Regresión

I

El dolor se apoderó al instante de mí.

La cabeza daba vueltas, el dolor punzante y agudo atravesó mi cráneo mientras notaba mi cuerpo caer y rodar por el suelo. Laceraciones y contusiones hirieron mi cuerpo a cada golpe con el suelo; sintiendo cada roca hundirse en mi piel mientras continuaba mi caída.

Tras varios metros, mi cuerpo finalmente chocó con algo duro y resistente en la espalda, haciéndome perder la respiración por unos segundos.

Mis ojos se abrieron entonces.

La visión borrosa manchada de sangre me hizo sentir mayor mareo; la cabeza parecía que me iba a explotar. Parpadeé un par de veces mientras, dolorida y sintiendo el cuerpo pesado, me llevé una mano temblorosa a mi rostro, despejando así la pobre visión de la sangre que bajaba por la frente hacia mis ojos.

El suelo de tierra y polvo se hizo visible poco a poco, haciéndose más nítido a cada parpadeo. Tosí espantosamente cuando intenté que el aire entrase con regularidad a mis pulmones, apoyándome a cuatro patas cual cervatillo recién nacido.

El aire parecía quemar mis entrañas, que se sacudían por la vida. Varias lágrimas cayeron al suelo a la vez que el líquido escarlata.

Una de mis manos falló, ocasionando mi caída al suelo de nuevo, acompañado de una nueva muestra de dolor y náuseas que se agolpaban en mi ya castigado cuerpo.

—Ah… Ah…

Varios gemidos sacudieron mi garganta entre tosido y quejido y una nueva punzada en mi cabeza me hizo gritar de dolor, a la vez que varias imágenes se sucedían en mi mente. Imágenes que no podía llegar a entender.

Había sangre, mucha muchísima sangre. Casi podía oler el olor metálico mezclado con la podredumbre, pues entre esa sangre había miles de cadáveres. Una guerra, una plaga, la muerte se paseaba en ese escenario mientras el cielo parecía llover en bolas de fuego. Había tantos gritos, tanto sufrimiento, tanta desesperación… sin esperanza.

Y una voz, una voz que me llamaba…

Volví a gritar, retorciéndome en el suelo mientras esas escenas taladraban mi cabeza sin parar.

Una espada, un grito, un ruego…

Unos ojos refulgentes cual amatistas.

—Sálvanos… a todos.

Esa voz masculina, que parecía alejarse en mi memoria, me hizo abrir los ojos de nuevo, conmocionada.

—Ah… Ah…

Un cielo en el momento del atardecer me dio la bienvenida mientras mi vista volvía a enfocarse, aún mareada y afectada por los golpes. Los sonidos comenzaron a llegar a mi alrededor, comenzando a ser consciente de ellos.

Relinchos de caballos, el sonido de algo al romperse, gritos de personas, el choque del metal, pasos corriendo…

Aturdida, giré la cabeza, solo para ver una escena abrumadora.

Varias personas estaban de pie, luchando entre sí. Dos partes enfrentadas, atuendos que había visto varias veces a lo largo de mi vida… Uno de ellos hace mucho tiempo. Oh… ¿de verdad era así?

Parecía que esa batalla a muerte, con la sangre derramándose sin cesar, se había establecido aparentemente tras una persecución, viendo el cómo había varias personas no combatientes en el suelo sin moverse, mientras que otras, miraban con terror aquel baile mortal que las rodeaba.

De entre todo ese frenesí, algo captó mi atención.

Un caballo yacía en el suelo, aparentemente herido por la posición extraña de su pata que le impedía levantarse. El sonido lastimero de dolor del animal hacía encoger el corazón. Pero, lo que me hizo fijar la vista, fue el cuerpo que había debajo del animal. Una figura esbelta de mujer, inmóvil y de un impresionante cabello plateado destacaba entre el escenario.

Sintiendo todo mi cuerpo temblar, me levanté con todo mi esfuerzo, no sin antes desplomarme un par de veces por mi débil y magullado cuerpo. Sin embargo, una necesidad imperiosa me hizo arrastrarme hasta ese lugar.

Un rostro hermoso, pero magullado, se dejaba ver de lado, apoyado en el suelo y con los ojos cerrados. Un rostro de una mujer que estaría en mediados de sus veinte, de facciones dulces y equilibrados, aún con las heridas en él y la sangre que lo teñía parcialmente. Una mujer hermosa sin dudarlo.

