Contrato

II

—…ierta!

Una voz en la lejanía me hablaba. El sonido me provocaba cierto cosquilleo en la piel, mis sentidos parecían celebrar aquella voz lejana. Algo en mi ser me decía que hacía mucho tiempo que alguien no se dirigía a mí. Demasiado…

—¡Ey, despierta!

Prestando atención, pude distinguir que se trataba de una voz masculina, una voz de barítono muy agradable, de un muchacho joven tal vez. Se advertía que su portador estaba preocupado, porque su voz tenía fuerza y sonaba con cierto tono lastimero.

—¡Despierta, por favor! —gritaba.

Unas manos sacudían ahora mis hombros con firmeza pero con delicadeza al mismo tiempo, como si pretendiesen no hacerme daño pero sí reaccionar.

Era extraño, tanto su voz como el tacto de sus manos no me era desconocido. Pero yo no había tenido contacto con nadie en mucho tiempo… Había estado durmiendo un largo periodo de tiempo, y había soñado. Había soñado con un muchacho que me sacaba de mi prisión somnífera, que me había llevado en brazos hasta que desperté, que me ayudó a huir de una bestia y que me cogió de la mano cuando los dos íbamos a expirar.

Recuerdo que la voz de ese muchacho era agradable e inspiraba confianza. Me recordaba a la voz que me estaba llamando, podría decir que eran iguales. Si no supiera que ambos estábamos…

«Muertos».

Abrí los ojos, con la respiración y pulso entrecortados.

«No puede ser», pensé mientras mis ojos se adaptaban a la luz, al principio demasiado luminosa para mí.

Ante mí se encontraba un muchacho joven, alrededor de la veintena, que me miraba, ahora aliviado.

—Oh, menos mal. —Suspiró—. ¿Estás bien? ¿Puedes ponerte en pie?

Me tendió una mano para ayudar a levantarme, algo que agradecí, ya que notaba mis piernas algo débiles.

Me quedé mirando con los ojos como platos al joven que tenía delante de mí. Era exactamente el mismo chico que me había llevado en brazos, el mismo con el que hui de aquel lobo tan grande, el mismo chico al que vi morir a mi lado.

—No es posible… —dije anonadada mientras pasaba de mirarlo a él a mirar mi cuerpo, que estaba intacto al igual que el suyo. Ni siquiera la ropa tenía algún rasguño—. No es posible. Yo… —Lo miré con los ojos muy abiertos—. Te vi morir, tú me viste morir…

Caí al suelo de rodillas por el shock. No era posible, estábamos muertos, yo lo había visto, lo había sentido… El frío y el vacío de la muerte… y sin embargo, ahí nos encontrábamos ambos, hablando, respirando.

—¿Cómo es posible? —pregunté confusa.

—Yo… No lo sé —me contestó el joven, que ahora también estaba de rodillas para estar a mi altura—. Me desperté aquí y me quedé anonadado viendo este lugar —me explicó señalando todo lo que había alrededor—. Luego recordé que yo… que nosotros habíamos…

—Muerto. —Terminé la frase.

Aún sentía aquella sensación extraña, aquel vacío en el pecho que me socavaron, aquel frío que se apoderaba de mí a la vez que el dolor penetrante iba desapareciendo y el tiempo comenzaba a detenerse; la mirada borrosa, el cansancio, la oscuridad.

Miré al muchacho que tenía frente a mí, aún arrodillado. La herida mortal de su abdomen había desaparecido, y la mano con la que había golpeado el cristal de la puerta ahora estaba intacta., así como los pequeños rasguños de cortes que tenía cuando desperté. Era como si nada hubiera pasado, como si todo hubiese sido un mal sueño, solo que muy real.

Confusa, observé los rasgos del joven, que me miraba curioso y preocupado. Había podido apreciar que era bastante más alto que yo, probablemente más sobrepasando el metro ochenta; con cuerpo de carácter atlético, aunque ahora se veía delgado y con poco músculo, como si hubiese pasado por alguna clase de enfermedad debilitante no hace demasiado tiempo. Su piel era blanca, de carácter sonrosado, no como la mía que era bastante más pálida. Llevaba puesto unos pantalones sencillos oscuros y una camisa con una capilla y capucha, que ahora no llevaba puesta.

