Juicio truncado

I

Los gritos resonaban por la plaza.

Las voces clamaban muerte en nombre de la justicia por todas partes, ahogando a las exiguas y desdichadas que rogaban por clemencia, reclamando una verdad que la multitud se negaba a siquiera escuchar.

Desde la distancia y las callejuelas que llevaban a la plaza, podía verse y escucharse la multitud enfurecida que había llegado poco a poco para visualizar el cadalso desde el mejor ángulo, allá en el centro del lugar.

El clima ese día no hacía sino acompañar al oneroso evento que se iba a celebrar en breve. La luz del sol, incapaz de llegar a la piel de los lugareños esa mañana de principios de otoño, se escondía tras los nubarrones que auguraban lluvia, dando una imagen más oscura de lo que habitualmente parecía la escuadra.

En multitud de ocasiones la plaza se utilizaba para celebrar festivales, actos de premiación, un lugar donde hacer anuncios importantes o simplemente, una zona llena de vida y paso con comerciantes.

Sin embargo, hoy se celebraba un juicio. Y los ciudadanos, llamados por la curiosidad, el miedo y otras emociones más oscuras como el resentimiento, envidia o ira hacia la familia en cuestión, acudieron preparados para presenciar el nuevo y no tan infrecuentes juicios divinos.

Casi pareció que la luz se alejaba aun más cuando la desdichada familia hizo acto de presencia. En un pasillo hecho por los ciudadanos y custodiados por los guardias y virtuosos, cuatro personas que componían una familia de un matrimonio y sus dos hijos pequeños, vestidos con no más que un camisón raído, avanzaron a través del corralito hacia lo que los niños miraban con horror y sus padres agachaban la cabeza: el cadalso.

Hoy era un día donde la Orden Virtuosa buscaría su justicia divina guiados por la Diosa creyendo que acabarían con el mal que azotaba a los pobres humanos.

Podía ver al que sería el verdugo, con su cara tapada y su fuerte cuerpo en anticipación, preparado para hacer su trabajo ese día; sin duda, esa pobre familia miraba con horror su presencia. Aunque probablemente temerían más a quien se encontraba a su lado: el virtuoso que, con su hábito blanco y dorado, se veía preparado para buscar la justicia en nombre de los dioses en un día tan lúgubre como este.

Los gritos que pedían justicia y que ahorcasen a esa familia, a esos niños inclusive, resonaban con una fuerza cada vez mayor a medida que los sospechosos de culpa se acercaban a lo que podría ser su fin.

Se suponía que esto debía ser un juicio, pero era un asesinato disfrazado de justicia. Y el responsable de ello solo usaba a la orden como su espada.

—Ciudadanos —comenzó a hablar el virtuoso, acallando el gentío con su potente y profunda voz—, estamos aquí reunidos para buscar la verdad ante los dioses; para buscar su perdón y acabar con el mal que se esconde entre nosotros.

Hizo una pausa, pasando su mirada por la familia que, lejos de parecer criminales, ahora solo parecían pobres animales que llevaban al matadero. Atadas sus manos y unidos por cadenas entre sí, no podían ir a ninguna parte; varios guardias y virtuosos azules estaban apostados en la plaza, expectantes ante cualquier perturbación que los hicieran actuar.

—En el día de hoy mostramos ante los dioses, ante la reina de todos ellos, nuestra madre y benefactora, a los infieles —señaló a la familia— que se han atrevido a confabular con los Oscuros.

Uno de los hijos, la niña mayor, empezó a llorar ante aquellas declaraciones, asustada y con el horror en sus ojos negros grabado mientras miraba a la muchedumbre. Su hermano menor, que probablemente no tuviera más de cuatro años, miraba paralizado mientras el orín bajaba por sus pantalones.

—¡Nosotros no nos movemos con el Diablo! —rugió el padre, que aún tenía restos de sangre en sus ropas y moretones en su cara—. ¡Es una infamia!

