Capítulo 16
Había algo extraño en su declaración. Era la primera vez que Eileen le regalaba un reloj.
«¿Quizás había recibido algo similar de otra persona?»
No tenía mucho sentido.
Después de todo, incluso si el regalo hubiera sido cuidadosamente seleccionado y comprado en una exquisita tienda de la calle Venue, Grace tendría pocos motivos para encontrarse con un diseño así.
Cesare había nacido príncipe y, ahora, como duque, era una de las figuras más nobles del Imperio. Esto significaba que los artículos eran hechos a medida para él, cuidadosamente diseñados y elaborados para que no existieran duplicados en ningún otro lugar. Desde ropa y zapatos hasta muebles e incluso bolígrafos, todas las posesiones del Gran Duque eran objetos invaluables que alcanzaban altos precios.
Su colección de relojes de bolsillo no era la excepción. Eileen lo notó, pues los había visto varias veces. Cada uno estaba adornado con joyas caras y marcado con la insignia de la familia imperial.
El sencillo y humilde reloj de bolsillo de platino que Eileen había comprado era algo que, sin duda, jamás llamaría la atención de Cesare. Aparte de Eileen, nadie más se atrevería a regalarle algo así.
Mientras Eileen se perdía en sus pensamientos, Cesare sacó el reloj de bolsillo de la caja. El reloj blanco contrastaba marcadamente con los guantes de cuero negro.
Se oyó el leve sonido de la correa deslizándose bajo el guante. Miró el dispositivo en su palma. Por un instante, un destello fugaz cruzó sus ojos.
El breve temblor se disipó antes de que Eileen pudiera notarlo. Cesare apretó el reloj con más fuerza, como si estuviera decidido a no soltarlo jamás, y sonrió.
—Me gusta.
En cuanto Eileen vio el rostro alegre y sonriente de Cesare, se tranquilizó. A medida que su mente tensa comenzaba a relajarse, las lágrimas corrían por sus mejillas.
Las lágrimas corrían como un grifo desbordante. Aunque se quitó las gafas apresuradamente para limpiarlas con el dorso de la mano, fue inútil. Eileen lloró en voz baja y buscó el perdón de Cesare.
—Lo siento, Su Excelencia. ¡Lo siento mucho!
—¿De qué estás hablando?
—¡Uf, estoy… eh… estoy llorando!
—¿Te estás disculpando por eso?
—No, lo siento por todo.
Cesare suspiró suavemente, se quitó uno de los guantes y lo guardó en el bolsillo junto al reloj. Con ternura, acarició el rostro de Eileen, apartándole el flequillo y secándole la humedad de los ojos con el pulgar.
—Ni siquiera puedo enojarme contigo, mucho menos cuando veo tu cara surcada de lágrimas.
Él le secó las lágrimas, frunciendo el ceño. Con los ojos entrecerrados, murmuró en voz baja.
—Incluso tenía intención de ser más duro contigo.
A Eileen se le encogió el corazón. Era lo que temía. ¡Estaba realmente disgustado! ¡Incluso había planeado ser aún más cruel! ¡Qué revelación tan profundamente inquietante!
Su simple negativa a verla le pareció el fin del mundo. Eileen miró a Cesare con desesperación, con la voz temblorosa mientras preguntaba:
—¿Puedo preguntar por qué estáis enfadado?
Cesare no lo reveló de inmediato. Esperó a que Eileen derramara lo que parecía un mar de lágrimas antes de hablar.
—Él se ofreció a venderte.
Los ojos de Eileen se abrieron en estado de shock ante su razonamiento.
—Estaba dispuesto a vender a una chica que ni siquiera ha debutado en la alta sociedad. A un cerdo extranjero, nada menos. Me exigía dinero mientras me amenazaba, ¿sabes? Eso bastaría para enfadar a cualquiera, ¿no?
Demasiado aturdida para seguir llorando, Eileen olvidó por un momento sus lágrimas. Podía discernir las intenciones de su padre tras tales acciones.
Utilizando el matrimonio como pretexto, su padre pretendía extorsionar a Cesare y destinar una parte a los nobles extranjeros para que el "matrimonio" pareciera legítimo.
Desde la muerte de su madre, su padre se había quejado abiertamente de su falta de riqueza, a pesar del cariño del Gran Duque por Eileen. Solo tras el regreso triunfal de Cesare de su campaña, las quejas cesaron.
Mirando a los ojos de Eileen, ahora oscurecidos por el sol poniente, Cesare planteó una pregunta.
—¿Aún vas a dejar que te case con ese viejo cerdo?
Eileen negó con la cabeza vigorosamente. Cesare se secó las lágrimas de sus pestañas y volvió a preguntar.
—¿Qué propones que hagamos?
—No sé…
Qué maravilloso habría sido si simplemente hubiera podido negarse a hacer algo que no quería. En la vida de Eileen, pocas veces había tenido la autonomía para tomar sus propias decisiones. Incluso ahora, sentía que alguien la arrastraba a su antojo.