Su rostro era bastante dulce y amigable, con rasgos faciales bastante finos y un hoyuelo en su mentón. Sus ojos eran del color de la esmeralda con largas pestañas castañas y cejas espesas definidas, su nariz era recta pero encajaba perfectamente en su rostro junto con unos labios sonrosados con tendencia a la sonrisa, unos labios que parecían muy suaves y cálidos. Una barba incipiente castaña le comenzaba a poblar la cara. Para terminar, su pelo era de un tono rubio ceniza, que poblaba la parte superior de su cabeza, corto, pero de varios centímetros de espesor y con aspecto de ser muy suave que le daban un aspecto algo desaliñado y desenfadado.

En definitiva, era un chico bastante mono y que te hacía pensar que era de fiar.

Apartando la mirada del joven, fijé los ojos en su mano izquierda, con la que me había agarrado cuando ambos estábamos tomando nuestro último aliento. Despacio, alargué una mano hasta ella y la coloqué encima. Se notaba levemente áspera y cálida, como entonces.

—Yo también lo recuerdo —me dijo el muchacho mientras me miraba ahora más serio.

—No… no puede ser una coincidencia… ¿Y si este lugar es al que vamos cuando morimos? —pregunté con tono apenado.

—Pero… —se puso en pie—. Todo se ve muy real. Yo… me noto el pulso, noto que necesito respirar para vivir… —Desvió la mirada, confuso.

—Yo… no lo sé —contesté mirando al suelo.

Durante un par de minutos nadie dijo nada. Ambos nos quedamos mirando la especie de jardín en el que nos encontrábamos, cercado por una verja que dejaba ver más allá un cielo con una luna llena visible a la luz del día, y un cielo extraño que no dejaba ver nada más allá de la nada del horizonte. Era como si el jardín flotase en algún lugar y la única salida fuese esa puerta de la verja cerrada.

—Kilian.

—¿Cómo? —pregunté confusa tras escuchar aquello, devolviéndome a la realidad.

—Mi nombre es Kilian. —contestó el muchacho —Antes no llegué a presentarme.

—¡Oh! —exclamé mientras me ponía de pie —Encantada. Yo… siento no haberte preguntado antes… Sobre todo cuando eras tú quien me estaba sacando de ese lugar… —dije mientras me sonrojaba un poco —Yo, yo soy…

Pero las palabras no salían de mi boca, ni era capaz de encontrarlas en mi mente. Confusa, desvié la mirada hacia la luna, intentando organizar mis pensamientos. Sin embargo, todo estaba vacío, hueco, sin nada que recordar.

—Yo… —miré al muchacho con la mirada perdida, asustada —No… no lo sé.

Temblorosa, me abracé intentando sentirme mejor. Por más que lo intentaba, no era capaz de recordar mi nombre, ni mi edad, ciudad, familia, amigos… Cualquier recuerdo había desaparecido. Nada más allá que mi despertar en los brazos de ese chico, nuestra huida y nuestra muerte.

—Ey, ey, ey… —se acercó Kilian hacia mí, preocupado —N… no llores.

De repente sentía las mejillas húmedas, los ojos hinchados y mi labio inferior temblando; una descarga emocional teñida de tristeza y dolor había sacudido mi cuerpo. Sin embargo, no comprendía por qué, o mejor dicho, no recordaba por qué debía sentirme así de triste. Había perdido mis recuerdos, ahora no sabía cómo, pero mi cuerpo aún sentía que había sido algo forzado, algo que ya no era capaz de recordar.

—¿Por qué? —pregunté —¿Por qué no puedo recordar nada? —susurré mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas.

—Yo… —el muchacho me miraba sin saber muy bien que hacer —No lo sé… Solo puedo decirte que te encontré en aquella clínica, en una sala escondida bajo tierra, dentro de una cápsula donde flotabas en un líquido viscoso.

—¿Qué? —dije confusa y aterrada al mismo tiempo —¿Cómo…? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué?

—No lo sé. —me contestó negando con la cabeza

—No entiendo nada… —dije mientras caía de rodillas al suelo, abatida —¿Quién iba a quererme ahí encerrada? —preguntaba a la nada, con la mirada perdida.

