Prólogo
Oh, mi diosa; Diosa Arethisa, diosa de la luz, de la vida, de los virtuosos, de la humanidad… y de los desamparados.
Oh, aquella que anhelaba la justicia, que creía en la buena voluntad, quien fue herida, mutilada y encerrada… aquella que juró venganza y lanzó una promesa, una profecía, una justicia divina.
Una maldición.
Aquella a la que sirvo… y por la que tenía que alcanzar mi propósito.
Por la injusticia, el horror, las guerras, la muerte; por mi pueblo, por mi familia, por mis seres queridos… por mí.
Ah… pero, diosa mía.
Me temo que, al final, te equivocaste de persona.
Alzada con tus rasgos, con el fulgor de mis ojos, la ascendencia de mi familia, el poder en mi espíritu y… la oportunidad milagrosa concedida, no puedo negar el propósito oculto. Sin embargo, no hizo falta más que mi egoísta y tonta alma para hacer que todo se viniera abajo.
Lejos de ser digna de llevar a cabo la profecía, tus deseos, tus designios, yo… no soy más que una hereje.
Una apóstata, una blasfema, una sacrílega… una traidora. A ti, y a toda mi raza.
Ah… ¿desde cuándo resultó ser así? No fui consciente de ello hasta que ya estaba completamente absorbida. ¿Fue su esencia? ¿Su cuerpo, su personalidad, su sonrisa, su rostro? ¿Esos ojos que debería considerar malditos?
Malditos, como mi marca, maldito, como mi pueblo. Un demonio a sus ojos, y para mí… ya no sabía lo que significaba. O puede que lo supiera desde hace mucho tiempo.
Y por eso, ahora este era mi destino.
Por eso… lo siento, Diosa Arethisa. Lo siento de verdad. Por fallarte, por no ser capaz de ser más fuerte, por dudar, por flaquear, por caer, por no ser capaz de odiar a quien debía… y entregarle mi corazón de esta manera.
Pero, ¿estaba bien? Supongo que, en el fondo de mi alma, sé que lo haría de nuevo. Hace ya tiempo que no soy capaz de distinguir entre este bando de buenos y malos. Y ya… no podría hacer las cosas como se suponían que tenían que ser. Pero no me importaba.
Tal vez por eso estaba conforme con este final, sabiendo que por mis acciones, mi vida iba a acabarse pronto. Pero bien sabía, que lo volvería a hacer.
Debía admitir que mi corazón y mi alma pertenecían ya a lo que muchos consideraban el diablo. Pero… estaba bien. Estaba bien con eso.
Por eso mismo, por todos mis errores… lo siento mucho, mi diosa. Siento no haber podido ser la elegida prometida.
Lo siento por haber aceptado esos brazos, esa oscuridad, esos ojos… que me tragaban hasta hacerme sentir completa.
Acepto la condena de mi alma, lo asumo y… lo comprendo.
Solo espero que puedas perdonarme.