—Según nuestras investigaciones —continuó el virtuoso, ignorando al cabeza de familia—, los Reverty han estado trabajando con los servidores del mal y han buscado obstruir el poder de la luz aquí en nuestra ciudad. —Hizo una pausa—. Los cargos de los que se les acusa son del comercio con brujas, el encantamiento y sumisión de varios comerciantes de la ciudad y la caída de varias familias por el uso de la magia negra.

—¡Eso es mentira! —gritó la madre.

—Por la siguiente, dado los casos de los que se les acusa, su repercusión y la obscena y vil infidelidad para con nuestra fe, son condenados culpables y sentenciados a la horca.

—¡No!

Hubo un revuelo en la zona cercana al patíbulo, probablemente familiares que estaban ahí y no estaban de acuerdo con el veredicto. Aunque poco se podía hacer contra la orden y la multitud enfurecida.

Podía escuchar los sollozos de los niños, la madre que intentaba proteger a sus hijos y el señor Reverty que pretendía luchar con quien osara acercarse. La multitud, ansiando el espectáculo tétrico, vitoreaba por esa justicia contra el mal.

Todo acabaría con cuatro personas colgadas balanceándose en el viento si nadie hacía nada. Eso era lo que ocurría normalmente cuando se proclamaba este tipo de sentencia, cuando las pruebas indicaban que el mal estaba entre nosotros.

Pero hoy no era ese día.

—¡Deteneos!

Mi voz sonó entre el gentío y, llamando la atención de la multitud, varias caras se giraron en mi dirección, entre sorprendidos y molestos porque alguien ajeno se inmiscuyera en lo que ahí acontecía.

Sin dejar de caminar, me bajé la capucha de la capa, revelando así mi largo cabello escondido y mi rostro, provocando unos dejes de sorpresa ante el reconocimiento. La curiosidad y el nerviosismo fueron en crescendo a medida que avanzaba hacia el cadalso, donde todos me observaban; algunos con suspicacia e impaciencia, otros con curiosidad, otros con esperanza.

Me permitieron subir al estrado sin problemas, a sabiendas de que todos los virtuosos de la plaza me observaban con detenimiento y recelo.

Pasé la mirada por los Reverty, que me miraban entre esperanzados y recelosos, sin saber muy bien qué iba a ocurrir. Sus miradas de reconocimiento, como el resto del público, no dejaron dudas que sabían quién estaba ahí. Quién era. Y que eso significaba que las cosas podían cambiar de ahora en adelante.

—Me disculpo por esta llegada tan abrupta, mi señor —dije al mirar al virtuoso blanco—. Me hubiera gustado llegar antes.

—¿Qué hace aquí, señorita Nifaslhelm? —preguntó el inquisidor mientras fruncía el ceño. No estaba nada contento por mi llegada—. Debe haber un buen motivo para irrumpir aquí.

—Desde luego, mi señor —respondí a la vez que rebuscaba entre mi bandolera—. Pero creo que debería echarle un vistazo a esto.

Le entregué los papeles, dejando que los leyera durante unos segundos, momentos en los que pude ver cómo su expresión cambiaba de la suspicacia a la confusión, luego a la sorpresa y finalmente, la ira.

—¿Qué significa esto?

No pude hacer otra cosa más que sonreír levemente ante el hombre de mediana edad.

—Son las pruebas que necesitaba, mi señor —respondí finalmente—. Me encargué de ellas.

El hombre me miró pensativo, buscando calmar su enfado y maquinando qué debía hacer a continuación, cuál podría ser mi siguiente movimiento. Pero antes de que pudiera decir nada, me dirigí hacia la multitud.

—¡Queridos ciudadanos! —exclamé, esperando que mi voz pudiera ser escuchada por todos—. Lo que se está llevando aquí a cabo no es justicia. ¡Es un asesinato de inocentes! —Señalé hacia los acusados—. ¡Esta familia ha sido acusada injustamente! ¡No os dejéis engañar! El mal sí que está entre nosotros, nos engaña, nos persigue, pero no han sido los Reverty los que han intentado hacernos daños. Fueron incriminados. Por él.

Señalé a un hombre que estaba entre la multitud, entre los primeros del gentío que observaban el espectáculo. De apariencia modesta, mediana edad, estatura media, piel blanca y entradas en su pelo castaño; parecía sorprendido por verse señalado. Varios se apartaron, pero nadie intentó prenderlo.

