Augurios de un pasado lejano
I
[SISTEMA]
[Malakath, el Dios del Tiempo y el Destino quiere comunicarse contigo]
[¿Aceptas? SÍ/NO]
Con un movimiento rápido, pulsé sobre la opción [NO], provocando que el panel desapareciera de mi vista.
Sin embargo, una nueva luz tenue volvió a interponerse en mi cómoda oscuridad, provocando que me pusiera un brazo sobre la cara con la esperanza de que el sueño no me abandonase demasiado pronto.
Suspiré lentamente, vaciando los pulmones de aire, buscando la comodidad de la cama que deseaba me siguiera arropando unos minutos más, aunque sabía que ese momento había llegado a su fin, por mucho que quisiera fingir lo contrario. Y no era por el despertador imprevisto, sino porque la propia luz comenzaba a filtrarse entre las cortinas, recordándome así que un nuevo día había dado su comienzo.
Y haciéndome recordar que no podía quedarme ahí tumbada sin ganarme el pan un día más. Y eso por aquí no era algo sencillo.
Ahogué un gemido lastimero y rodé por la cama hasta quedarme boca abajo, perezosa, pero en proceso de despertarme del todo. Abrí los ojos y alcé un poco la cabeza sobre la almohada, mirando los tenues rayos de luz que se colaban por la ventana, en esa suave mañana de primavera.
Era hora de levantarse.
Enarbolando de nuevo un deje de suspiro, puse fuerza en los brazos y me levanté, estirándome a continuación, sintiendo el esbelto cuerpo relajarse, pues había pillado una mala postura de nuevo y me sentía un poco rígida.
O tal vez eran las pesadillas que me acosaban por la noche y me negaba a admitir.
Sin pensar mucho en ello, anduve hasta el armario y saqué un vestido sencillo de tono beige y marrón de diario y mangas al codo sin florituras, perfecto para el trabajo. Cuando me calcé las botas, recogí el primer pasador que encontré y me hice un semirrecogido sencillo, dejando que gran parte de mi pelo cayese en cascada por mi espalda. Me miré brevemente en el espejo pequeño del cuarto y, satisfecha de que ese pelo ondulado no fuera un desastre salí del cuarto sin mirar hacia atrás.
En la cocina me hice un desayuno ligero y rápido compuesto por huevos y algo de fruta, lo engullí en su totalidad y me preparé para salir, recogiendo mi bolsa bandolera con la que iba a todas partes, ya pensando en mis quehaceres del día.
Sin embargo, una nueva luz, que me había esforzado por ignorar, se puso de nuevo frente a mis ojos antes de salir por la puerta.
Y no pude evitar fruncir el ceño y los labios.
[SISTEMA]
[El Dios del Tiempo dice que no lo ignores]
Es lo que procedo a hacer al momento, retirando la pantalla de mi vista y haciéndola desaparecer.
Pero para mi desgracia, no tardó en aparecer otra similar.
[SISTEMA]
[El Dios de Tiempo se siente indignado y dice que no puedes ignorarlo para siempre]
—Llevo haciéndolo nueve años —dije a la pantalla—. Debería ya acostumbrarse. Él, y todos los demás.
Avancé, pasando delante de la pantalla y alcanzando el pomo de la puerta, salí.
El sol de la mañana besó mi pálida piel y me hizo entrecerrar un momento los ojos mientras me acostumbraba a esa claridad, dejando así atrás de nuevo esa pantalla acosadora, a ese ser insistente y a todo aquello que me esforzaba una y otra vez en dejar atrás.
Dando así la bienvenida un día más a mi vida mundana.
La brisa primaveral mañanera meció con suavidad mi largo pelo y trayendo consigo un dulce olor floral que con seguridad provenía del jardín de la casa, cuyas flores ya habían comenzado a adornar con gracia la delantera de la casa.
Observé el bosque que rodeaba mi hogar en medio de un pequeño claro, al lado de un pequeño estanque al final de un camino de donde alguna vez había escuchado que los fae se escondían sus aguas para engatusar a los mortales. Aunque yo no había visto nunca nada. Solo un estanque que en temporada se rodeaba de nenúfares, de donde un arroyo seguía su cauce poco después, lugar de paso de animales y de vez en cuando, curiosos. Curiosos que venían hasta aquí por el camino pobremente adoquinado, perdidos buscando alguna presa o a veces, intenciones más oscuras.
