uno.
Yo… era una princesa. Pero, nunca lo supe.
Parece extraño, ¿verdad? Sí, a priori, puedes pensar que así lo era. ¿Cómo no iba a saberlo si era plenamente consciente? Pues… porque mi primer recuerdo pasado databa de una niña sin nombre, sin familia, sin pasado y deambulando por las calles sin rumbo fijo.
Ese fue mi comienzo. Un lienzo en blanco del que no sabía absolutamente nada. Una niña huérfana o abandonada que había perdido todos sus recuerdos y que no tenía a dónde ir. Y de alguna manera, alguien me recogió, acabando como prácticamente una esclava dentro de un burdel de la ciudad de Trastamar, no muy lejos de la capital del reino de Skialda, mi lugar de origen. Y no supe nada más… solo mi humilde y sucia ascendencia Aurum, como bien indicaba mi pelo plateado, símbolo de mi raza, una raza antaño gloriosa, hoy oprimida y perseguida. Y por ello, el motivo de muchos de mis problemas.
Y ahora podía añadir también que mi familia era motivo de otras muchas cosas. Pero eso no lo supe en el pasado… o futuro. Según se mire.
Pero al final, lo que recordaba no era una vida de princesa, sino el de una esclava siendo criada desde su niñez hasta su adultez temprana en un burdel de cierto reconocimiento, esquivando de mil maneras posibles el ser abusada, ya fuera por los de mi raza, por simples humanos o por los Sekht, los seres más poderosos, nuestros dueños y opresores.
Al final, todo se basaba en eso. Oprimidos y opresores. Esclavos y señores. Y a mí me había tocado jugar en la parte más desfavorecida, en el peor escenario, sin recuerdos, sin oportunidades. Sin nada. Y además… marcada, maldecida y temerosa de ser encontrada.
Me llevé una mano hacia el hombro derecho inconscientemente, buscando una marca que sabía, no tenía en este momento. Pero que, aparecería, a su debido tiempo. Me mordí los labios solo de pensarlo. ¿Cuánto tiempo tenía? ¿Dos? ¿Tres años? Pero un día, aparecería. Y ese día, todo sería más difícil. El ocultarlo, mi protección, mi vida.
Al final, todo se había hecho más difícil, por si ya lo era poco ser una Aurum viviendo en un burdel.
Hasta que… apareció él.
Fruncí el ceño; una imagen borrosa y obtusa que quería venir a mi memoria, pero no conseguía hacerlo del todo. Recordaba su altura, su cuerpo bien formado, esos ojos tan hipnóticos como rubíes y su pelo tan blanco plateado como el mío.
—Ah… Alexander —susurré.
Sí, ese era su nombre. El nombre de la persona que hizo que mi vida miserable cambiara para siempre, dándome un objetivo, un por qué, un motivo para cambiar las cosas. Para cambiar yo misma. Un hombre destinado a grandes cosas. Mi salvador, mi amigo. Y…
Sacudí la cabeza, reprimiendo el dolor de cabeza que me atenazaba y suspiré. Ah… Bueno, hubo una persona que dio mucho por mí, y yo por él. Una persona que parecía ser el destinatario de una muy antigua profecía. Una que decía que nos liberaría a todos. Y yo pude ver cómo se alzaba, cómo se abría paso ante el desastre, cómo se hacía un nombre entre tanta inmundicia.
Pero no fui capaz de ver el final de su obra.
Me llevé la mano a mi pecho, buscando un dolor remanente que se había desvanecido, aunque cierta sensación de vacío todavía continuaba.
Suspiré de nuevo y miré mi silueta en el agua, ahogada en las emociones en recuerdos velados. Había tantas cosas que se me pasaban por la cabeza, pero, al mismo tiempo, no parecía poder hilar todos esos recuerdos. Como si todo estuviera opacado tras una cortina que no se dejaba apartar.
Abrí y cerré los ojos, intentando organizar de nuevo todo lo que sabía, lo que me venía a la mente.
Una vida anterior con un final trágico, de eso estaba completamente segura. Aunque no pudiera recordar exactamente cómo o por qué, lo sabía; la tristeza contenida y una sensación de rabia fría me lo decían.
Algo había pasado, pero… no sabía bien el qué.
—Concéntrate, Hecaterine —me dije a mí misma.
El sonido de mi nombre me hizo fruncir el ceño de nuevo. Mi nombre… sí, mi nombre, el de la princesa del reino de Skialda, Hecaterine Vargyrian. Ahora podía saberlo con certeza, pero, antes en… en mi primera vida, no sabía que era así. Como niña sin nombre, sin recuerdos ni familia, me apodaron como Erika. Ese fue mi nombre durante la mayor parte de mi vida, y ese fue el nombre por el que se dirigieron a mí hasta el final.
Sin embargo, ahora, no podía sentir ese nombre como mío completamente. ¿Era porque tenía los recuerdos de mi niñez mucho más nítidos ahora? Miré hacia ese pasado e imágenes diferentes de un palacio, sirvientes, un jardín de ensueño, los grandes templos, doncellas, mascotas… y unos padres que me trataban con todo el amor del mundo. Unos padres que dieron su vida por mí.
