Capítulo 120

Al instante siguiente, se encontraba en el pasillo familiar de la Mansión del Duque del Norte. Era el pasillo de sus sueños.

Lennox no se sorprendió.

Tan pronto como vio a la pantera negra caminando tranquilamente frente a él, soltó:

—Piérdete.

Él espetó irritado.

Se dio cuenta de la situación inmediatamente cuando la desafortunada bestia y la escena del sueño tan familiar aparecieron juntas.

—Fue obra tuya después de todo.

La pantera, tan grande como una casa, movía su cola.

—¿Lo olvidaste? Este fue el precio por recuperar tu vista.

—Este maldito demonio.

Maldijo, pero no pudo hacer nada.

Estaba claro que todo, desde tener sueños extraños hasta perder el conocimiento repentinamente momentos antes, fue por culpa de esta pantera negra.

Se sabía que los dragones atraían a las personas al reino espiritual sin dudarlo.

—Considérate afortunado de que no me haya llevado a tu primogénito, como en los viejos cuentos.

La pantera negra se rio entre dientes.

Aunque una bestia no podía reír, Lennox sintió que lo hacía.

Aunque parecía una bestia carnívora cautivadora, su verdadera identidad era un demonio atado a una espada de color negro.

Su relación parecía una extraña simbiosis que había durado más de una década. Pero hasta ahora, la bestia no podía controlarlo a voluntad.

A diferencia de las astutas mariposas que atrajeron a Julieta para pedirle prestado su poder a cambio de un trato, él necesitaba una espada inquebrantable, no poder demoníaco. Excepto por el hecho de que no se desafila ni se oxida, era simplemente una espada con una durabilidad excepcionalmente buena.

A pesar de las innumerables tentaciones para que le prestaran poder, Lennox se burló. Por lo tanto, el demonio, con forma de pantera negra, no pudo interferir con su mente.

Hasta que empezó a tener problemas de visión.

—Esa era la condición de nuestro contrato.

La cola de la pantera negra se movía con gracia.

—Entrégame el control de tu mente cuando quiera.

—Dijiste sólo una vez.

—Estoy impaciente.

¿Acaso no era incompatible con las condiciones del contrato hacerle tener pesadillas constantemente? Quería protestar.

—Simplemente aprisioné tu cuerpo físico por un tiempo para mostrarte algo. Una vez que el asunto termine, te dejaré ir, así que no actúes precipitadamente, contratista.

Sabía en su cabeza que, con tantos caballeros hábiles a su alrededor, Julieta estaría a salvo. Pero no podía evitar sentirse ansioso.

—Tu chica está a salvo.

Aunque el demonio hablaba tranquilamente, Lennox se sentía molesto como si le leyeran el pensamiento.

—Maldita sea. Sea lo que sea, termínalo rápido.

Así no se debe tratar a un demonio. Arrepentirse ya no tenía sentido.

Lennox sintió que sería mejor cumplir rápidamente con lo que este demonio quería y regresar.

—Una sabia decisión.

La pantera sonriente desapareció nuevamente.

¿Qué quería mostrar?

Lennox había memorizado todo este sueño.

Caminando por el pasillo de la mansión, al llegar a la puerta del dormitorio, inevitablemente terminaría. Así que no estaba demasiado preocupado.

Antes de poder ver el rostro de la mujer que lloraba en el dormitorio, se despertó del sueño.

Pero esta vez, no terminó.

Lennox se detuvo frente a la puerta.

En lugar de despertarse, por primera vez, pudo ver claramente la silueta de la mujer sentada en la cama con las cortinas corridas.

Su cabello largo era de un tono claro.

Sus hombros temblorosos eran delgados, y su cuello y su espalda, visibles a través de la abertura en su ropa drapeada, estaban llenos de cicatrices.

—Debes sentirte aliviado ahora.

La mujer que sollozaba, cabizbaja, levantó la vista. Lennox sintió como si se le hubiera detenido la respiración por un instante.

No era un rostro que viera por primera vez. No, de hecho, era un rostro que le resultaba tan familiar que podía imaginarlo incluso con los ojos cerrados.

—Ahora que la molestia ha desaparecido.

Esos ojos azules acuosos mirándolo fijamente.

—¿Julieta?

Al mismo tiempo, la puerta se cerró frente a él.

—¿Ya tienes miedo?

Y la bestia negra vacilante reapareció.

—…Deja ya esta tontería.

Lennox apretó los dientes. Una sensación de inquietud le enfrió las yemas de los dedos.

«No puede ser. Esa mujer desconocida no puede ser Julieta».

No había razón para que Julieta, un rostro que había visto docenas, cientos de veces, lo mirara con ojos tan tristes.

—Oh querido, todavía queda un largo camino por recorrer. No puedes tener miedo ya.

—¿Cuál es el motivo por el que me muestran esta alucinación?

—¿Alucinación? Eso es duro.

El demonio rio mientras murmuraba algo incomprensible.

—Tienes suerte de haber perdido la vista. ¿Por qué? Porque he estado esperando este día durante mucho, mucho tiempo.