La atmósfera, junto con el piar de los pájaros y la bonita pero sencilla casa en medio del bosque evocaba la imagen de un cuento de hadas, donde la doncella vivía aislada del resto del mundo a la espera de que su aventura comenzara. Tal vez a que alguien cambiara su vida o que un evento trágico cambiara su apacible y tranquila vida.
Aunque si esa doncella debía ser yo, entonces ni era un cuento de hadas, ni quería cambios ni tragedias.
Estaba bien así.
Y así esperaba que siguiera siendo.
Rompiendo de esa manera el ambiente de ensueño, me recoloqué la bolsa y comencé mi andada por el camino, dejando atrás la casa y adentrándome en el ya conocido bosque.
Recorrí el camino sin detenerme y sin contratiempos, componiendo el principio de un día que prometía ser tan similar al anterior, y como el anterior a ese. Y antes que ese. El mismo camino, los mismos árboles, los mismos sonidos, y, al final, el mismo pueblo.
Pasados unos quince minutos, llegué al pueblo de Adenstown.
No podía considerarse una ciudad ni mucho menos, pero tampoco era muy pequeño para ser el típico pueblo. Situado entre la frontera de las Tierras Libres y el oscuro páramo yermo del que dicen que una vez se alzó el antiguo Imperio Maldito, era una zona tranquila pero con relativo paso de visitantes, pues las cordilleras cercanas eran ricas en minerales y metales que eran explotados y buscados por los comerciantes y, cómo no, un paso obligado si querías adentrarte en la muerte en búsqueda de las tierras orientales.
El encantador pueblo de Adenstown estaba entre montañas, pero también rodeado de un espeso bosque cambiante con las estaciones que le daba un aspecto más suave que el que podría esperarse, siendo rico en alimentos todo el año y materias primas. Todo ello había conformado que aumentase su tamaño, aunque no lo suficiente para convertirse en una ciudad. Pero tenía varios negocios con su mercado, herrería, artesanos de distinta índole, tabernas, escuela, biblioteca y hasta un pequeño hospital.
Y era allí donde me dirigía a paso rápido.
Atravesé el pueblo, cruzándome con los habitantes, saludando a los transeúntes que me reconocían, alistando mentalmente aquellas compras que tendría que hacer antes de que se me hiciera tarde aquel día después del trabajo. Aunque no esperaba hoy acabar muy tarde.
Parecía un día tranquilo, aunque nunca se sabía.
Cada día era una aventura en ese sentido.
—¡Triss!
Me giré hacia la voz que dijo mi nombre, encontrándome de frente con un señor mayor de barba cana y pelo blanco que me saludó desde el otro lado de la plaza.
Con una media sonrisa, desvié mi camino original y me acerqué al señor, que sabía que se dirigía a su negocio.
—Hola, señor Ribss —saludé.
—Triss, Triss, contigo quería verme hoy —dijo el hombre, ya entrado en años—. Ayer por la tarde me llegó ese libro que me pediste y me acordé nada más verte.
—Oh, ¿en serio? —respondí con sorpresa, sin poder evitar la sonrisa sincera que se expandió por mi rostro.
—Así es —asintió—, este anciano ya sabes que acaba consiguiendo lo que se propone. Ven, te lo daré en un momento.
El hombre se metió en la librería, que no era más que la antesala a la biblioteca del pueblo, sin esperar una respuesta por mi parte, pues ya sabía que lo seguiría sin rechistar. Con la promesa de un libro era fácil que así fuera.
Me adentré en aquel paraíso literario en que había entrado tantas veces; algunas para hacerme con diferentes tomos, otras simplemente para leer y encontrar la tranquilidad que necesitaba. Los libros siempre habían sido mi debilidad, y este hombre bien conocía mis gustos. Así que desde hace un tiempo había ayudado a saciar mi curiosidad y ansias de conocimiento sobre varias cosas. Hoy, era un día de esos.
Lo seguí hasta la sección de la biblioteca, donde había varios libros fuera de lugar y que no reconocí; seguramente un nuevo pedido que había llegado y aún estaba pendiente de colocar.