Noté un nudo opresivo en la garganta que escondía todo el pesar y tristeza que me golpeó de repente, consciente de lo que una vez perdí y nunca supe y que ahora había vuelto a perder, sin poder hacer nada por evitarlo.
¿Cómo debía combatir contra eso? Sentía que una parte de mí se había podido completar, pero ese saber ahora me hacía daño, pues esto, lo que había perdido, y como una broma del cruel destino, seguía estando relacionado con mi propia vida pasada. Posiblemente todo estuviera relacionado.
¿Por eso había regresado?
Me mordí los labios, intentando una vez más controlar todas las emociones negativas que me consumían, pero era difícil, muy difícil. Cuando la primera lágrima se deslizó por mi mejilla, fue como si abrieran un grifo, pues otras se precipitaron poco después, y luego otra, y otra; un reguero de lágrimas recorrió mi infantil rostro y, poco después, los jadeos lastimeros y llenos de tristeza fueron lo único que pude oír en medio de todo ese espacio, pues sentía que la tristeza iba a tragarme de un momento a otro.
Porque sentía que había perdido el doble. Sentía que había muerto en vano, que mi vida pasada fue una mentira, un gesto cruel del destino, una vida esperanzada en alcanzar un bien mayor que me fue arrebatado de forma vil. Sentía que la mujer que era en mi interior había sufrido mucho, había perdido muchas cosas, hasta su identidad; que le había costado crear una nueva, sentirse útil, huir de sus miedos, ser una luchadora, una superviviente. Pero todo se deshizo… en un momento. Y también, la niña que era ahora, esa parte que me habían arrancado antes, ahora formaba parte de mí con mucha fuerza y, lejos de poder estar feliz de recordar, sentía una sensación de pérdida, de tristeza, soledad y vacío que dolía como ese puñal que me clavaron en mi primera vida.
Las heridas del pasado y de un futuro incierto me pisaban, me hundían.
Y parecía que nada podría cerrarlas.
No se cuánto tiempo tardé en calmarme.
Podía ver las primeras estrellas asomarse en el crepúsculo tumbada en el suelo, ya sin más lágrimas que derramar ni sonidos que formar. Me sentía muy, muy cansada. Pero también me sentía más calmada, casi en paz conmigo misma. Toda esa tristeza sangrante, la emotividad, el dolor palpitante se habían aplacado, dejando una paz que parecía no sentir en mucho tiempo. Me había dado tiempo para dejar fluir todas esas emociones que había estado conteniendo durante más tiempo del que una vez debí. Y también me había dejado tiempo suficiente para entender y organizar toda esa información que me había avasallado, viéndolo ahora todo mucho más claro.
Y con un objetivo a seguir.
Cuando abrí los ojos tras un largo suspiro, pude decir que ahora sabía quién era y qué debía hacer.
Era Hecaterine Liria Vargyrian, la princesa del reino de Skialda; el reino de los Aurum… y también de los caídos. Una princesa lejana, pues solo era la primera y única hija del segundo príncipe del reino, Cassius Tybar Vargyrian, y único hermano vivo del rey de Skialda. Una princesa traicionada por los suyos que perdió a sus padres mientras intentaban escapar de la muerte, pues el imperio de Xerizar, nuestro opresor y enemigo, quiso acabar con nuestra familia y asegurar nuestro sometimiento completo, matando a unos y dejando como rehén a mi prima y única heredera al trono.
Todo por una profecía. Todo por algo muy, muy antiguo. Una promesa de un salvador que liberaría a mi raza de su calvario. Un salvador que, al parecer, el emperador de Xerizar temía. Y por eso quiso acabar con casi toda la familia real de Skialda.
Yo simplemente fui un cabo suelto que se escapó en el proceso, pero perdiendo prácticamente todo con ello, incluida mi memoria.
Sin poder recordar nada, en mi primera vida, acabé en la ciudad de Trastamar, una de las ciudades de Skialda controladas por el imperio, vendida a una de las casas del placer con mayor reputación de la ciudad. Allí sobreviví durante mi infancia y la mayor parte de mi adolescencia. Podía sonar horrible, pero, dentro de las atrocidades que había ahí fuera, podía decir que tuve suerte, pues, aunque con fines a servir a clientes futuros, las cortesanas del lugar me trataron como si fuera su familia y me criaron de la mejor forma que supieron. No podía negar que pasé por malos momentos, pero, sobreviví. Y pensé que esa sería mi vida hasta que conocí a un joven a la edad de diecinueve años, el hombre que pondría toda mi vida del revés y sería también un hito para la historia del mundo: Alexander.