—Aquí, el señor Trusher, conocido y respetado comerciante, decidió inculpar a sus socios comerciales, los Reverty, en el momento en que vio que estos empezaban a destacar. —Miré hacia el virtuoso blanco y luego a los acusados con cierto pesar—. Es cierto que los Reverty comenzaron a negociar con los sirénidos, ¡mas ese es su único asunto sensible! Recordemos que los sirénidos son hijos de nuestra amada diosa Arandiel y no son criaturas que se asocien con el demonio. Pero él —dije señalando Trusher—, ¡hizo pactos con los demonios, se asoció con ellos y dio cobijo a brujas a cambio de obtener el poder suficiente para acabar con los Reverty!

La muchedumbre ahogó gritos y empezó a murmurar. El nuevo hombre acusado en cuestión empezó a parecer nervioso.

—¡No es verdad! —gritó—. ¡No hay pruebas sobre ello!

—Eso no es cierto —dije cruzándome de brazos—. Encontramos los libros de invocación y el círculo, así como los materiales que eran requeridos para ello. La Orden Virtuosa lo ha confirmado. Puede verlo ahí, mi señor.

El juez virtuoso había cambiado su rostro a uno más basado en la calma fría, mirando con ira contenida al hombre que se veía ahora como el culpable. Posiblemente también parte de ese enfado estaba dirigido a mí y ante el espectáculo formado, pero… no había tiempo.

—Eres un vil pecador —dijo con voz más lúgubre de lo que esperaba—. Has tratado de engañar a tus paisanos, has inculpado a personas inocentes, pretendías burlarte de nuestra fe mientras bailabas con herejes y demonios.

—¡No es así! —gritó, intentando huir entre la multitud.

—¡Prendedlo! —exclamó el juez, señalando al pecador que comenzaba a correr.

Desde mi posición, vi cómo los virtuosos azules iban hacia él con sus armas en ristre, preparados para atacar si el pecador se volvía peligroso. El señor Trusher trató de huir de forma frenética; podía ver sus ojos abiertos como los de un lunático mientras veía cómo lo rodeaban, cómo el resto de las personas habían dejado de verlo como un ciudadano más, cómo lo juzgaban y despreciaban al saberse amigo de las artes oscuras.

Para mi sinceridad, creí que suplicaría o pediría clemencia, pero lejos de eso, cuando no tenía a dónde escapar, comenzó a reírse como un maniaco, y se giró hacia nuestra posición.

—¡Esto no quedará así! —gritó mientras señalaba hacia el virtuoso, aunque sus ojos parecieron enfocarme a mí—. ¡No me atraparéis!

Una marca oscura, similar a un tatuaje, empezó a aparecerle en su piel, reptándole por el cuello hasta la barbilla mientras se reía. Una neblina oscura lo envolvió como si de una niebla densa se tratara. Los virtuosos se abalanzaron por él, pero, la niebla se expandió y envolvió el lugar, llegando hasta nosotros.

—¡Brujería! —gritó el virtuoso blanco, llevándose una mano al pecho donde colgaba su medallón.

Varios espectadores gritaron asustados; los virtuosos soltaron improperios de frustración y el juez comenzó a rezar. La familia, antes injustamente acusada de brujería, la escuchaba abrazarse mientras rogaban a los dioses.

Entre la niebla oscura intenté visualizar lo que estaba pasando, atenta a cualquier sonido, pero no pude captar nada que el ruido del gentío y la confusión, hasta que un escalofrío me recorrió toda la espalda y una voz, más baja y sombría resonó cerca de mi oído:

—Dentro de poco, caeréis como antaño lo hicimos nosotros.

Me giré de inmediato, buscando al autor de dicha voz, pero no pude encontrar nada, solo una risa que se dispersó en la distancia.

«¿Qué…?»

Me giré varias veces sobre mí misma, buscando, pero nadie apareció. Y cuando esa niebla onerosa desapareció, no dejó ni rastro del señor Trusher.

Se había ido.