Era extraña aquella sensación de incomprensión y miedo. Me sentía como si hubiesen profanado algo de mi ser, me habían arrebatado mi vida pasada a la fuerza. El no tener nada a lo que regresar, pensar o recordar era aterrador. No recordar tu niñez, tu familia, tu casa, tus amigos… dolía; ahora ni siquiera sabía si había llegado a tener algo de eso. Esta amnesia te dejaba indefensa a las garras de la vida. Sin embargo, el no recordar tu nombre, qué te gusta, qué odias, a qué le tienes miedo, cuáles eran tus aspiraciones… Eso era lo que realmente asustaba; no saber cómo eras, quién eras, eso es lo que me hacía sentir como una extraña. Me sentía como un bebé indefenso al que habían abandonado a su suerte, encerrándome en aquel sitio hasta quién sabe cuándo.

¿Cuánto tiempo llevaría dormida? ¿Por qué había olvidado? ¿Quién lo hizo? ¿Quién me metió allí? ¿Qué hubiera sido de mí si no me hubiesen rescatado? Interminables preguntas azotaban mi cabeza, pero ninguna respuesta llegaba a ella.

—¿Qué voy hacer? —susurré mientras miraba al horizonte infinito.

—Tran… Tranquila —contestó el muchacho mientras se ponía a mi altura —No puedo imaginarme por lo que estás pasando ahora pero… —se mordió el labio y me miró con tristeza —Había un escrito. Donde te encontré. En el altar en el que estabas había una inscripción.

—¿Qué? —pregunté confusa y cansada

—Sí… Había algo tallado ahí. Había cosas que se habían borrado… Pero parte de tu nombre se conservaba. Arya… eso es lo que ponía.

—¿Arya? —dije mientras asimilaba la información, intentando forzar un recuerdo ante el nuevo dato —Ahora mismo no… recuerdo. —dije decaída.

—Pero es un poco de información. No es tu nombre completo pero sí parte de él. —apretó los labios y frunció el ceño —Puede que con el tiempo recuerdes algo.

—Sí… Puede ser. —contesté intentando autoconvencerme; me sequé las lágrimas, varias veces —Arya… No me disgusta. —dije emitiendo una sonrisa triste cuando conseguí estabilizarme un poco —Gracias. —lo miré dubitativa —¿Había algo más escrito? —pregunté, intentando controlar el gran atisbo de emociones que me embriagaba.

—Bueno… Tu apellido no era visible, ni de dónde eres o algo así. Ponía que tienes veinte años… Algo más que se había borrado y algo de “que la buena sangre guíe tu camino”. O algo así. —respondió el joven.

—Vale… —dije mientras asimilaba la información —Qué expresión más extraña. —comenté mientras me ponía en pie de nuevo —Arya  y veinte años… —suspiré —Es poco pero… Al menos sé algo más que antes. Gracias. —le dije con una sonrisa intentando mostrar mi agradecimiento —Y ante todo, muchas gracias… por sacarme de allí.

—No hay de qué… —me tendió la mano justo después de levantarse —Entonces, señorita Arya, un placer.

—Un placer, señor Kilian —le estreché la mano.

—Llámame Kilian, sin formalismos, por favor.

—De acuerdo, por mí igual. —asentí.

En ese momento, un sonido chirriante captó nuestra atención.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté cuando paró el ruido.

—No lo sé. —contestó Kilian, que ahora comenzaba a avanzar hacia el lugar del que provenía el sonido —Parecía como si unas puertas enormes se abrieran. O algo así.

Sin querer quedarme atrás, me coloqué a su lado y continuamos andando por el camino del jardín. A los pocos segundos llegamos hasta una zona más amplia, en la que nos encontrábamos al fondo una casa de piedra de la que unas puertas muy grandes de madera se habían abierto. Para acceder a dicha casa, tenías que ascender por unas escaleras de piedra, bien las que teníamos justos enfrente o las que teníamos unos metros más a la izquierda. Ambas escalinatas estaban recorridas por diversas lápidas con velas blancas encendidas en su base. Había cuatro lápidas en la primera escalinata y hasta siete en la segunda. El resto del espacio estaba ocupado por una zona llana de hierba en la que se encontraba una especie de fuente al fondo, junto a la pared de la escalinata más alejada.