Criado como un Aurum más en un pueblo cerca de la frontera del imperio de Xerizar, Alexander era un chico inteligente, hermoso y atlético ducho en las artes de la guerra que, tras descubrir su posible identidad, comenzó a moverse en busca de venganza. Y es que, con pelo plateado propio de nuestra raza y los ojos del mismo color rubí sangre de la familia imperial, el joven descubrió que en realidad era hijo ilegítimo del emperador de Xerizar. Y, lo más importante, era el hijo de la otrora princesa de Skialda, Eleonor Ryhar Vargyrian, la hermana de mi padre y del rey del reino de los Aurum. Dicha princesa fue llevada hace años allí como posible alianza matrimonial, pero solo fue esclavizada y repudiada, muriendo posteriormente de una posible enfermedad, aunque luego se supo que fue durante el parto. La doncella personal de la princesa consiguió escapar del palacio imperial, pues sabía que el emperador, de saber que un híbrido de Aurum y Sekth, su raza superior, había nacido, no habría dudado en matarlo.
De esa manera, fue criado lejos de la discordia y el horror del palacio sin saber quién era realmente, hasta que su nana en su lecho de muerte le contó la verdad. Alexander siempre había destacado por su físico y sus habilidades, y, además, llevado por su odio hacia los Sekth y su naturaleza heroica, no tardó en determinarse y empezar su andanza para liberar a nuestro pueblo.
En sus comienzos fue cuando me encontró a mí, la pobre Erika, una chica sin recuerdos Aurum que vivía en un burdel en espera a ser vendida al mejor postor. Diría que ese encuentro fue muy fortuito, pues nos encontramos mientras él huía de unos soldados que lo perseguían por haber defendido a unos aureanos. Contra lo que se supone que debía hacer, lo escondí y sané sus heridas, para después intentar convencerlo que me llevara con él, pues era buena en las artes médicas y no quería ver cómo mi vida continuaba derrumbándose en ese lugar.
Comenzó así nuestro viaje, liberando ciudades, dando esperanza, consiguiendo un nombre, encontrando aliados. Empezaron a llamarlo el “Elegido de la Diosa”, aquel que según la leyenda nos salvaría a todos los Aurum. Y por cómo seguíamos… hasta yo lo creí.
Nuestras hazañas llegaron incluso a la familia real de Skialda, con quien conseguimos contactar tras mucho esfuerzo. O podría decir que fue algo mutuo, pues la casa real ansiaba esa venganza tanto como nosotros; aún esperaban recuperar a su adorada Athanasia, la hija que les habían arrebatado. Y, con Alexander ahora, pensaron que podría ser verdad que el salvador realmente había llegado.
La Revolución comenzó a forjarse de verdad entonces.
No hacía falta decir que los reyes, mis tíos, nunca me reconocieron. Debería pensar ahora que era normal, ¿no? Se suponía que estaba muerta, aunque, en fin, supongo que ahora cierta decepción me recorría de arriba abajo si me paraba a pensarlo. Porque algo… algo sí debía tener de diferente respecto a los demás. Pero una chica que ni siquiera los recordaba no les hizo pensar que podría ser su sobrina supuestamente muerta.
Pero a él si le vieron el parecido con alguien. Con su pelo plateado y sus ojos del color del rubí, acabaron recordando la princesa Eleonor y su muerte. Ahí fue cuando descubrí que él era el hijo ilegítimo del emperador. Y también pude entender por qué Alexander era tan poderoso.
Alexander no era simplemente aclamado por ser un gran guerrero, sino porque también tenía magia en su interior, una muy poderosa, pues era capaz de controlar a voluntad los cuatro elementos de la naturaleza, algo inaudito en los últimos siglos. La magia no era poseída por los Aurum, de quienes se decía que habían sido bañados por el poder divino, pero los Sekht sí que fueron bendecidos por el poder de la magia.
Siempre supe que Alexander era un híbrido, pero no me imaginé que era descendiente del propio emperador.
Recordaba que en ese momento me sentí herida al haberme ocultado esa verdad, pero, yo misma había tenido ciertos secretos con él, así que… lo acepté. Como siempre había aceptado todo de él. Para ese entonces, era bastante consciente de los sentimientos que empezaban a recorrerme la mente, pero como siempre, los fui enterrando. Por miedo, por timidez, porque no era el momento. Porque había otras cosas más importantes… y porque no estaba segura.
Con esos sentimientos ocultos, acepté acompañarlo para seguir con el plan que habíamos trazado: la de destruir la casa imperial desde dentro.
Cambiamos nuestro aspecto para fundirnos con los Sekht y mundanos, pues ambos teníamos ojos poco comunes para los arueanos, lo que nos permitió en varias ocasiones despistar al enemigo. Y esta vez, el engaño iba a ser mayor. Nos presentamos ante la capital imperial como el hijo perdido que no sabía que tenía y poseedor de un poder demoledor.
Podría habernos matado en ese momento, de verdad pensé que lo haría. Sin embargo, se interesó por él y lo acogió en su seno.
Y puede que ese… fuera el comienzo de mis pesadillas.
Ya que allí estaba él.
Con un físico comparable al de Alexander, pelo rojo y ojos de un poderoso color rubí, él se metió bajo mi piel desde ese momento.
Y lo consumiría todo.
El día que conocí a “La Muerte Roja”, sentí que mi destino dio un giro.
El día que mi vida se cruzó con Reinhard Abaddon Heimdell, el príncipe heredero del imperio, la maldición que me perseguía me recordó lo injusta que era mi existencia.
Y lo rápido que se acabaría si me descubrían.