Con la mano en la base de mi cuello como acto reflejo, donde descansaba el colgante que siempre llevaba, exhalé el aire que no sabía hasta entonces que contenía.

Miré hacia el juez de los virtuosos, que miraba alrededor buscando también al hereje, pero pronto llegó a la misma conclusión que yo: había escapado.

­—¡Buscadlo! —gritó con furia a los virtuosos azules—. ¡Buscadlo por toda la ciudad! ¡No dejéis que escape!

—¡Sí, mi señor! —respondió uno de ellos, que, por las distinciones y bordados en su traje debía ser el de mayor rango.

Poco después, la mayoría de los guerreros azules desaparecieron, quedando solo unos pocos para mantener la seguridad en la plaza. El resto de los ciudadanos que habían presenciado el espectáculo, miraban en su mayoría entre el patíbulo y donde había estado Trusher, aún asumiendo lo que había ocurrido. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que comenzaron los murmullos inquietos.

—La oscuridad está sobre nosotros.

—El señor Trusher…

—Quién lo habría dicho…

—Ha escapado.

—¿Y si va a por nosotros?

—La Orden…

Mi mirada se posó de nuevo hacia el juez de blanco inmaculado y patrones dorados en su hábito, que mantenía su mandíbula apretada y sus ojos ahora posados en mí. Sin duda, estaba furioso. Porque se había demostrado ante la gente que no tenía razón y además se había escapado el real hereje.

Suspiré para mis adentros, pensando en qué debía hacer a continuación. Supongo que no debería buscarme enemistades innecesarias.

—Ciudadanos —hablé de nuevo, llamando la atención de los que allí había—. Como bien se ha podido comprobar, ¡los sentidos pueden engañarnos para creer al malvado! Esta pobre familia —señalé a los acusados, que estaban empezando a ser desatados por el que iba a ser su verdugo—, fueron inculpados con afán de burlarse de los que profesan una buena fe. Sin embargo, los hermanos virtuosos de la Orden no se dejaron engañar y le tendieron una trampa al hereje para que se mostrase.

Los murmullos empezaron a colmar la plaza tras escuchar mi discurso. Sin duda, varios dudarían de la veracidad de esto, pero, al fin y al cabo, el veredicto sí que había sido de la Orden.

Me percaté de la mirada desconfiada del hermano virtuoso del estrado, que si alzaba más la ceja se le saldría de la frente. Sin embargo, no tardó en seguirme el hilo, disfrazando su molestia bajo una máscara sonriente y confiada.

—Como bien sabe la joven Nifashelm, ¡no hay que caer en las sucias palabras del diablo! Hoy demostramos que la fe ante nuestros dioses y la bondad siempre prevalecerán. ¡El malvado no podrá escapar ante nosotros!

Evité con todas mis fuerzas poner los ojos en blanco, pues estaba segura que de continuar escuchándolo pondría toda esta estratagema de salvaguardar el honor de la Orden en un foso. En su lugar, me giré hacia la familia, que lloraba y se abrazaba en busca de calor y una nueva esperanza. Les sonreí, aliviada de haber conseguido llegar a tiempo.

—Gracias, muchas gracias —dijo el cabeza de familia, aún con lágrimas en los ojos—. ¿Cómo puedo agradecerle…?

—No se preocupe, señor —respondí negando con la cabeza—. Solo hice lo que tenía que hacer. Y… —desvié la mirada hacia el juez virtuoso—. Al final solo fui una mensajera; fue el arzobispo el que dio la ordenanza. La sagrada Orden Virtuosa se disculpa por no haberse dado más prisa, mi señor.

—No, yo… —Miró a su familia y volvió a abrazarlos—. Gracias, gracias.

—Solo espero que puedan vivir tranquilos ahora, señor —les deseé con sinceridad y una pequeña sonrisa.

Tras unos largos minutos de ensalzamiento a la orden, el sermón por los pecadores y la advertencia a los ciudadanos, poco a poco la plaza se fue dispersando. La familia Reverty fue liberada y pudieron marcharse a casa sin cargos, libres de toda culpa y sospecha; la gente volvió a sus quehaceres con una nueva historia que contar y los virtuosos mantuvieron el orden mientras los azules iban a buscar al hereje fugado.