El conjunto era extraño, entre agradable y perturbador.

—¿Qué es esto? —preguntó Kilian, anonadado.

—No lo sé… —me mordí el labio —Pero vayamos a averiguarlo.

Ambos comenzamos a subir las escalinatas para entrar por la enorme puerta de la casa, que en realidad, se asemejaba más al diseño del cuerpo de una iglesia pequeña pero sin cúpulas ni torres.

Cautelosos, entramos por la puerta doble para visualizar el interior, pero lo primero en lo que nos fijamos desde la entrada fue en un anciano en silla de ruedas que nos miraba.

—Ah… Tú debes ser el nuevo cazador. Te estaba esperando —dijo el hombre, dirigiéndose a Kilian.

—¿Es… a mí? —preguntó señalándose, dubitativo.

—Así es. —asintió el viejo; acto seguido frunció el ceño y me miró a mí —¿Y quién te acompaña?

—¿Yo? –respondí nerviosa —Arya… — «supongo».

—¿Qué haces en este lugar? —preguntó el anciano, entre curioso y molesto —No es usual que un Cazador venga acompañado por alguien aquí.

—¿A qué se refiere? —preguntó Kilian, un poco molesto ahora —Nos despertamos aquí después de que esa… cosa nos atravesara… —tragó saliva —Creo. —dijo muy bajo, como si no quisiera que le escucharan.

—Ah… Ya veo. —el anciano miró hacia su derecha, donde una enorme ventana que llegaba hasta el suelo se había abierto —Para poder llegar hasta aquí, además del trasvase de sangre es necesario el primer encuentro con la muerte. Tarde o temprano, todos los cazadores acaban aquí. —explicó.

—Entonces… ¿estamos muertos? —preguntó Kilian en tono sombrío.

—No. —contestó el señor —Ahora no. —volvió a mirarme —Joven, ¿podrías enseñarme tu hombro derecho? —preguntó dirigiéndose a mí.

—¿Cómo? —pregunté, consternada.

—Aquí solo llegan los cazadores, uno por cada Noche de Cacería, cada año… —contestó, cansado, como si hubiese estado aquí mucho tiempo —Deduzco que ya has muerto una vez junto a este joven Cazador, pero, ¿y el trasvase de sangre? ¿El contrato? Quiero ver si tienes la Marca del Cazador, que seguro tendrá tu compañero.

—¿Qué? —dijo Kilian extrañado, que no dudó en sacarse la manga de la camisa y semicapa, dejando el hombro descubierto —Noto algo…

Con cuidado, me acerqué a él y examiné su hombro. En él, había una marca en su piel: una especie de tridente boca abajo con un punto en su zona más inferior se encontraba grabado, como si de una cicatriz se tratase, pero, bien definida, como si alguien la hubiese tatuado.

—Es la Marca del Cazador. —contestó el hombre —Todos aquellos que la tienen, llegan aquí.

—¿Pero cómo…?

—Joven, —interrumpió a Kilian al dirigirse a mí de nuevo —¿serías tan amable? —me instó, tendiéndome la mano.

—Si… claro. —contesté dándome la vuelta y sacando el brazo derecho por la manga, dejando el hombro visible.

—Curioso… Muy curioso…

—Tienes la misma marca, Arya. —me dijo Kilian, que ya se había puesto de nuevo bien la ropa.

—Oh… — “no sé muy bien qué significa eso…”

—Es la primera vez que dos Cazadores cooperarán juntos en su caza esta larga noche… —dijo el anciano, más para sí mismo que para nosotros, que ahora parecía más relajado.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Kilian.

—La joven podrá quedarse, y será tu compañera. —arqueó las cejas —Supongo que hay una primera vez para todo…

—Perdone, pero no le entiendo… —dijo Kilian, confuso.

—Tu contrato comienza ahora, joven Cazador —le dijo el anciano.

—¿Qué? ¿Qué contrato? —preguntó Kilian, confuso.