El señor Ribss se puso a mirar varios de los libros, hasta que finalmente agarró uno en concreto.
—Este —dijo volviéndose hacia mí y tendiéndomelo—. “La sangre de los dioses”, como habías solicitado.
—Vaya, gracias —contesté con sincera gratitud, agarrando el libro.
Pasé una mano por el mismo, acariciando la portada y esas letras doradas que detallaban el título, haciendo que ese tono rojo y negro del libro destacase aún más. Era de tamaño medio y parecía antiguo, pero bien conservado; las tapas de cuero colorido eran firmes y el símbolo de un antiguo linaje aparecía pintado en el centro.
Sentí que los ojos titilaban un poco mientras lo observaba, luego desvié la mirada hacia el anciano, agradecida de nuevo.
—Siempre te han gustado los libros de historia y los mitos, pero este fue más difícil de conseguir. ¿Tu curiosidad esta vez te va a hacer meterte en lo maldito? —preguntó el señor Ribss, a medio camino entre la risa y la seriedad.
—Nada de meterme con cosas malditas —respondí, frunciendo el ceño—, solo me gustaría saber un poco más sobre esas historias y leyendas.
—Por aquí ya sabes lo que se dice, muchacha. En los mitos…
—Siempre hay algo de verdad —acabé por él—. Lo sé. Pero por eso solo será algo informativo —dije con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora—. Solo tengo interés en saber más sobre lo que pasó en el Imperio Maldito.
—Bueno, poco se sabe de ahí al final —respondió el anciano, encogiéndose de hombros—. Allí no quedó más que muerte al final. Y lo poco que se cuenta, es tan inexacto y fantasioso que no parece ser cierto.
—Fantasioso. —Enarqué una ceja. Pocas cosas podía decir que fueran fantasiosas.
—Así es —asintió el anciano, sin percatarse de mi mirada—. Muertos en la tierra, el caos y la enfermedad, la muerte vagando en busca de más víctimas. Sangre y fuego, corrupción que te pudre la carne… Pareciera como si el infierno estuviera allí.
—Y eso no puede ser, por…
—Al final solo es un páramo debido a las guerras del pasado por un imperio que hizo tanto mal que al final lo denominaron maldito y quisieron borrar su historia para siempre —dijo mientras negaba con la cabeza—. No hay nada de infiernos sobre la tierra allí. Solo los vestigios de una desgracia.
Me quedé observando al señor Ribss, callada y asimilando sus palabras, pues no muchos hablaban sobre ese lugar, y los que lo hacían, les gustaba irse por la parte menos realista. Lo cual solo hacía que despertase más mi interés.
—En cualquier caso, espero que te guste el libro —añadió al final el hombre mayor con una sonrisa—. Siempre es alentador ver a una joven interesada por la historia que la rodea.
—Gracias, señor Ribss.
—Luego cuéntame si hay algo interesante.
—Por supuesto. Ah —dije abruptamente al fijarme en uno de los relojes de la pared—, debería irme o se me hará tarde.
—Claro, pequeña —respondió con un asentimiento—. No llegues tarde al trabajo.
Tras una pequeña despedida y pagar el libro, salí de la librería con el libro aún en la mano y continué mi camino por el pueblo, atravesándolo de lado a lado hasta llegar a mi destino final.
Sin pararme mucho, entré en el edificio y fui hasta la primera planta, donde me esperaba ya Sophia, una de mis compañeras de trabajo, mentora y también amiga.
—¡Triss! —saludó con una sonrisa que le llegó a sus bonitos ojos azules—. Te estaba esperando.
—Buenos días —devolví el saludo con la misma sonrisa—. Me encontré con el señor Ribss antes de venir. —Alcé el libro.
—De ahí el retraso —asintió en entendimiento—. Bueno, vístete y ven.
Fui a una de las salas de personal y me cambié la ropa con rapidez por un vestido más basto, resistente y con el delantal típico que todos usábamos para evitar las manchas de cualquier fluido humano que salpicase. Aunque muchas veces no era suficiente.
Dejé mis cosas bien ordenadas y le eché una última mirada al libro, sintiéndome atraída por él, queriendo ver qué escondían sus páginas; si habría algo útil o interesante para mí.