Al final, solo quedamos prácticamente el juez, un par de virtuosos azules escolta y yo.

—He de admitir que si no fuera por la señorita podríamos haber cometido un gran error —me habló el juez; había honestidad en sus palabras, pero también rabia contenida.

—Era mi deber como buena ciudadana y creyente, mi señor —respondí, intentando parecer lo más humilde posible.

—Sin embargo, hubiera sido menos intrusivo si hubiera dado esa información en un ambiente menos público —añadió con mirada severa.

—Mis disculpas, pero no hubo tiempo para proceder de otra manera —dije, ladeando un poco la cabeza.

—E imagino que usted vino en lugar de un hermano porque…

—El arzobispo y mi padre estaban en casa cuando tuvimos la noticia —me apresuré a decir, interrumpiéndolo—. Dadas las circunstancias y la premura de la situación, solo quise ayudar. —Le dediqué una sonrisa.

—Ya veo —dijo el virtuoso blanco, sin creerme del todo—. La señorita Nifashelm siempre está dispuesta a ayudar. Como nuestro amado gobernador. —Hizo una pausa—. Espero que la próxima vez que nos veamos sea en una situación más… virtuosa.

—Al servicio de la fe y los dioses, mi señor —respondí con una leve genuflexión.

Tras un leve asentimiento con la cabeza, el juez se marchó junto a sus escoltas, dejándome a mí sola en aquel cadalso, ahora sin víctimas que colgar.

Me quedé mirando un poco aquel lugar, las sogas preparadas, la palanca que haría que parte del suelo cediera para que los condenados colgaran. Suspiré, soltando así la tensión acumulada.

Había llegado a tiempo.

Ese día podría haber ocurrido una tragedia para personas inocentes, pero, por fortuna, todo había salido bien. Más o menos. El trauma y el miedo a esa familia, sobre todo a esos niños, dudaba que fuera a desaparecer dentro de poco, tal vez nunca.

La Orden Virtuosa perseguía a los herejes y pecadores peligrosos para nuestra gente y nuestra fe, pero, al mismo tiempo podían ser sujetos que infundían no solo respeto, sino también temor si creías que podías ser perseguido por ellos. Y eran famosos sus técnicas de interrogación para sonsacar hasta el más pequeño de tus secretos y, mucho peor, sus castigos para aquellos que habían osado abandonar el camino de los dioses. Jugar con los demonios podía salir muy caro si te atrapaban. Y, para ser sincera, hacían muy bien su trabajo, no solían fallar.

Lo que había ocurrido hoy era una excepción, una anomalía que podría haber salido muy mal si los investigadores de la Santa Sede no hubieran descubierto las estratagemas que Trusher había realizado para inculpar a los Reverty.

Tampoco me esperaba ver de primera mano una demostración de la magia negra, esa brujería peligrosa de la que tanto nos advertían, pero nunca había visto, recordándome que, en efecto, el mal podía estar entre nosotros. El memorar el odio con el que Trusher me miró me hizo estremecer un poco, pues no había ahí solo una emoción humana; también había una mucho más oscura y animal. Y esa voz… lo que había dicho me preocupó, pero solo esperaba que no fuera más que una amenaza que acabaría cuando le dieran caza.

«Tal vez debería comentárselo a mi padre, o al arzobispo…»

—¡Señorita!

Una voz conocida me hizo volver a mi presente, haciéndome buscar con la mirada a la persona que se dirigía hacia mí con una mezcla de molestia y preocupación. Sonreí, sintiéndome un poco culpable pues, de seguro la había preocupado, pero todos sabíamos que en realidad no me arrepentía de nada.

—¡Señorita, podría haber sido muy peligroso! —exclamó la mujer, aproximadamente de la misma edad que yo—. ¡No debería haberse marchado así!

—Pero estoy bien, Elise —respondí, aunque eso no sirvió de nada.

—¡Lo importante es que podría haber salido mal! ¡No debería arriesgarse y exponerse al peligro! ¿Verdad, sir?