—Aquel que te permitía ese trasvase de sangre que tanto ansiabas, a cambio de este servicio. —explicó el anciano.

Kilian abrió los ojos como platos y se llevó las manos a la cabeza.

—¿A esto se referían? —preguntó, nervioso.

El anciano únicamente sonrió.

—La Cacería comienza esta noche… Id con cuidado, acabad con la fuente de la infección, acabad con las bestias. —nos dijo el anciano, que ya no nos miraba.

—Espere, ¿a qué se refiere? ¿Acabar con qué? ¿Cómo? —preguntó Kilian, que empezaba a estar muy nervioso y estresado —Yo no sabía nada de esto.

—Si quieres salir de aquí y volver a tu hogar me temo que tendrás que hacerlo. Ahora es normal que estés confuso, pero con el tiempo lo comprenderás —respondió el viejo, que ahora sonreía con malicia.

—Pero…

—Espera. —le ordené a Kilian mientras lo agarraba por la manga de su camisa —Señor, perdónenos pero esto es muy extraño para nosotros. No entendemos nada. Yo… hace poco que desperté de un lugar extraño y no recuerdo nada de mi vida pasada… Por favor, solo pido que nos explique un poco todo esto.

—Tu presencia aquí es perturbadora, joven… —me contestó mientras sonreía con suspicacia —Nunca antes nadie había llegado sin firmar el contrato. —por un momento pareció perderse en sus pensamientos tras examinarme con detenimiento —Esa marca que lleváis es lo que os permitirá volver cada vez que os debilitéis. Intercambiará los ecos de sangre que llevéis en ese momento, a cambio de vuestra vida, indefinidamente… Hasta que acabéis vuestro contrato, hasta que termine la Noche de Cacería.

—Es decir… Este contrato se extiende a la esa noche de cacería… —el anciano asintió —Vale, vale… Y entonces… ¿podemos morir indefinidamente y revivir a partir de ahora? —asimiló Kilian.

—No. No es exactamente así. Podéis morir, y no habrá vuelta atrás en ello. Sin embargo, si os veis al borde de la muerte y aún conserváis algo de consciencia, podéis intercambiar vuestra situación a cambio de todos los ecos de sangre recogidos. —se acomodó en la silla —Pero os lo advierto, desearéis que no ocurran ni una de esas veces, ya que el dolor de la muerte aún os perseguirá, acabando con vuestro espíritu cada vez más. Algunos cazadores enfermaron mentalmente por ello…—le respondió el anciano, que volvía a mirar la enorme luna por la ventana.

—Perdone, pero, ¿qué son los ecos de sangre? —quise saber, intentando apartar la explicación anterior de mi mente, que sonaba bastante siniestra para mí.

—Los ecos de sangre… Los encontraréis al acabar con las bestias de allá fuera. Para nosotros, los cazadores, nos sirven para embeber nuestra sangre, os ayudarán a progresar; vuestra fuerza, vitalidad… Todo puede ser conseguido con esa energía…

—De acuerdo, entonces… —oí a Kilian decir por lo bajo, molesto.

—Debéis daros prisa… —me interrumpió el anciano —La larga noche os espera… Los Mensajeros os permitirán haceros con las armas que necesitéis mientras os guían y Muñeca se encargará de vosotros mientras estéis aquí.

El anciano giró su silla de ruedas y se puso a mirar por la ventana, dándonos a entender que no nos prestaría más información por el momento.

—Pero… —me callé la frase, puesto que el anciano no nos prestaba ninguna atención.

—Supongo que deberíamos irnos. —me dijo Kilian.

—Pero… —fruncí los labios —Señor, ¿cómo se llama?

Pero no quiso responderme, o  más bien parecía como si no me oyese, perdido en sus pensamientos, mientras miraba la luna, anhelante. Fue entonces cuando me dejé llevar por Kilian al exterior del edificio.

—Creo que… aún estoy bastante confuso. —me dijo.

—Sí, bueno… Es extraño. —contesté pensando en la marca que llevaba en el hombro —Así que ahora se supone que tenemos que llevar a cabo esa… cacería para salir de aquí. —suspiré —Seguro que mi yo del pasado no creía que despertar fuese a ser tan complejo. —dije apenada mientras bajaba la escalinata.