[SISTEMA]
[Rayla, Diosa de la Sabiduría te pregunta si crees que ahí encontrarás lo que necesitas]
—No lo sé —susurré, con una voz mucho más amistosa que esta mañana cuando el dichoso dios todopoderoso me había instado a hablar con él—. Pero tendré que intentarlo.
[SISTEMA]
[Tannon, Dios de la Guerra mira con escepticismo y dice que todo esto es una estupidez]
Puse los ojos en blanco cerré la pantalla del sistema. No más distracciones por ahora.
Me dirigí hacia la sala de tratamientos, donde Sophia estaba preparando un ungüento de un color sospechoso y de olor aún más extraño.
—¿Cómo están las cosas hoy? —pregunté.
—No ha habido mucho cambio desde ayer. Lo único nuevo es que tenemos un nuevo paciente, el señor John.
—¿Qué le pasa?
—Se cayó del tejado mientras intentaba reparar una de las tejas —explicó Sophia—. Afortunadamente un fardo de heno amortiguó la caída y solo tiene un brazo roto. Charles ya le redujo la fractura y lo enyesó, pero tiene varias heridas.
—¿Algo que deba hacer primero? —pregunté, tendiendo la mano para que me pasara el bol con el ungüento.
—Mmmm… —Se quedó pensativa por un momento—. Esto es para esas heridas, de hecho. Luego habría que revisar a la señorita Mary. Está peor a nivel respiratorio.
—De acuerdo —asentí, cogiendo el bol— Gracias, Sophia. Vete ya, querrás descansar.
—Y que lo digas —se rio—. La noche nunca es un descanso aquí.
—Por eso, descansa —le deseé.
Tras una breve despedida, Sophia se marchó, quedándonos el resto de los sanadores en el pequeño hospital durante el día.
El hospital se dividía en tres plantas, dos para pacientes ingresados y una para pacientes críticos, urgencias y donde los cirujanos intentaban ir contra natura. Ahora yo me encontraba en la primera, donde había multitud de pacientes ingresados por diferentes dolencias. Aquí era donde trabajaba la mayor parte de las veces. Y también era donde solía sentirme más útil.
Ahí era donde dejaba a mi mente divagar y relajarse atendiendo a los más necesitados, aquellos cuya salud se había visto comprometida y precisaban la ayuda de alguien experto. Y yo me había convertido en una de esas personas.
—¡Hola! —saludé con voz amigable al nuevo paciente que había desde ayer por la noche—. ¿El señor John? Soy Beatrice, la sanadora que la atenderá en el día de hoy.
—¡Oh, Beatrice! —exclamó el hombre de mediana edad con cierta alegría—. ¿Tú sustituyes a Sophia? Mira lo que pasó… —dijo señalándose el brazo inmovilizado.
—Ya lo veo —hice un mohín mientras señalaba con la cabeza las lesiones—. Para haberse matado.
—¡Menos mal que no! —se rio—. Pero duele como un demonio.
—Ya me imagino —ladeé la cabeza, observando las heridas y el brazo—. Vamos a intentar remediar eso. A ver que le pongamos esto.
—Espero que cure mejor que huele —dijo arrugando la nariz, a lo que yo no pude evitar soltar una pequeña carcajada.
—Seguro que sí; no vamos a torturarlo con este olor para nada.
—En tus manos me pongo, querida.
Sin más preámbulos, comencé a tratar las heridas del paciente, que, afortunadamente, resultó ser bastante paciente y colaborador, lo cual era de agradecer. La cura era lenta y había que hacerla exhaustivamente, retirando las zonas con tejido desvitalizado y limpiando bien para aplicar el ungüento sobre tejido sano para favorecer su reparación. Las heridas ya habían sido tratadas adecuadamente antes de que yo llegase, y, además, no eran muy profundas, por lo que había menos posibilidades de que se infectasen, pero no había que confiarse. Si no se aplicaban los cuidados necesarios y con la higiene correspondiente, una mala herida podía llevarse la vida de alguien.
Era algo que había aprendido con el paso de los años. Y como eso, muchas cosas; como que por una fractura podías morir ahogado, que un dolor en el costado podía costarte la vida o que los cambios en la piel podían estar alertando de algo mucho más grave.