Antes de que me diera cuenta, mis manos temblorosas apartaron el pelo platino, dejándome ver al completo su rostro; un rostro que me hizo sentir ganas de llorar, de alegría, de alivio, de nostalgia y tristeza a partes iguales. Un rostro que… de alguna manera sentía que hacía tiempo que no veía pero que, al mismo tiempo, se sentía demasiado familiar y diario.

—Madre… —susurré, notando que las lágrimas comenzaban a bajar por mis mejillas.

En ese momento, sus ojos se abrieron, mostrando al mundo unos irises azules brillantes cual piedra preciosa aguamarina, unos ojos al principio cansados, luego alertas y doloridos.

—He… Hecaterine… —susurró con voz ronca y magullada, lejos de esa voz cantarina y dulce que acumulaba en mis recuerdos.

—Madre, madre… —dije entre sollozos y con una mezcla de sentimientos que no podía llegar a discernir—. Yo, yo…

Contraje el rostro en un gesto de dolor al sentir ese dolor punzante de nuevo en la cabeza, haciéndome sentir como si alguien estuviera martilleando mi cabeza. Y esas imágenes de nuevo, volvieron a mi mente.

Una niña feliz en una hermosa mansión, un palacio, ojos que parecían joyas. Y una matanza, una persecución, el accidente… y luego la nada.

—¿De dónde saliste tú…? —Podía escuchar esa voz lejana en mi memoria.

La sensación de soledad, el dolor, la tristeza… ese encuentro, esa casualidad, el comienzo de un viaje…

Lágrimas que reflejaban el dolor físico y el emocional que me invadían se deslizaron por mis mejillas mientras conseguía enfocar la vista, mirando a esa hermosa mujer que, sabía que había visto todos los días, pero que no podía evitar sentir que la había perdido hace mucho tiempo.

¿Qué me estaba pasando?

¿Era esto un sueño? No, más bien debía ser una pesadilla. Pero, ¿por qué se sentía tan real?

—Ah… Todo se ha… complicado… —consiguió decir previo a toser, haciéndome volver a la realidad.

Esa mujer… mi madre, estaba en muy mal estado. La caída del caballo y el aplastamiento debían haberle lesionado órganos importantes. Una sensación de urgencia se apoderó de mí, mientras alzaba mis manos temblorosas hacia ella.

—No, no hables… Yo… te sacaré… —dije alterada.

Al momento, comencé a empujar al caballo con la mayor fuerza de la que era capaz y a tirar de mi madre, pero mi fuerza no parecía ser suficiente como para poder hacer algo útil.

—No… Hecaterine. Eres demasiado pequeña como para hacerlo… —dijo mientras tosía sangre, algo que me hizo palidecer.

—No, no… ¿Qué…?

Sin pensar mucho, continué tirando de mi madre, sin éxito. Comenzaba a sentirme desesperada ante esa situación, viendo a lo lejos esa batalla encarnizada, sin ver ayuda por alguna parte, y yo intentando tirar de mi madre sin conseguir nada.

—¡Agh! —grité del esfuerzo, maldiciendo.

«¿Por qué estas pequeñas manos no tienen fuerza suficiente?» Pensé con frustración, mirando mis pálidas extremidades que recordaban a las de una niña.

Fue entonces, cuando me percaté de lo extraño que sonaba eso.

—Espera…

Abrí los ojos con fuerza, paralizada por ese detalle. Pequeñas… mis manos eran pequeñas, como… antaño. No, como… ¿siempre? Yo… no debería extrañarme de esto. Siempre fue así… ¿verdad?

¿Era… así?

Rápidamente, miré hacia abajo, encontrándome con un cuerpo que me resultaba familiar, pero lejano. Un cuerpo liviano, menudo y pálido sin cicatrices, con un bonito vestido verde y dorado que ahora se había ensuciado de polvo y sangre. Un atuendo que me resultaba familiar, pero que al mismo tiempo me parecía un recuerdo lejano. Igual que este cuerpo, igual que esta mujer, como esta situación.

—¿Qué…?

De nuevo, miré mis manos aniñadas y temblorosas para acto seguido mirar a mi progenitora, la imagen constante de algo cercano y distante al mismo tiempo.

El dolor atravesó mi cabeza, llevando mis manos a mi cabeza, ahogando un grito mientras hincaba las uñas en el cuero cabelludo.

¿Qué era todo esto?

Y las imágenes volvieron a atormentarme. Recuerdos felices que sabía que no fueron hace demasiado tiempo pero que, también sentía que se habían desvanecido hace mucho tiempo.

Una familia feliz de cabellos plateados… todo parecía ir bien. Hasta que alguien entró en sus vidas. El padre murió defendiendo a su esposa e hija, ellas huyeron pero en la persecución la mujer cae del caballo y…

Fue asesinada.