Desvié la mirada ante la figura que se había acercado junto a Elise en silencio pero que, sin dudas, me miraba con severidad y un rictus que intentaba ocultar su molestia y diversión al mismo tiempo.

—Yo creo que sir Radek estaba muy tranquilo —dije entonces, encogiéndome de hombros—. Todo estaba bajo control.

—¡Señorita…! —se quejó Elise, apretando los puños. Su preocupación era adorable, pero no me gustaría escuchar sus sermones, otra vez.

—Va, va. —Le puse una mano en uno de sus hombros—. Solo quería salvar a esa familia. Sabes que si creo que tengo que ayudar no puedo poner la otra cara. Además, todo salió bien. Y sir Radek estaba entre la multitud si algo ocurría; por no hablar de todos los virtuosos azules alrededor. Solo… quería ayudar.

Le di la mejor de mis sonrisas, lo que provocó que poco a poco Elise se desinflara y suspirara, sabiendo que no podría controlar a su señorita. Cuando hizo ese mohín característico, supe que había ganado.

—El corazón de nuestra señorita es demasiado cándido —dijo, no sabía si lamentándolo o alabándolo. Puede que ambas cosas.

—Tendré cuidado, Elise —le prometí mientras le retocaba un pasador sencillo que llevaba en su bonito pelo castaño lacio y por encima de los hombros.

Elise volvió a suspirar y me miró con sus bonitos ojos verdes, buscando la mentira en mi discurso, aunque al final simplemente negó con la cabeza y miró hacia mi alto escolta.

—Tal vez sir Straham podría evitar que la señorita haga cosas peligrosas.

Probablemente Radek acabase metido conmigo en cualquier lío que yo ocasionara. Otra vez. Por eso era mi escolta favorito, pero no diría nada de eso ahora.

Sonreí de medio lado, pues sabía que él estaba evitando la mirada de la doncella.

—Tal vez deberíamos regresar —propuso a su vez—. Lord Nifashelm probablemente querrá comprobar que todo ocurrió sin incidencias.

—Tal vez —acepté mientras le echaba un último vistazo a la plaza, deteniéndome donde antes estuvo el ahora buscado señor Trusher—. ¿Creéis que lo atraparán pronto?

—Seguramente, señorita —dijo Elise sin dudas en su mirada—. Los hermanos virtuosos son muy eficaces en su trabajo.

—Se veía poderoso —comenté, dándome la vuelta y comenzando a andar para abandonar el lugar.

—La verdad es que dio miedo —asintió mi doncella, recordando lo que había pasado—. No había visto de cerca una demostración de magia negra tan.

—¿Era magia negra? —pregunté, pensativa.

No era que yo precisamente hubiera visto ese tipo de escenarios tampoco, pero no pude evitar fruncir el ceño al recordarlo. La sensación, el estremecimiento, ese temor que me hizo que el corazón se disparara… Sabía que la magia negra era maligna y podía hacer daño, pero antes me pareció que eso era… más.

—Antes me había parecido algo peor —dije en voz baja.

—La magia puede tener muchas formas, señorita —intervino Radek, que no parecía muy impresionado; aunque era normal, pues había sido un virtuoso azul hace un tiempo, antes de convertirse en mi escolta—. Hay demostraciones mucho peores.

Asentí levemente con la cabeza en una muestra de entendimiento.

Poco después, mi doncella y escolta comenzaron a hablar entre sí de cosas mundanas, más agradables y diarias, mientras yo me sumí en mis pensamientos por las calles de la ciudad, rememorando lo que había ocurrido hoy. Una leve sonrisa me invadió el rostro, sabiendo que una familia inocente podría dormir tranquila un día más y que los malvados podrían ser ajusticiados. Cuando lo encontraran, claro.

Aunque también sabía que esa familia estaría aterrada ahora cada vez que viera a aquellos de los que se suponía tenían que confiar para protegerse. La sonrisa se volvió triste, recordando sus caras llenas de terror al creer que iban a ser ajusticiados injustamente. Y probablemente así hubiera sido de no ser por ese último informe que detallaba los últimos hallazgos en la investigación.