Conocimiento que muchas veces había aprendido al perder a esos pacientes, pero con el que había aprendido mucho. Hasta llegar a lo que me había convertido hoy.
—Ya está —informé, retirándome de la última herida curada—. Tiene buen aspecto y por hoy es suficiente.
—Gracias, Triss —dijo John, agradecido porque su pequeño tormento hubiese terminado—. Tus manos son tan hábiles como dicen.
—No exagere —respondí, quitándole importancia—. El tratamiento no solo pasa por mis manos; y hay que esperar la evolución para ver si es correcta.
—Una no se hace famosa aquí por nada, chica. No te quites mérito —dijo con una sonrisa a lo que yo respondí con otra más incómoda.
Poco después me fui a continuar mis labores con otros pacientes, huyendo de los agradecimientos de más.
Si me lo preguntaran, no es que yo hubiera deseado dedicarme a la sanación. No, ni mucho menos. Preferiría estar enterrada en libros y estudiándolos, aprendiendo idiomas, desentrañando la historia que me rodeaba y de cada libro. Me encantaba ese aroma a papel viejo, esa caligrafía que costaba comprender, los entresijos que rodeaban a cada lengua, los bordes y tapas de cada libro.
Pero la vida me había impuesto otros designios y ahora… bueno, ahora era sanadora en este pueblo en la frontera entre el mundo y el infierno.
Tal vez podría haberme intentado dedicar a lo que de verdad me gustaba; pero en un mundo en el que los conflictos abundaban, solo los privilegiados alcanzaban el nivel para llegar a ser un erudito, un estudioso, un académico. Por no hablar de aquellos versados en la magia.
Y yo no era nada de eso.
Así que me había dedicado a lo que pude en ese momento, allá cuando hace nueve años llegué aquí sin prácticamente ninguna pertenencia. Los habitantes de Adenstown me acogieron y me ayudaron a conseguir un oficio respetable. La sanación parecía haber sido mi virtud oculta, por lo que fue potenciada y me enseñaron hasta ser lo que era hoy día.
Y no se me daba mal; de hecho, se me daba bastante bien.
Probablemente la yo adolescente del comienzo llevó muy mal el ver las vísceras o las heridas más farragosas, pero hoy día no era nada que me hiciera levantar la vista siquiera. Había llegado a dominar todo lo que me habían enseñado y había implementado terapias nuevas, había crecido y mejorado, pero, no por ello iba a ser el sueño de mi vida. Respetaba mi trabajo, pero no era lo que había anhelado.
Seguramente lo que una vez quise jamás se sucedería.
Como tantas otras cosas.
—Triss, ya ha acabado tu turno, ¿no? —preguntó Eaton, uno de los sanadores.
—Sí, ya ha pasado la hora —respondí tras mirar el reloj; las luces de la tarde ya caían por la ventana. Se me había echado la hora encima.
—Ve, ya me quedo yo. Mañana te toca a ti por la noche, ¿verdad?
Asentí, recordando mi horario laboral de la semana.
—Tienes razón. Entonces, me pondré en marcha.
—Hasta mañana —me deseó el compañero mientras se ponía con sus quehaceres.
—Hasta mañana. Buen turno.
Tras eso, fui hasta mi vestuario y volví a ponerme mi vestido sencillo, me puse la bandolera, guardé las cosas importantes, el nuevo libro y salí del lugar.
La tarde me recibió con una temperatura agradable y un tiempo soleado perfecto para pasear. Por la hora podría aprovechar para hacer algunas compras y luego dirigirme a la casa.
[SISTEMA]
[Freireh, la Diosa del Amor comenta que podría ser el momento para pasar un buen rato con algún muchacho]
—No creo —me reí por lo bajo.
Me sentía muy lejos de ese tipo de cosas ahora mismo. Desde hace mucho tiempo en realidad. Y ella lo sabía, pero lo seguía diciendo igualmente.
De hecho, tenía la certeza (aunque sin pruebas) de que había intentado crear varias situaciones a lo largo de los años para que estuviera… entretenida. Sin éxito, claro. Lo cual la frustraba y provocaba que el resto de las deidades se riera de ella. Aunque podía agradecerle el gesto, más o menos.
