Capítulo 101
Desde el momento en que apareció el duque de Carlyle, la emperatriz parecía haber decidido cambiar su rumbo.
Comenzó a cuidar de Julieta como si fuera una madre adoptiva amorosa.
—Deberías quedarte en mi palacio hasta que te recuperes.
La emperatriz se ofreció generosamente, incluso proporcionando una lujosa habitación para invitados.
Esta amabilidad le pareció algo pesada. Después de todo, Julieta tenía cierta responsabilidad por la intrusión de un lobo en el palacio.
Afortunadamente, el emperador y la emperatriz no parecieron pensar tan lejos.
Roy y su grupo atraparon a Graham y se marcharon. Sin embargo, muchos habían presenciado la íntima conversación entre Julieta y Roy.
Julieta decidió obedecer, siguiendo las instrucciones de la emperatriz por ahora. Era mejor causar una buena impresión, sin saber cómo resultarían las cosas más tarde.
Julieta estaba sentada en el salón de baile, vestida con un vestido elegido por la emperatriz.
Debido al alboroto anterior, la gente la miraba desde la distancia con ojos cautelosos.
Si sus miradas se cruzaban, se sobresaltaban y miraban hacia otro lado o forzaban una sonrisa incómoda.
«Bueno, no está tan mal».
Julieta se encogió de hombros.
—Disculpe, condesa Monad.
Un grupo de personas ligeramente diferente comenzó a acercarse a ella.
—¿Sí?
Julieta no sabía el nombre de la noble de aspecto refinado que se dirigió a ella, por lo que respondió vagamente.
Cuando recobró el sentido, unas jovencitas recatadas la rodearon.
—Disculpe mi atrevimiento, pero ¿cuál es su relación con el caballero que se acercó a usted esta mañana?
Las señoritas, con sus ojos brillantes, parecían una carga, pero no parecían maliciosas.
¿Qué había que ocultar?
—Es un amigo.
—¡Oh, Dios mío, de verdad!
—¡Ser amigo de un licántropo es impresionante!
Julieta miró a las jovencitas.
Eran tipos con los que no se había topado mucho en los últimos años, por lo que parecían más jóvenes que ella.
A Julieta le parecieron muy lindas las curiosas jovencitas nobles. Así que, obedientemente, respondió a sus diversas preguntas.
—Sí, nos conocimos mientras viajábamos.
—Oh Dios.
Las reacciones fueron las esperadas.
—Entonces, ¿le prometió un futuro…?
—No, en absoluto…
La conversación parecía tomar un rumbo inesperado.
—¿No es así?
Al reconocer la voz familiar, Julieta se giró. Un hombre decididamente atractivo la observaba con frialdad.
—Duque.
Julieta respondió con una sonrisa educada y tenue.
—Disculpe…
Las jovencitas que habían estado charlando alrededor de Julieta se dispersaron como herbívoros que se hubieran topado con un depredador.
—¿Tenéis asuntos conmigo?
—Simplemente deseo bailar contigo.
Julieta lo miró sorprendida.
«¿Lennox Carlyle quiere bailar?»
Era increíble. Si la nobleza lo oyera, se sorprendería.
Pero Julieta notó que estaba impecablemente vestido.
Aparte del vendaje que tenía alrededor de su mano izquierda, se veía perfecto, realmente apto para el baile.
«¿Qué está tramando…?»
—¿Y si me niego?
—Si yo fuera tú, no lo haría —dijo sin sonreír.
No era una amenaza. Su tono era bastante cortés, pero Julieta sintió una repentina inquietud.
—…Está bien.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que bailó con él.
Cuando Julieta tomó la palabra, se preguntó si fingir que accidentalmente le pisaba el pie con fuerza sería una buena idea.
A Lennox no le gustaba bailar delante de otros, pero Julieta había bailado con él algunas veces.
De hecho, era bueno en todo lo que fuera físico.
Mientras caminaban hacia la pista, la música de baile cambió a un ritmo más lento. Desde el momento en que habló con Julieta, el ambiente quedó en silencio.
Bajo el peso de tantas miradas, su piel se sentía caliente.
Julieta se preguntó qué tan extraña debía parecer esta escena a los demás.
—Respóndeme, Julieta.
Sin embargo, tan pronto como comenzó el baile y dieron su primer paso, ella se arrepintió de seguir su curiosidad y tomar su mano.