La pantera negra susurró suavemente.

—Abre los ojos y mira con atención. Este es un recuerdo que habías olvidado hace mucho tiempo.

Antes de que pudiera comprender el significado de las palabras, la escena cambió.

Lennox ya no caminaba por los pasillos del palacio. Tanto la estación como el lugar habían cambiado. Estaba sentado en un cenador en un jardín exuberante de rosales.

Y allí estaba ella.

Julieta, con las mejillas sonrosadas, todo lo contrario de la imagen llorosa que le había dirigido una mirada momentos antes.

Llevaba un vestido verde que le llegaba hasta el cuello. ¿Quizás para ocultar las cicatrices de su espalda?

Pero esta Julieta también le resultaba desconocida.

Se preguntó por qué Julieta le parecía tan desconocida y no tardó mucho en darse cuenta.

Ni siquiera en su imaginación Julieta había tenido esa expresión.

Ella no se sonrojó inocentemente ni brilló con el amor ciego y la confianza en sus ojos.

Julieta, mirándolo con sus ojos emotivos, se sintió completamente desconocida y, al mismo tiempo, entrañable.

—Tengo algo que preguntaros, Su Alteza.

La Julieta que estaba frente a él parecía extrañamente tensa.

—¿Qué pasaría si tuviéramos un hijo…?

—Te lo dije, no deseo tener un hijo tuyo.

Ante sus frías palabras, sus ojos se abrieron en estado de shock.

—Pero Su Alteza, ¿qué pasaría si…?

Sus ojos azules y húmedos, incapaces de ocultar sus emociones, lo siguieron.

—No se trata de matrimonio, pero si tuviéramos un hijo…

Su respuesta inmediata e ingenua también me resultó desconocida.

—No hay "si".

Y como si recitara un verso predefinido, habló sin intención.

—¿No lo entiendes, Julieta? —Su voz, incluso para sus propios oídos, era escalofriantemente sarcástica—. Dije que no necesito un hijo. Aunque se conciba uno, no nacerá.

Los ojos que una vez brillaron con amor y confianza rápidamente se llenaron de cautela y decepción.

—…Sí, dijiste eso.

Julieta, pálida, bajó la cabeza y forzó una mueca de sonrisa.

El ansioso movimiento de sus dedos en el dobladillo de su vestido era evidente.

Su mente se quedó fría.

Recordó esta conversación.

—Dije que no es necesario.

—Ya no está aquí.

El tono de la mujer, sentada bajo las flores rojas del ciruelo, hablando con voz tranquila.

Pero antes de que pudiera dar sentido a esa escalofriante realidad, la escena cambió nuevamente.

Al momento siguiente, se encontraba en una habitación desordenada, y a sus pies, una mujer con un rostro familiar pero desconocido estaba arrodillada.

Aferrada a su brazo, Julieta sollozaba como una niña.

—¡Me equivoqué!

Con una expresión de terror, Julieta lo miró; su rostro, surcado por lágrimas, estaba pálido y suplicante.

Los sirvientes silenciosos estaban removiendo frenéticamente los muebles en la pequeña habitación.

Ya fuera que tuviera miedo de esos sirvientes o de él, Julieta estaba aterrorizada.

Cada vez que se volcaba un cajón o un armario, los objetos recogidos con cuidado se derramaban en el suelo.

A sus pies rodaban objetos que parecían pertenecer a un niño: ropa y pequeños juguetes.

—¡De verdad, ya no pediré nada! No volveré a suplicar.

Al ver cómo la ropa de bebé, obviamente nueva, y las toallas blancas de gaceta recogidas meticulosamente eran pisoteadas por la gente que revolvía la habitación, la mujer lloró aún más fuerte.

—No quise engañarte. Así que, Lennox... por favor, pídeles que paren. ¿De acuerdo?

Aunque una mujer adulta gritaba en voz alta, los sirvientes no le prestaron atención.

Al ver a la mujer que decía ser la dueña de esa pequeña habitación, se dio cuenta. Debió de ser obra suya, escondiendo todas las cosas del bebé como una ardilla.

—Es todo culpa mía, ¿vale? Me iré y viviré como si estuviera muerta. Así que…

Las escenas fragmentadas pasaron antes de que pudiera comprenderlas.

No podía recordar cuántas veces había visto estas alucinaciones ni entender su contexto.

Lo único claro era la voz y la imagen de la mujer suplicando a sus pies.

—…Por favor, salva a nuestro bebé.

La Julieta que él conocía nunca fue tan emotiva. Siempre estaba tranquila, jamás perdía la compostura.

Cuando sonreía, era débil. Rara vez se le saltaban las lágrimas.

La mujer que tenía delante, con el rostro de Julieta, reía mucho más brillantemente y lloraba mucho más tristemente.

Reírse a carcajadas con facilidad y estallar en lágrimas con facilidad…

Ésta no podía ser Julieta Monad.

«Entonces, ¿de quién es este recuerdo?»

 

Athena: El pasado, solo estás viendo el pasado de cómo alguien pasó a ser lo que es ahora.

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