—Respecto a eso… —suspiró —Sé que no suena a consuelo pero si tenemos que hacer este “trabajo” supongo que tendremos que recorrer bastantes sitios y tal vez podamos encontrar algo que nos lleve a tu pasado.

—¿Tú crees? —pregunté no demasiado crédula.

—Tengo esa sensación. —me sonrió —Aunque… —desvió la mirada y su voz se tornó más seria —No sé a lo que nos enfrentamos todavía y… —suspiró —en parte me siento responsable de que hayas acabado tu aquí también. Ahora estás obligada a hacer cumplir un contrato que no firmaste con un completo desconocido y habiendo pasado por la muerte previamente.

—Cuesta creer que haya muerto antes sí… Y que haya vuelto aquí sin ninguna consecuencia. —miré al suelo y me paré al final de la escalinata, apoyándome en un saliente de tierra en el que podías sentarte —Es bastante complejo todo para asimilarlo de golpe. —suspiré —Pero, me alegro de estar despierta, de que me sacaras de allí. Tal vez nunca hubiera salido de allí si no me hubieses encontrado. —lo miré —Así que más bien debería darte las gracias. —hice una pausa —No sé si volveré a recordar algún día, pero por ahora, intentaré concentrarme en esta especie de misión de la que tenemos que hacernos cargo. Tenemos que… acabar con todas las bestias que podamos durante toda la noche...

—Eso debe ser la cacería… —suspiró —Acabar con seres  como el que nos mató. —se acercó hacia mí —Supongo que entonces somos compañeros. —me dijo.

—Eso creo. —desvié la cabeza —Espero estar a la altura. Nunca he acabado con la vida de nadie… Espero. —sonreí con un poco de nerviosismo.

—Seguro que no. —me respondió —Quiero decir, que se te ve una chica muy buena, que no habrás hecho daño a nadie.

—Me conoces de apenas unos minutos, ¿cómo puedes afirmar algo así? —pregunté insegura por mi propia amnesia.

—Tengo esa sensación. —contestó, pensativo —Aunque hayas perdido tus recuerdos supongo que aspectos de tu persona pueden seguir ahí, quiero decir, que no creo que lo hayas perdido todo. —se apoyó en el saliente junto a mí —Por ejemplo, sigues sabiendo hablar, recuerdas los conceptos de las cosas, seguro que también recuerdas leer y escribir, si en tu vida pasada sabías, claro. Con esto quiero decir que creo que solo te han quitado la memoria de tu vida, pero la persona que eras sigue estando en ti, aunque tú no lo veas ahora. —hizo una pausa —Sientes emociones, y no son de ira u odio, o esa sensación me ha dado. Además, una persona cruel me hubiese dejado que aquella bestia me despedazase mientras huía para salvar su vida. Tú me agarraste del brazo y me avisaste para salir por la puerta.

Lo miré, sorprendida por aquellas palabras tan reconfortantes para mí. Conocía a este chico de bastante poco tiempo, pero ya era capaz de hacerme sentir tan bien con solo unas pocas palabras.

—Desde luego, sabes cómo animar a la gente. —le sonreí —Gracias, haces que me sienta mejor.

—Bueno, para eso están los compañeros. —respondió mientras miraba a la enorme luna llena.

—Sí… para eso estamos.

Ambos nos quedamos mirando el inmenso cielo del Sueño del Cazador, del azul propio de los momentos previos al amanecer, sin sol ni estrellas, pero su imponente luna gobernaba las alturas. Aún me resultaba increíble todo lo que había pasado en tan poco tiempo: mi despertar, mi amnesia, descubrir que había muerto y devuelto a la vida, haberme visto envuelta en un contrato del cual yo no había sido partícipe, convertirme en cazadora.

«Hay muchas incógnitas aún que debo resolver. Pero al menos, no estaré sola para encontrarlas», pensé mientras miraba a Kilian, que ahora había cerrado los ojos para concentrarse en la suave brisa que nos acariciaba

—Descubriré la verdad, qué me pasó. Estoy decidida a ello. —susurré muy bajito, a la luna, a modo de promesa.

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