¿Por qué…?

Agarré aún con más fuerza mi cabeza mientras temblaba, no pudiendo aguantar todo lo que estaba viendo, todo lo que estaba sintiendo… recordando.

Una infancia solitaria, unos recuerdos vacuos. No había palacios o eventos majestuosos… se venía a la cabeza ese suelo con la alfombra andrajosa de un burdel, lejos de aquí. Una chica sin familia que creció sin recordar quién era…

Oh, ¿qué fue eso? ¿Quién era él?

Esos ojos del color de la amatista… ¿quién me sacó de allí?

Varias imágenes vinieron a mi memoria, haciéndome gritar de dolor de nuevo, como si la cabeza me fuera a estallar. Imágenes de guerra, de sangre, de pérdidas y de… mí, con un puñal en el pecho, cayendo sin vida junto a unos ojos aterradores pero preciosos… que me miraban en su desesperación.

Momentáneamente, sentí ese dolor insoportable en mi corazón junto a ese deseo inútil de luchar por ese aire que no entraba a mis pulmones, esa visión oscureciéndose… y ese deseo de vivir destruyéndose.

Ese recuerdo de la muerte atravesándome.

Sin fuerza, caí de rodillas al suelo, agolpada por todas esas sensaciones que me oprimían, mientras sentía y recordaba…

El recuerdo de la muerte.

Mi muerte.

Ahogué un grito de dolor, de miedo y desesperación mientras las imágenes se iban acomodando en mi cabeza, de esos últimos recuerdos borrosos mientras mi visión se apagaba antes de caer en la nada, antes de realizar mi último aliento. Y desaparecer.

—Ah… Ah…

Buscando el aire desesperadamente mientras intentaba ocultar una herida en mi pecho que ahora no existía, miré al mundo completamente diferente a como lo hacía hace un momento. Porque yo… había muerto.

No, no era posible.

De nuevo, miré mi pecho infantil intacto, sin heridas en el pecho ni ninguna daga atravesándolo, sin sangre manando del mismo, sin la vida escapándose entre mis dedos. Pero, aún podía sentir ese dolor, como si me atravesara, como si intentase arrastrarme hacia el infierno.

«No, no… ¿Qué es esto? Yo, yo… Mi vida, yo… Yo he»

—…terine… —Una tos quejumbrosa me hizo fijar la vista de nuevo, devolviéndome al presente; a ese escenario extraño.

Devolví la mirada hacia esa mujer de aspecto cada vez más moribundo, ese rostro conocido, pero que no veía desde hace años, ese rostro que sabía no le quedaba mucho tiempo.

—Escúchame, hija… —dijo mi madre con las fuerzas que le quedaban—. Tienes que huir. Te persiguen a ti. —Tosió de nuevo, escapándose un hilo de sangre entre sus labios—. Tienes que… vivir.

—¿Qué…?

Confundida, busqué las palabras mientras aún me sujetaba el pecho, buscándole sentido a todo lo que estaba ocurriendo. Porque nada de esto lo tenía.

Nada de esto tenía que estar sucediendo. No era posible. No era lógico. Era como si…

—¡Hecaterine! —gritó mi madre, quien ahora me agarraba de las mangas del vestido con sus últimas fuerzas—. Reacciona. Tienes que salir, ¿me oyes? Yo… Hija… —sollozó; sus manos temblaban mientras me agarraban—. Corre… Y… Busca el Templo del Alma. Allí… podrás continuar.

¿El Templo del Alma? ¿Qué quería decir? ¿Para qué…?

—¡Princesa! —Escuché entonces en la distancia.

Girándome, pude observar a un hombre de mediana edad, ataviado en un uniforme militar bien conocido, que se dirigía hacia nosotras. Mi primera reacción fue la de querer retroceder, pero el rostro de alivio que vi en mi familiar me hizo mantenerme inmóvil, sin saber qué hacer.

—Oh, por la diosa, su alteza… —Se lamentó el hombre, arrodillándose hacia mi madre.

—Lo siento Aaron —dijo la mujer, con una sonrisa débil—. Compliqué las cosas…

—¡No digáis eso, su alteza! —dijo consternado el hombre, el cual se veía sufrir en su rostro por lo que veía.

—L-Llévate a… Hecaterine… —dijo mi madre, buscando las palabras mientras buscaba aire—. Sabes… que no me queda mucho…

—Su alteza.

—Haz lo que te digo… Es una orden, Aaron —dijo ella mientras hacía esfuerzos por hablar.