Incapaz de responder de inmediato, bajó la mirada y Eileen sintió una suave sacudida en los hombros.
—¿Por qué no lo sabes, Eileen?
La voz de Cesare atravesó la oscuridad, un faro solitario en medio de la negrura. Su rostro se acercó, sus respiraciones se mezclaron al rozarse sus narices.
—Deberías casarte conmigo.
La respiración de Eileen se aceleró, el corazón le latía con fuerza en el pecho. Cesare la sostenía en su periferia, como si fuera un pájaro delicado atrapado en sus garras.
—¿Estás resentida conmigo, aunque sea solo un poquito?
Eileen no respondió, pero Cesare no insistió. Él ya sabía la respuesta.
Eileen entreabrió los labios ligeramente, invadida por una sensación de resignación. Negarse ahora la dejaría con un destino desdichado.
Atada por restricciones invisibles, se rindió a lo inevitable.
—Me casaré con vos…
Sus ojos eran como una luna creciente de sangre, curvándose en una breve sonrisa antes de descender y encontrar sus labios con los suyos. Eileen jadeó y tembló bajo su abrazo, sintiendo sus grandes manos rodear su cintura.
Su agarre era firme, y Cesare inició un beso lento y prolongado, impidiéndole separarse. Mordisqueó suavemente sus labios, animándolos a separarse, y luego deslizó la lengua dentro.
Eileen dudó, sin saber qué hacer con la suya. No sorprendió a Cesare, quien con gusto la guio en su primera lección lasciva, entrelazándola con la suya. La sensación de su lengua rozando suavemente el paladar fue suficiente para provocarle un escalofrío.
—¡Ah! ¡Mmm!
Un leve sonido escapó de la garganta de Eileen, delatando su incomodidad. Esto hizo que Cesare apretara su agarre antes de deslizar gradualmente la mano por su espalda, trazando un lento camino a lo largo de su columna vertebral.
Una sensación extraña, ni dolor ni placer, pero distinta por sí misma, le atormentaba el bajo vientre. Era incómoda, pero de alguna manera diferente, reconocible de sus besos anteriores.
También notó una extraña sensación de humedad entre las piernas que la hizo cerrar instintivamente sus tensos muslos. Con movimientos cuidadosos, levantó la mano de su incómoda posición y la colocó suavemente sobre el pecho de Cesare.
Aunque no tenía intención de apartarlo, Cesare detuvo el beso, separando lentamente sus labios y miró a Eileen en silencio.
Ante sus ojos carmesí, Eileen pensó en las amapolas. A pesar de su encanto, eran tóxicas por dentro. Al igual que la naturaleza de Cesare, quienes permanecían a su lado se volvían adictos a su encanto, como el opio, sin importar sus efectos secundarios.
Eileen no fue la excepción. Se dio cuenta de su naturaleza peligrosa a la tierna edad de once años, en los jardines del Palacio Imperial. Había optado por fingir ignorancia, a pesar de las muchas situaciones aterradoras que había vivido desde entonces.
Al encontrarse con la intensa mirada de Cesare, de repente se dio cuenta de su proximidad, separados solo por el marco bajo de la ventana. Demasiado tarde, notó la incomodidad de presionarse contra el borde de la ventana.
Cesare también debió haberlo notado, porque soltó su agarre, permitiendo que Eileen diera un paso atrás.
—Eileen.
—¿Sí?
—¿Por qué no te comiste el pastel?
—No tengo apetito.
No podría saborear nada ahora mismo, comiera lo que comiera. Eileen bajó la cabeza y, agarrándose a su ropa, logró hablar con dificultad.
—Quiero ver a mi padre.
—Probablemente sea mejor no hacerlo.
Su declaración debía tener algo de cierto. Si Cesare le había aconsejado lo contrario, entonces encontrarse con su padre sin duda le traería algo desagradable. A juzgar por la reticencia de Cesare a revelar el paradero de su padre, era evidente.
Pero Eileen no podía evadirlo para siempre. Se había aventurado en este castillo prohibido, decidida a reclamarlo como suyo. Permitirse desnudar sus vulnerabilidades ante quien amaba, y ahora, al verse aún más enredada en su deuda, solo agravó su carga.
—¿Cuánto peor puede ser? —Eileen preguntó con un tono amargo—. Está bien, solo… Dejadme verlo, por favor.
Al verlo dudar, añadió otra para persuadirlo.
—También tenemos que hablar del… matrimonio.
Con una expresión de disgusto todavía en su rostro, Cesare asintió de mala gana.
—Muy bien, entonces vayamos juntos.
—Debéis estar ocupado. Iré sola si...
Estaba a punto de pedirle que le mostrara el camino para no causarle más problemas, pero Cesare rápidamente cerró esa ventana de oportunidad. Mirando a Eileen, quien había permanecido en silencio, asombrada, susurró como una advertencia.
—Vamos, vamos, Eileen. ¿No sería más apropiado ir con tu marido?
Athena: Futuro marido. No te pongas todavía el título, jaja.