Dentro de todo este… encarcelamiento.
Suspiré y miré hacia el cielo, recordando cosas que ya pasaron y que no volverían, de cierta manera, nostálgica.
Había pasado mucho tiempo, pero había cosas que no se podían olvidar. Y otras tampoco perdonar.
Supongo que por eso estábamos aquí, al fin y al cabo.
«Y espero que así siga… ¿Qué?»
Agucé la mirada, vislumbrando algo en el cielo. Al principio me pareció lejano, pero luego se fue acercando y haciéndose más grande. Hasta que se hizo visible… y el sonido audible. Un chillido desgarró el aire. Y unas figuras monstruosas en el aire ocuparon la atención de todos.
Alguien gritó, varios nos quedamos mirando lo que estaba pasando, otros salieron corriendo.
—¡Eso es…!
—¿Cómo…?
—¿Por qué están aquí?
La tranquila localidad de Adenstown se había tornado en asombro y horror mientras veía a esas dos enormes criaturas en el cielo peleando entre sí, cada uno buscando acabar con la vida del otro. De diferentes especies, pero enfrentados entre sí, de grandes dimensiones, venerados y temidos a partes iguales y… la representación de algo que rozaba lo divino y lo malvado.
Ambos de piel escamosa, con poderosas alas membranosas y fuertes, metros de envergadura, toneladas de peso, uno con cuatro patas y larga cola, otro con el cuerpo alargado de una serpiente, pero ambos con ojos extraños e inteligentes. Uno con fuego, otro con hielo y veneno.
Un dragón y un ketzal.
—¿Qué…?
La pregunta se ahogó en mi garganta, anonadada por lo que estaba sucediéndose ante mis ojos.
¿Qué estaban haciendo ahí esas criaturas? ¿Por qué estaban ahí?
Por los dioses, ¿me habrían…?
Tragué saliva y me mordí el labio, apretando contra el pecho el libro mientras miraba esa batalla que auguraba desastre y muerte.
Cuando el fuego y el hielo salió de sus bocas, algunos comenzaron a correr aterrorizados por la imagen, pero yo me quedé ahí mirando la batalla con el corazón en un puño. El baile mortal, el fuego y el hielo, las dentelladas, las garras, el odio y la promesa de muerte que veía en sus miradas.
En medio de esa danza, el dragón, de un poderoso color negro, arremetió contra el ketzal de escamas azuladas, pero este último lo esquivó a tiempo y se dobló hasta envolver al dragón y apresarlo para morderle una de las alas, a lo que el dragón chilló de dolor y rabia a partes iguales.
El dragón mordió el cuerpo de la serpiente alada; la sangre salpicó por todos lados. Comenzó así una carnicería donde ambas criaturas se batieron en un duelo mortal fascinante y horripilante, donde los segundos se alargaron peligrosamente hasta que, al final, un chasquido hizo que la espalda se me erizase. Los ojos del ketzal se apagaron y, poco después, una enorme bestia cayó hacia el suelo.
Fue entonces cuando me moví, huyendo del cuerpo que podría acabar conmigo si me aplastaba, pero sin perder de vista al dragón, que había empezado a planear de manera errática, herido y probablemente bajo los efectos del veneno.
Y la dirección en la que caía…
—¡Maldita sea! —grité mientras corría con todas mis fuerzas.
Atravesé el pueblo de una pieza y me adentré hacia el bosque justo cuando un gran estruendo me hizo tambalear.
El dragón finalmente había caído.
Y yo solo pude apretar el paso, sabiendo que mi hogar estaba demasiado cerca.
—¡Qué habéis hecho! —grité, enfurecida.
[SISTEMA]
[Heilor, el Dios del Equilibrio dice que no ha tenido nada que ver]
[Rayla, Diosa del Agua y la Sabiduría expresa que no hizo nada y tampoco sus hermanos]
—¡Malakath!
[SISTEMA]
[El Dios del Tiempo y el Destino no tiene nada que decir]
—¡Te mataré!