—Como deseéis, alteza —respondió finalmente el militar tras unos segundos en silencio, apretando los puños.

Acto seguido, el hombre me miró con seriedad y fue hasta a mí. Inconscientemente, retrocedí un poco, mientras miraba alternativamente a la mujer moribunda y al hombre.

—No, no… —dije en voz baja, negando con la cabeza.

—Debemos irnos, su excelencia —dijo Aaron, que intentó suavizar la voz cuando llegó hasta a mí.

—No, mi madre… ¡No! —grité, fintando y llegando de nuevo hasta ella, agarrando una de sus manos y tirando con fuerza, sin éxito.

Confundida, asustada e impotente, sentí que las lágrimas caían sobre mis mejillas mientras caía de rodillas, ya sin saber exactamente por qué, pues las emociones y los recuerdos se agolpaban cual losa sobre este pequeño cuerpo, conocido y desconocido al mismo tiempo.

—Sé fuerte —dijo entonces mi madre, con una leve sonrisa que acompañaba a sus ojos tristes enjoyados, las lágrimas cayendo por ellos, mientras me acariciaba una última vez las mejillas; se sentía como una despedida—. Ponte a salvo. Crece bien y… busca el templo. ¿Me entiendes, Hecaterine? Es muy importante. —Sonrió levemente cuando asentí, en silencio—. Te quiero, hija.

Esa última sonrisa y sus lágrimas fue lo último que vi antes de que Aaron me agarrara de la cintura y me alejase de allí.

—¡No! —grité—. ¡Madre!

Pero, no importó cuánto gritara o llorara, incluso pataleara, el fuerte brazo del soldado no me soltó. Así, en medio de una batalla, de una persecución, comenzamos a alejarnos de ese lugar de muerte, dejando allí, lo último que me quedaba de mi vida, lo último que había podido recordar… para perderlo de nuevo.

—Cerrad los ojos, su alteza.

Impotente, me aferré con fuerza a ese hombre que se alejaba cada vez más, que luchaba y fintaba de los enemigos mientras, sin obedecer, veía la masacre que allí se cernía, a kilómetros de una gran ciudad que se visualizaba al fondo, sobre colinas rodeadas por un denso bosque… al que nos dirigíamos.

—Agarraos con fuerza —dijo Aaron mientras me sentaba en un caballo, aparentemente de alguno de los enemigos.

¿Desde cuándo se había manchado tanto su atuendo de sangre? ¿Y yo?

Como si viera todo ajena al suceso, me dejé llevar cual saco de grano, y me quedé con la mirada perdida, mientras recorríamos el bosque a toda velocidad, con el sonido de nuestros perseguidores detrás.

Los gritos de órdenes, las voces amenazantes, el silbido de las flechas al dispararse, el sonido de los cascos de los caballos en su galope, las ramas que se partían a nuestro paso… Y el relincho doloroso del caballo cuando una flecha atravesó una de sus patas.

—¡Maldición!

Fue una caída que casi pude ver a cámara lenta. El cómo Aaron recondujo al caballo en un último momento antes de caer, cómo me apretó entre sus brazos, buscando protegerme, cómo esos enemigos con cara de triunfo se retorcieron cuando nos vieron desaparecer al caer por un terraplén, los giros, el crujido de cosas rompiéndose, el aire abandonando mis pulmones por el impacto, el cómo me deslicé de entre los brazos del caballero cuando caímos al suelo finalmente.

Sentí que alguien me levantaba mientras aún todo me daba vueltas, mientras el dolor me hacía recordar que todo esto estaba pasando, mientras, adolorida, comenzaba a correr, tropezando, cayendo y volviendo a levantarme mientras me instaban a seguir adelante.

Mientras todo seguía moviéndose sin parar.

¿Qué… era todo esto? ¿Por qué?

Esto… era una pesadilla. Simplemente una pesadilla horrible. Tan, tan real…

Madre, padre… qué… ¿por qué? Parte de mí me decía que hasta hace unos días estábamos en nuestro jardín disfrutando de un picnic los tres. Fue un día agradable, con el sol bañando mi vestido vaporoso y que tanto me gustaba… porque me… gustaba sentirme así de bonita. Porque me gustaba sentirme apreciada por ellos.

Entonces… Por qué… ¿Por qué tenía todas esas imágenes que no encajaban?

Mientras corría por ese bosque espeso, buscando el aire para continuar un paso más, sintiendo que a ese joven y débil cuerpo le quedaba pocas energías, sabiendo que esas heridas podrían ser más dolorosas a futuro… No era capaz de comprenderlo.

