Prólogo
Veía todo rojo.
En medio de esa sala que pretendía ser un salón real, todo estaba rojo.
El suelo, las paredes, los muebles, el trono. Había hasta algunas salpicaduras en el alto techo. La sala, habitualmente diáfana e imponente, ahora estaba plagada de cuerpos inmóviles, esparcidos por el suelo, algunos, en varios trozos.
Y sobre el trono, la persona que debería gobernar sobre todos yacía inerte y con los ojos abiertos. Su corona, habitualmente impoluta y brillante, había caído por la escalinata que conducía hacia el asiento más codiciado del reino.
Solo el sonido del viento que se colaba por los ventanales hacía un leve y casi inexistente sonido, moviendo los blasones que colgaban del techo con el escudo de la casa real.
Y también estaba ese goteo constante, lento y espeso, del líquido escarlata que se mecía sobre la espada que aún sujetaba con fuerza.
Todo estaba rojo.
Me mordí el labio inferior y pasé la mirada por el cuerpo de quien, hasta hace poco, había respetado, y sacudí el arma, lanzando así los restos de sangre al suelo.
Entornando la mirada, me di la vuelta, descubriendo así el resto de la gran sala del trono. Todos y cada uno de sus asistentes yacían sin vida; una matanza que no había tenido piedad.
Todo estaba cubierto de sangre.
Pero no parecía ser suficiente.
Noté el sabor de mi propia sangre al haberme mordido con demasiada fuerza; pasé la lengua por los magullados labios, pero eso solo sirvió para aumentar mi frustración.
Tenía la garganta seca, como si llevara eones sin hidratarme, anhelando saciar esa sed que me atormentaba, que me martirizaba y enloquecía. Y la necesitaba. Necesitaba acabar ya con este tormento, con esta angustia, con esta ansia.
Me limpié con la mano el líquido carmesí que me había salpicado la cara y verlo solo me crispó aún más. El dolor me extenuaba, la necesidad me apremiaba; tenía ganas de arrancarme la garganta. O de arrancársela a otros y ver sus fluidos caer.
Todo se había vuelto rojo, pero, fue inútil.
Porque no era esa la que necesitaba.
Necesitaba la de ella.
Cálida, dulce, revitalizadora, tan cautivante que parecía el mismísimo manjar de los dioses.
La boca se me hizo agua de solo pensar en ella; mi cuerpo reaccionó de la forma más visceral posible al recordarla. Toda ella. Su piel, su pelo, sus ojos, sus labios, su cuerpo, su olor, su esencia… su vitalidad.
Y su sangre.
Eso era lo que necesitaba.
Y no dudaría en dar con ella. La buscaría por todo el reino, todo el continente si hacía falta. No podía escapar de mí; ya estábamos atados.
Y cuando la encontrara, la haría mía. Tenía que ser mía.
No podía ser de otra manera. No tenía otra opción.
Si no…
Entonces no me importaría sumir todo el mundo en un infierno de fuego y sangre.