Cuando llegaron dichos documentos a casa me sentí aliviada, pero también temerosa porque fuera demasiado tarde. Afortunadamente, no fue así. Aunque me hubiera costado ahora una mala cara de mi doncella y, seguramente, un regaño futuro por parte de alguno de mis hermanos mayores y de mi madre.

Tendría que convencer a mi padre para que se pusiera a mi lado. De nuevo. Aunque él ya sabía que estaba aquí, así que seguramente otra parte de la riña también fuera para él.

Me reí un poco para mis adentros, imaginando la escena. Había ocurrido ya tantas veces que no me era difícil. Cuando volviera a casa, mi madre estaría esperando junto a Naida con cara de pocos amigos; diría que estaba preocupada, pero en realidad estaría llena de rabia porque de nuevo había dejado de lado mi deber como señorita. Naida, seria, tranquila y elegante como siempre, intentaría aplacarla. Los mellizos estarían jugando y seguro que tendrían muchas preguntas, queriendo que les contase todo lo que había visto. Mi padre estaría serio, pero intentaría poner orden y recordaría el deber de la familia. Y Calixto… bueno, o bien estaba por ahí o se reiría de la situación, burlándose de mí de alguna manera.

Y a mi lado estarían Elise y Radek, que sufrirían también por mis acciones de alguna manera. Aunque todos sabían en la casa de los Nifashelm que la segunda dama era más rebelde de lo que podían controlar a veces, similar al futuro heredero.

«Aunque ahora ha cambiado un poco desde hace un tiempo…» Pensé mientras continuaba por las calles.

Me moví como pez en el agua por la ciudad, conociendo cada calle, la familiaridad de los transeúntes, la vivaz aura de la urbe con su lustre, sus decoraciones y la vitalidad de quienes allí vivían. La seguridad de Verenitza, gracias en su mayoría a la Orden Virtuosa, había conseguido que la localidad fuera un atractivo para muchos ya no solo para vivir, sino también para comerciar que, unido a los siglos de historia, su arte, las universidades con su ansia por el progreso y su belleza arquitectónica, la hacían un paraíso para muchos.

Y gran parte de todo eso era gracias a nosotros. Y me gustaba pensar que, en parte, también gracias a mí.

Por eso intentaba dar lo mejor de mí cuando ocurría una situación como la de hoy. Sin embargo, también sabía que me gustaría hacer más, aunque sabía que eso era prácticamente imposible.

Bueno, sin el prácticamente.

En cierta medida era por eso por lo que hacía cosas como las de hoy.

En medio mis pensamientos, varios transeúntes cambiaron su ritmo de paseo y otros voltearon la vista; el barullo del fondo me hizo volver a la realidad. Curiosa por lo que ocurría, y antes de que mis acompañantes dijeran algo, eché a correr en dirección a la mayor concentración de gente, que se apiñaba a la entrada de una plaza, viendo lo que ocurría allí.

—¿Qué está pasando? —pregunté, ajustándome levemente la capucha.

—Oh, parece que la Orden está luchando contra un hereje —respondió alguien.

—¿Un hereje?

—Sí, parece ser que intentó inculpar a alguien y al final lo atraparon —respondió una mujer.

—¡Acabad con él! —gritó otro.

—Espero que lo quemen en la hoguera.

Me mordí el carrillo por dentro, imaginando que se referían a Trusher. Los virtuosos azules habían tardado poco en encontrarlo.

Me puse de puntillas para intentar ver, pero con tantas personas delante no me fue posible. Fruncí el ceño, pero no tardé en desviar la mirada a lo que me rodeaba, buscando algo y estudiando el lugar.

—Ni se le ocu…

Pero antes de que Elise dijera lo que sabía que iba a decir, eché a correr, sujetándome las faldas del vestido verde y beige que llevaba, de los más sencillos y menos vaporosos que tenía en mi armario, pero escogido con toda la intención. Para esto. Sujetando parte de la falda a un pequeño enganche que tenía escondido en la cintura, mis rodillas quedaron parcialmente expuestas, permitiéndome correr mejor, lo que ayudó a que cuando me encaramé a la pared y me impulsé no me tropezara e hiciera un ridículo monumental.