Por qué.

Mi vida armoniosa… se estaba mezclando con otras cosas que… no entendía y al mismo tiempo sí. Cosas que no podían haber pasado, pero que sentía que sí. Recordaba que sí, sentía… que sí.

Una vida atribulada, un pasado que no recordaba entonces, una búsqueda de cambio, de justicia, una cruel guerra… una muerte trágica.

Pasado, presente y futuro se intentaban entremezclar entre sí haciéndome confundir qué era real y qué no.

¿Era verdad todo eso? ¿O lo era esa sensación de pérdida y muerte? La sensación del corazón dejando de latir, la oscuridad viniendo a mis ojos, el vacío… Hasta que volví aquí.

Pero, ¿había vuelto?

De nuevo, un golpe, un grito. Alguien me abrazó y empujó. Caímos juntos, rodamos, sentí ese dolor punzante en todo el cuerpo.

—¡Princesa, cof, cof…! ¡Tenemos que ir…!

Ah… Nunca sabría qué es lo que dijo Aaron, pues una flecha se clavó en su cuello. Podía ver la punta de esa flecha atravesando su garganta mientras me protegía para que no saliera herida. Gotas de sangre cayeron sobre mí, sobre mi rostro, mi vestido, mis brazos.

Aaron boqueó, intentando hablar, o tal vez buscando que algo de aire entrase a sus pulmones, pero me pareció distinguir que sus labios querían decir “corre”.

Y, cuando su cuerpo perdió fuerza y cayó de rodillas, eso hice. Seguí corriendo desesperadamente por ese bosque, sorteando árboles, piedras, raíces y algunas flechas que intentaban acabar con mi existencia. Ahogué un grito cuando una de ellas me rozó uno de los brazos, pero seguí corriendo. Corrí todo lo que pude, manteniendo en mi cabeza las únicas cosas que me servían ahora mismo: la voz de mi madre, y esa extraña voz que me decía que… los salvara.

Así que seguí corriendo en una súplica por mi vida, en un ruego porque todo… fuera diferente.

Por eso, cuando llegué a ese acantilado, hice lo único que podía hacer.

Pude oír los gritos de los soldados que me perseguían cuando salté. Podía imaginar que no esperaban que una niña se atreviese a saltar de tanta altura hacia una muerte casi segura, pues el río metros abajo podía matarme igualmente.

Sin embargo, entre morir a manos de esos guerreros o arriesgarme a una mínima oportunidad, supongo que la respuesta era clara.

Por eso, cuando caí al agua y mi cuerpo se hundió sobre esa agua clara pero profunda… sentí como si todo se congelara a mi alrededor.

En ese momento, ahí, envuelta en agua, todo pareció hacerse más tranquilo, más silencioso, más solitario.

Ah…

Todo era tan, tan confuso.

Ya no sabía ni quién era yo misma. Tantas imágenes entrelazadas entre sí… tanto estrés, tanta urgencia. Sentía que solo quería descansar. Sí, eso era lo que más quería. Sin embargo, bien sabía que mi vida iba a estar lejos de lo que deseaba en estos instantes.

Puede que nunca pudiera tener ese descanso, pues… parecía que ni siquiera tras la muerte podría.

Porque, una vez más, ¿qué era todo esto?

Tantas cosas que sentía que eran confusas, poco a poco parecían amoldarse en mi cabeza. Recuerdos de mi niñez, algo que pensé en otro momento que no existía para mí, ahora era vívido en mi memoria y, momentos que parecían lejanos y venideros, se sacudían en mi memoria igualmente.

Porque esta era yo… y a la vez no. Era una niña, y al mismo tiempo una adulta. Era una princesa… y al mismo tiempo una plebeya.

Pensé que una vez me llamé Erika, pero eso fue porque no recordaba. Pensé que no tenía una familia, pero eso fue porque no lo sabía. Y pensé que estaba en el lado correcto… pero también fui traicionada.

Creía que todo se había acabado, pero, esto… había vuelto a comenzar de nuevo.

Y entonces… no podía ocurrir de nuevo.

Por eso, y con todas las fuerzas que me quedaban, salí a la superficie tras ser arrastrada por el agua. Por eso nadé hasta la orilla con desesperación, y por eso, hubo sorpresa y a la vez no al contemplar ese rostro reflejado en agua.

Porque ya lo había visto, todos los días de mi vida. Antes y ahora, pero… también hace mucho tiempo.

Porque esta era yo.

Hecaterine, princesa del reino de Skialda.

Y había regresado en el tiempo tras mi muerte.

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