[SISTEMA]
[Tannon, dios del Fuego y la Guerra quiere verte intentándolo]
Maldije e ignoré los siguientes mensajes, corriendo cual gacela en el bosque, llena de rabia y miedo, sintiendo que todo lo que había construido podía venirse abajo en cualquier momento.
Si bien se suponía que no podían intervenir, sabía que podían influir. Y puede que ese dios mezquino lo hubiera hecho durante mucho tiempo, poco a poco y sin que yo me diera cuenta, pensando que era libre cuando nunca lo había sido.
Puede que las cadenas de este destino me continuaran persiguiendo por más que me rehusara.
Cuando llegué a mi destino, pude vislumbrarlo todo. Mi casa estaba intacta, pero varios árboles habían caído y cerca, una criatura moribunda respiraba con dificultad, consumiéndose por el veneno de la serpiente alada.
Suspiré, aliviada por mi casa, pero agobiada por todo lo demás. Tragué saliva, mirando esa escena, ese momento.
Y me quedé pensando sobre qué hacer, lo que significaba todo esto.
¿Por qué estaban estas criaturas aquí? Deberían haber estado muy lejos, al otro lado de un océano. Sus batallas se libraban en otro lugar, no había nada al otro lado del mundo. Excepto, tal vez, una cosa.
Apreté los puños, enfrentándome a un debate interno, enfrentándome a un deber que había abandonado. O eso quise.
O eso me impusieron.
Me reí con amargura, recordando todo lo que me trajo aquí, lo que significaba ver a esos seres, lo que me hacía querer salir huyendo aún más lejos. Podía dejar que esa criatura muriera y ahí puede que se acabase la historia.
Pero…
Suspiré, maldiciendo todo lo que conocía, todo lo que había aprendido, todo lo que me había llevado hasta aquí.
Este maldito mundo, estos malditos dioses y ese maldito destino que me perseguía, me ahogaba, me amenazaba.
Quién era, lo que poseía, lo que se esperaba, lo que podía equilibrar. Elegir entre la vida o la muerte.
Arrastrada, obligada, vapuleada, engañada… Estaba harta de todo eso.
De todos ellos.
—Ah… Os odio —susurré, recordando.
Recordando de nuevo dónde estaba, quién era. Y quién fui.
Y me hice otra vez esa pregunta, una que alguna vez pensé hace mucho tiempo, una vida atrás.
¿Alguna vez has pensado en qué harías si fueras un personaje de una historia conocida?
Ya fuera el personaje principal, antagonista, secundario o extra… ¿No has pensado alguna vez qué pasaría si fueras ese personaje? ¿Qué harías si fueses el protagonista de esa película tan aclamada? ¿O el villano de esa novela tan buena? ¿Y si pudieras ser partícipe de la batalla que ocurría en ese videojuego? ¿Podrías mejorar una historia mediocre si entrases en la historia? ¿Sobrevivirías a un escenario difícil si estuvieras en la piel de ese personaje destinado a morir? ¿Evitarías las desgracias que no sabían los demás que ocurrirían?
¿Cómo se sentiría sostener el destino del mundo en tus manos? ¿Cómo sería hacer ese viaje del héroe? ¿Cómo se sentiría un villano para ser como era? ¿Podría entenderlo? ¿Me gustaría ser amiga del personaje principal? ¿Cómo se sentiría cambiar una historia? ¿Podría yo hacerla mejor? ¿Cómo se sentiría besar los labios de ese personaje descrito tan hermoso?
Es posible que muchos se hubieran hecho esas preguntas. Un, “qué pasaría si yo estuviera ahí”.
Ciertamente, yo había fantaseado alguna vez con esas preguntas, con esas situaciones, con esas historias. Y me había parecido que podría ser emocionante ser la protagonista de ese libro, o participar en esas escenas tan épicas, ver de primera mano esos momentos tan emocionantes, tal vez cambiar las cosas a como me gustarían que hubieran sido…
¿Querría vivir una aventura como esa?
A veces pensé que sí.
Pero, siempre pensé que eso era una simple fantasía, algo imposible, irreal, inalcanzable. Algo con lo que soñar mientras continuaba con mi vida y, con toda seguridad, algo que temería que vivir, pues, ¿no era yo solo una persona normal?
Sin embargo…
¿Podía decir eso ahora?
No, desde luego que no.