Sintiendo la pequeña victoria cuando conseguí agarrarme a los barrotes de hierro de una ventana baja, comenzó la escalada.

—¡Señorita! —medio gritó y susurró Elise; sabía que no quería atraer la atención—. ¡Baje ahora mismo es peligroso!

No respondí, simplemente continué mi escalada, concentrada en cada movimiento, en cada pequeño resquicio o repisa, buscando el mejor apoyo como tantas otras veces había hecho hasta alcanzar el preciado tejado.

Solté la tensión del cuerpo una vez pisé suelo firme y miré hacia abajo, saludando, a lo que Elise rechinó los dientes y Radek negó con la cabeza, comenzando poco después su propio ascenso.

—¡Asegúrate de que no le pase nada! —gritó la doncella.

Pero yo ya me estaba yendo por el tejado, y de ese, a otro; y luego a otro después de ese. Me moví con la gracilidad de la juventud y la experiencia hasta que estuve sobre el tejado que me daba la visión a la plaza, quedándome ahí, expectante ante el espectáculo que se encontraba allí abajo.

Cuatro virtuosos azules luchaban contra Trusher, que ahora parecía menos humano que antes, imbuido en un aura oscura y mortecina que invitaba a huir; sobre todo por esa facies desquiciada y llena de malicia. Hubo demostración de magia negra, pero también de armas divinas asestando sus poderosos golpes en un baile enérgico y mortal hasta que, por fortuna, uno de los virtuosos consiguió acabar con su vida… cortándole la cabeza.

Se me revolvió un poco el estómago ante la imagen grotesca y de esa sangre, más negra que roja, que salió despedida del cuerpo, así como la cabeza, dando varios botes y vueltas en el suelo hasta que se quedó quieta.

Hubo un silencio sepulcral que recorrió toda la plaza, conmocionados por el intenso y desagradable final, pero, pasado unos segundos, se empezaron a escuchar los vítores de las personas, celebrando la victoria de aquellos que nos protegían, de aquellos que daban su vida por mantenernos seguros.

Sentí asco por lo grotesco, pero también alivio al saber que esa pesadilla ya había acabado. Ese mal ya no perseguiría a nadie en esta ciudad. Y esperaba que siguiera siendo así.

—No debería ver estas cosas, señorita —dijo Radek, poniéndose a mi lado—. No es apropiado.

—Supongo que tampoco estar aquí arriba, ¿no? —respondí con una leve sonrisa, a la que él respondió.

—No, pero usted es muy poco apropiada en muchas cosas.

—¿Eso es un insulto?

—Yo no dije eso —contestó con una leve risa—. Es… diferente.

—Al menos no soy tan aburrida como Naida o mi madre —dije, como queriendo parecer más digna.

—Pero me trae muchos más quebraderos de cabeza.

—¡Pero si esto te gusta! —exclamé, pareciendo ofendida.

—No olvido mi verdadero trabajo, y eso lo hace más difícil. Aunque me aporte más entretenimiento. —Se encogió de hombros—. Y si pasa algo…

—Eso no va a pasar —lo interrumpí—. Confío en ti. Y, además, tampoco voy a ir corriendo hacia la muerte. No me pasará nada. A ninguno —dije con confianza—. Aunque también me gustaría poder hacer… más. Ojalá fuera como tú.

—No hay nada interesante en ser como yo, como ellos. —Su expresión se tornó más seria.

—¡Pero…!

—Bajemos, señorita —zanjó—. Se hace tarde y puede ser peligroso estar aquí.

Me mordí el labio y fruncí el ceño, nada conforme con su decisión, pero terminé asintiendo. Sí que sabía que debía volver y no quería llamar la atención. Ya volvería a tener esta conversación… más tarde.

Con cuidado, me volví a poner la capucha de la capa que se había resbalado hacia atrás, escondiendo así el color del oro rosa que bañaba mi único y extraño pelo. Con una última mirada a la plaza, volteé y volví sobre mis pasos, recordando la batalla y la extraña magia que había visto hoy, de esa advertencia y del escalofrío que me recorría la espalda cuando lo rememoraba.

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