—¿Ese cachorro de lobo te prometió el puesto de reina?
Con su mano en su cintura y su mano en la de él, no había forma de escapar de la mirada penetrante del hombre.
Julieta respondió fríamente.
—Eso no es asunto vuestro, Su Alteza. No tenéis derecho a preguntar.
—Ah, de verdad. —Sin embargo, Lennox no se rio mientras hablaba—. Eso no es algo que deberías decirle a alguien que te salvó la vida.
—¿Salvado?
—Tienes una deuda conmigo.
Julieta reflexionó por un momento y luego se dio cuenta.
—Ah.
Parecía referirse al incidente ocurrido en el terreno de caza.
De no haber sido por él, quién sabe qué le habría pasado en el bosque nevado. Oyó que los funcionarios del palacio solo empezaron a buscarla tras la llegada del duque Carlyle.
De mala gana, Julieta preguntó:
—¿Qué queréis a cambio?
—Una extensión del contrato
Julieta dudó de lo que oía y luego rio suavemente.
—¿Me pedisteis bailar sólo para discutir esto?
Si él no la hubiera sujetado, ya se habría ido. Era una conversación que no merecía la pena escuchar.
—Escucha hasta el final. —Sin embargo, Lennox la acercó más a su cintura y susurró—: Extiende el contrato que trajiste contigo por tres meses más, y después de eso, te dejaré ir limpiamente.
—¿Por qué debería?
—Porque después de eso, obtendrás lo que deseas.
Julieta se burló fríamente.
—No hay nada que podáis ofrecerme.
—Puede que no sea así. Piénsalo.
Julieta estaba desconcertada.
¿Qué ofrecía? ¿Una ruptura limpia?
—¿Qué pasa si me niego?
—No lo harás. —Lennox habló en voz baja—. Porque no querrías perder algo preciado para ti.
Julieta le quitó la mano de encima y se quedó quieta. Su frente, lisa como la porcelana, se arrugó.
—¿Por qué estáis actuando fuera de lugar?
Ella susurró, como si suspirara.
—Te equivocaste en la secuencia.
Lennox sonrió levemente y le quitó importancia.
—Sigues haciéndome actuar como un niño.
Julieta parecía incrédula, pero eso era lo más honesto que podía decir.
Lennox Carlyle creía conocer bien a Julieta Monad. Cuándo y cómo reía. O con qué dulzura sollozaba.
Siete años era mucho tiempo.
Lo suficiente como para acostumbrarse a alguien y perder el interés. Así que creyó conocerla a fondo.
Pero su orgullo fue fácilmente destrozado.
La mujer que lo engañó y huyó parecía una persona completamente diferente de la Julieta que había conocido durante siete años.
Cuando Julieta huyó de él por primera vez, la emoción que sintió estaba más cerca del miedo que de la traición.
Finalmente admitió que no sabía casi nada sobre Julieta Monad.
En ese momento, el corto baile terminó y estallaron los aplausos.
—Su Alteza. —Julieta, exhalando un suspiro superficial, habló como si consolara a un niño—. Yo tampoco tengo nada que daros, aunque lo digáis. No sé qué queréis de mí.
Julieta intentó persuadirlo suavemente.
—Lo dijisteis, Su Alteza. Un contrato se establece cuando hay algo que dar y recibir, así que...
—Lo tengo.
Lennox habló con fuerza, sujetando el dorso de la mano de Julieta.
Julieta le lanzó una mirada ligeramente confundida. A veces, tenía una expresión inescrutable.
—¿Tener qué?
Hubo momentos en que ella lo miró con esos precarios ojos azules.
Entonces se ponía ansioso, como si ella fuera a desaparecer de su vista.
Se sentía tan inquieto que necesitó abrazarla inmediatamente para confirmar su presencia.
—Me debes una.
Sin embargo, reprimiendo su impulso, Lennox se inclinó y presionó sus labios contra el dorso de su mano.
Fue un gesto sumamente cortés.
—Su Alteza.
—Es mejor no hacerme esperar demasiado.
Sin embargo, los ojos rojos que la miraban mientras le besaba la mano no eran más que groseros e intimidantes.
—Ya lo sabes, Julieta.
Mientras acompañaba a Julieta de regreso a su casa con modales impecables, susurró suavemente:
—No soy muy paciente.
Athena: Yo diría que no, que busque otra cosa y fin.